Si no aceptaba la petición de un gladiador, el emperador indicaba su negativa con un gesto que el mundo moderno ha mal interpretado. El mayor mito sobre los gladiadores es el del pulgar abajo. Ese gesto lo inventó el pintor francés Jerome al traducir la palabra “pollice verso” del latín, que en realidad significa el pulgar arriba. Ese gesto simbolizaba la muerte en el Imperio romano.

Para aquellos condenados a muerte por el emperador, la defunción era inmediata. Para los ganadores la vida podía ser muy dulce. Como recompensa recibían premios en oro y gloria. Algunos gladiadores ganaron cerca de cincuenta combates y se hicieron muy famosos.

Era tanta la pasión de los romanos hacia su sangriento deporte que para el siglo I d. C. la mayoría de los que entraban a la arena como gladiadores no eran esclavos de nacimiento, muchos de ellos eran hombres libres en bancarrota, ex-soldados, mujeres e incluso senadores. Pero sin duda el gladiador más inverosímil en pisar el anfiteatro de Flavio fue el emperador Cómodo.

Cómodo.

Quizá la mejor descripción que se haya hecho del emperador Cómodo la dio el historiador Casio. Para algunos, Cómodo era una figura cruel, pero en realidad no era más que un gran estúpido. Él era el hijo del gran emperador Marco Aurelio, un filósofo estoico que despreciaba la violencia en la arena. Pero tal era el entusiasmo de Cómodo por los combates que corría un rumor, según el cual, él era fruto de un romance extramatrimonial entre su madre y un gladiador.

En el año 180 d. C., Cómodo heredó el trono cuando su padre murió víctima de la peste. Pero, a diferencia de su padre, quién controlaba todos los detalles de su Imperio, Cómodo se contentaba con permitir que otros gobernaran mientras él se entretenía planeando venganzas y excesos sexuales.

Parecía que los juegos se hacían poco a poco más impredecibles y polémicos. Al principio se toleraba su crueldad, pero toda Roma quedó estupefacta cuando su emperador saltó a la arena como gladiador. Durante sus doce años de reinado Cómodo participó en setecientos treinta y cinco combates en el anfiteatro de Flavio. Aunque se trataba de combates arreglados en los que nadie trataba de derrotar al emperador.

Cómodo se divertía matando personalmente esclavos, criminales e incapacitados. En uno de los festivales ordenó traer al anfiteatro a todos los hombres que habían perdido sus piernas en guerras o por enfermedad. Ataviado como el mítico héroe Hercules, el emperador asesinó a más de cien hombres con un pesado garrote. Estos hombres sin piernas representaban a gigantes que surgían de la tierra para retar el orden celestial. Cómodo destruía estas amenazas para preservar el status quo y el orden cósmico en el Imperio.

La situación alcanzó el clímax en el año 192, para demostrar su desprecio por el Senado, Cómodo mató a una avestruz en la arena y levantó en alto la cabeza del animal para mostrársela a los senadores en las gradas, sugiriéndoles que podía hacer lo mismo con ellos. Sin embargo, una conspiración dentro del propio palacio dio al traste con los planes del emperador.

La muerte de Cómodo es un momento muy dramático. En el año 193, corría el rumor de que tenía una lista de personas a las que quería ejecutar ante el Senado. Esta lista cayó en manos de su chambelán y de su concubina Marcia, quienes decidieron entonces asesinarlo. Envenenaron su comida y cayó terriblemente enfermo. Pero cuando parecía que se recuperaba, enviaron a un luchador profesional del palacio para que lo estrangulara.

En términos de tamaño y esplendor, los torneos de gladiadores alcanzaron su zenit durante el reinado de Cómodo. No obstante, durante los siguientes doscientos cincuenta años, los emperadores cristianos de Roma demostrarían que también sentían la misma sed de sangre.

EL LEGADO DE LOS GLADIADORES

Tras la muerte de Cómodo en el año 192 d. C., Roma vio desfilar una incesante ristra de emperadores. En total, treinta y cinco hombres reclamaron el trono imperial. Pero, a pesar de las luchas políticas, los torneos de gladiadores se mantuvieron durante todo un siglo. Un aspecto invariable de la vida romana. Al mismo tiempo, una fuerza más poderosa que el Imperio empezó a tomar forma: el Cristianismo.

Cuando uno de los gladiadores caía vencido, el público gritaba: «¡ya lo tiene!, ¡ya lo tiene!» (habet!, hoc habet!). El caído levantaba entonces tres dedos de la mano izquierda para pedir clemencia. En teoría, el organizador de los juegos podía decidir si lo mataba o no, pero éste solía preguntar al público, que respondía con los pulgares.

En el año 312 d. C., antes de la batalla del Puente de Milvio, en las afueras de Roma, el emperador Constantino tuvo una visión. Según el obispo Eusebio, esa fue una revelación divina: “Cerca del mediodía, cuando el día empezaba a declinar, Constantino vio con sus propios ojos una cruz luminosa en el cielo”. Constantino interpretó esta visión como una señal para convertirse al Cristianismo e hizo grabar la figura de la cruz en los escudos de su ejército.

Su victoria sobre Majencio, un pretendiente pagano al trono, lo convirtió en el único gobernante del Imperio Romano de Occidente. Un año después, Constantino proclamó el edicto de Milán, que legalizaba el Cristianismo en Roma; pero no sirvió para detener el derramamiento de sangre en la arena.

Proclamaba la tolerancia religiosa hacia todos, por lo que no se perseguiría a los cristianos en la arena. Pese a esto, los combates de gladiadores continuaron. Tan atractiva era la violencia en el anfiteatro que incluso algunos cristianos acudían regularmente a ver los combates, que prosiguieron hasta bien entrado el siglo V.

El final oficial de los combates de gladiadores en Roma tendría lugar el día inaugural del festival organizado por el emperador Honorio en el año 404 d. C.. El monje cristiano Telémaco entró en la arena y trató de separar a los combatientes, lo que provocó el disgusto de la audiencia. Privados de su entretenimiento, la multitud apedreó y asesinó a Telémaco. Horrorizado por lo sucedido, Honorio prohibió formalmente los torneos de gladiadores. Aunque éstos continuaron realizándose durante otros cincuenta años de manera no oficial.

Los romanos, entre ellos muchos cristianos, deploraron el final de los torneos. Los romanos paganos lo vieron como una señal de fatídicos eventos por venir, y tenían razón. En el año 410, los ejércitos de Alarico, rey los visigodos, saquearon e incendiaron la ciudad eterna.

¿Podríamos imaginar lo que se sentía ser un gladiador y enfrentar la muerte en las arenas de la antigua Roma? Algunos lo comparan con los deportes profesionales modernos como el boxeo, la lucha y el toreo. El encanto y el machismo siguen presentes. El juego con la muerte que emociona a la multitud.

La brutal violencia que los romanos consideraban diversión, a nosotros nos parece repugnante. Pero las audiencias del siglo XXI, en realidad ¿son tan distintas a las romanas? En muchas formas somos muy parecidos. La violencia que se incubó en nuestros antepasados, de cierto modo, sigue presente en nosotros. Debemos reconocer que es así y aceptarlo. Porque no aceptarlo y decir que somos civilizados y mejor que los horribles romanos es negar la realidad.

Por Arkantos Khan.

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Comentarios
Jun 8, 2015
21:55
#1 María Inés Bruccolleri Rennella:

Muy interesante los artículos que leí. Podría agregar que “El circo” sigue igual actualmente, cuando tanto, hombres como mujeres eligen ir a cualquier guerra que SU país enfrenta y se le da honores cuando regresa con vida y muchos son olvidados y regresan tan maltratados físicamente y psíquicamente (a diferencia de los gladiadores)que poco y nada puede gozar de su vida restante. Leer los artículos me representó la actualidad de muchos sufrientes.

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