Su reino de crueldad sería superado por su sucesor: el emperador Claudio. Se dice que éste sentía gran placer al ver los rostros de sus gladiadores mientras estos morían. En su esfuerzo por complacer a las multitudes de Roma, Claudio emprendió gigantescos proyectos de ingeniería y construyó acueductos y graneros. En el año 52 d. C. planeó dragar un gran lago que la gente quería utilizar para la agricultura. Pero antes de dragarlo decidió organizar un espectáculo naval. Estas batallas llamadas naumaquias eran quizás el más extraordinario de los espectáculos romanos. Las naumaquias eran una recreación de una batalla naval de la antigüedad, pero con muertos reales. Traían cientos de barcos desde el puerto de Ostia, a bordo se encontraban diecinueve mil prisioneros a los que se les dotaba de armas. Unidades de la guardia pretoriana se apostaban alrededor del lago para evitar cualquier fuga.

Cuando la batalla estaba a punto de comenzar, un grupo de prisioneros saludo al emperador con unas palabras que pasarían a la historia: “Ave César, los que van a morir te saludan”. Claudio menospreció el honorable intento al responderles: “O quizás no”. Los prisioneros tomaron este brusco comentario como una burla y se negaron a combatir.

Claudio amenazó con usar la guardia imperial si no comenzaban a luchar de inmediato. Suponiendo que la posibilidad de salvarse era mayor combatiendo entre ellos que contra la guardia no les quedó otra alternativa. De diecinueve mil hombres sólo unos cien sobrevivieron.

Nerón, el sucesor de Claudio, redujo el tamaño de los ostentosos espectáculos de gladiadores, pero Roma descubrió una nueva forma de entretenimiento en las ejecuciones en masa de un culto religioso conocido como Cristianismo. Sometió a estos cristianos a una serie de castigos conocidos como “summa supplicia”, pena destinada a los criminales más despiadados.

Los cristianos, a quién Nerón culpaba del incendio que destruyó dos tercios de Roma en el año 64 d. C., soportaron torturas, crucifixiones y hogueras. Pero la forma de ejecución más popular entre las multitudes romanas era el empleo de bestias salvajes. Querían que estas víctimas fuesen ultrajadas y luego vapuleadas hasta hacerlas sangrar. Alguien se encargaba al final de cortarles la garganta.

Aunque los libros de historia lo describen como un desalmado perseguidor de los cristianos, Nerón estaba mucho más interesado en el teatro y la música que en los espectáculos sangrientos.

ENTRETENIMIENTO Y MUERTE

En el año 68 d. C., el Senado romano declaró traidor al emperador Nerón por su flagrante mala administración del Estado. Nerón se suicidó y, una vez más, Roma se vio inmersa en un guerra civil.

La revuelta de Flavio condujo al poder a un nuevo emperador, Vespasiano. Los gladiadores romanos colaboraron en su elección. En la guerra civil del año 69, los gladiadores apoyaban a varios de los aspirantes al trono porque los gladiadores eran figuras importantes en la sociedad. Los espectadores no eran sus enemigos, sino sus admiradores que los apoyaban al combatir.

En el año 72 d. C., Vespasiano inició la construcción del mayor monumento a la muerte en el vasto Imperio romano, el anfiteatro de Flavio, conocido hoy como el Coliseo. Su construcción tomaría ocho años, y se convertiría en el principal anfiteatro para los combates de gladiadores durante los siguientes cuatro siglos. Vespasiano deseaba hacer grandes obras para iniciarse con buen pie en el trono y borrar la imagen que Nerón había dejado tras de sí.

Capaz de albergar unos cincuenta mil espectadores y cubierto por un enorme dosel, el anfiteatro reflejaba en la distribución de sus asientos la estratificación de la sociedad romana. Pero era bajo la arena del anfiteatro donde se creaba la magia. Las subestructuras debajo de la arena eran usadas para efectos especiales, para mostrar escenografías en medio del espectáculo, y para dejar salir animales inusuales en pleno combate. Se buscaba llevar este espectáculo a niveles que no se habían visto hasta el momento. Su elaborada decoración y complejos dispositivos hacían del anfiteatro un goce visual para el público romano, pero este estadio era en realidad una gigantesca maquina para la ejecución pública de animales y personas.

Los bestiarios, gladiadores especialmente entrenados, luchaban contra osos, leones y toros.

Un día típico de espectáculos en el anfiteatro de Flavio se iniciaba con las menationes, la cacería de bestias salvajes. Los bestiarios, gladiadores especialmente entrenados, luchaban contra osos, leones y toros. La cacería de bestias salvajes cobró tanta popularidad que se creo una industria que importaba animales nuevos y exóticos para exhibirlos en la arena. De todos los rincones del Imperio se traían tigres y jirafas, antílopes y avestruces, mientras más exóticos los animales mejor y las cantidades eran sorprendentes. Durante las ceremonias de inauguración del anfiteatro de Flavio, en el año 80 d. C., patrocinadas por el emperador Tito, se sacrificaron nueve mil animales durante cien días de celebración. Pero la carne de estos animales no se desperdiciaba, la mayoría se regalaba en sorteos organizados durante las pausas en los días de espectáculo.

Al mediodía se realizaban las ejecuciones de criminales y cristianos. En la tarde, llegaba el momento estelar, las luchas entre gladiadores de élite, el evento principal. Ellos entraban a la arena en medio de una gran procesión donde exhibían sus armas y atuendos ante la bulliciosa multitud.

Los combates individuales eran dirigidos por los lanistas, los entrenadores de gladiadores, cuya misión era detener el combate antes de que uno de los gladiadores muriera.

Cuando un gladiador resultaba herido y no podía continuar luchando, le mostraba dos dedos al emperador como una petición de clemencia. Si el gladiador había combatido con gallardía, entonces se le permitía volver a luchar. Los gladiadores pocas veces combatían hasta morir. Un gladiador era un recurso extremadamente valioso, como un caballo de carreras. No se desperdiciarían estos recursos asesinándolos en masa.

Ellos entraban a la arena en medio de una gran procesión donde exhibían sus armas y atuendos ante la bulliciosa multitud.

Si un gladiador se destacaba por su arrojo, el emperador podía incluso concederle la libertad. El poeta Marcial, un seguidor de los combates, presenció algo semejante: “Conforme el combate se tornaba parejo, el bullicio aumentaba y el público pedía la libertad de los combatientes. César le envió a ambos unas espadas de madera. El valor y la habilidad tenían su recompensa” (Marcial). Cuando un gladiador obtenía su libertad, se le otorgaba un premio especial: un “rudis”, que era una espada de madera y un recordatorio de sus días de entrenamiento. El “rudis” también era una señal de que nunca más debía empuñar una espada para luchar por su vida.

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 1 comentario
Comentarios
Jun 8, 2015
21:55
#1 María Inés Bruccolleri Rennella:

Muy interesante los artículos que leí. Podría agregar que “El circo” sigue igual actualmente, cuando tanto, hombres como mujeres eligen ir a cualquier guerra que SU país enfrenta y se le da honores cuando regresa con vida y muchos son olvidados y regresan tan maltratados físicamente y psíquicamente (a diferencia de los gladiadores)que poco y nada puede gozar de su vida restante. Leer los artículos me representó la actualidad de muchos sufrientes.

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