La derrota ha sido tremenda. Conseguida una tregua para enterrar a los muertos, los griegos alzan un muro para defender las naves. Agamenón piensa en el regreso a la patria y lo propone a sus aliados. La mayoría está de acuerdo y corre hacia los navíos. Pero no es esa la voluntad de los dioses. Minerva se aparece a Ulises, rey de Itaca, y le aconseja que exhorte y aliente a los guerreros para que vuelvan al combate. Ulises es elocuente; nadie sabe argumentar como él, cuya fama de ingenioso es grande en toda Grecia. Su elocuencia arrebatadora enardece de nuevo a los griegos, y la guerra se reanuda. El muro defensivo no tarda en caer bajo el empuje de los troyanos, que pugnan por acercarse a las naves e incendiarlas. En ese instante, un amigo entrañable de Aquiles, el héroe Patroclo, le censura su actitud y lo incita a que intervenga con los guerreros mirmidones a favor de los griegos. Aquiles vuelve a negarse. Solamente permite, a ruego de Patroclo, que éste calce sus armaduras, quien así lo hace y consigue alejar a los troyanos de las naves. Patroclo es valiente y audaz. No se conforma con su victoria, sino que quiere alcanzar inmensa gloria matando a Héctor, el generalísimo de los troyanos, que es el más querido de los hijos de Príamo y cuya fuerza y valor son semejantes a los de Aquiles. Llega junto al héroe troyano y lo desafía. Se traban en lucha, y Patroclo no tarda en caer bajo la lanza de Héctor.

Aquiles dando temibles gritos arremetió contra los troyanos y produjo entre ellos una gran mortandad.

La noticia de la muerte de su amigo fraterno llena de dolor al rey de los mirmidones. ¡Ahora sí! Ahora renunciará a su juramento para vengar la muerte de su amigo. Sus armas han quedado en poder de Héctor, pues las había llevado Patroclo al combate. Pero, Tetis, su madre, que acude a su llamado nuevamente, le consigue otras magníficas, fabricadas por Vulcano, el dios forjador.

Dando terribles alaridos, Aquiles se lanza entonces al combate. Los troyanos, despavoridos ante la matanza enorme que el héroe provoca, huyen a refugiarse tras los muros de la ciudad. Solamente queda afuera Héctor. Aquiles lo ve y corre a su encuentro; luchan y Héctor no tarda en morir bajo la lanza del enfurecido rey de los mirmidones. Aquiles despoja a su adversario de las armas, después ata el cadáver a una rueda de su carro de guerra y se lo lleva así hasta su campamento.

Grande es la desesperación que se apodera de Príamo, el anciano rey de Troya, ante la noticia de la muerte de su hijo. Aconsejado por Minerva y guiado por Mercurio, acude a la tienda de Aquiles, se abraza a sus rodillas y le ruega que le devuelva el cuerpo de Héctor para tributarle los honores que le corresponden. Tan terrible es la cólera de Aquiles que jamás habría accedido a la súplica del anciano, pero Júpiter, deseoso de dar fin a la contienda, ordena a Tetis que aconseje magnanimidad a su hijo. Aquiles, temeroso de la cólera del rey de los dioses, devuelve a Príamo el cadáver de su hijo, aceptando el rescate ofrecido.

Vuelve a Troya el anciano, llevando en un carro el cuerpo de Héctor. Éste es colocado en una pira y quemado. Sus cenizas son guardadas después en una urna de oro y se levanta un túmulo en su honor. Con el relato de estos funerales termina La Ilíada.

No acaban aquí, sin embargo, las acciones guerreras ante el muro de Troya. Está decretada por Júpiter la caída de la ciudad en manos de los griegos y su designio se cumplirá. También es fuerza que en esa acción perezca Aquiles a manos de París, herido por una flecha en el talón, único punto vulnerable del cuerpo del héroe, que al nacer había sido sumergido por su madre en la laguna Estigia para hacerlo inmortal.

La caída de Troya se debió a uno de los muchos ardides en que era ducho Ulises, rey de los itacenses. Concertada una tregua con los troyanos, hizo construir un enorme caballo de madera, que fue obsequiado a los enemigos en prenda de amistad.

Los troyanos aceptan el regalo y abren en el muro de la ciudad un boquete, pues el caballo no cabe por las puertas. Y esa noche, del vientre del enorme animal de madera salen subrepticiamente los más audaces y valientes paladines griegos, entre ellos el propio Ulises. Éstos franquean a sus compañeros las puertas de la ciudad, penetran en ella las legiones griegas, y la inexpugnable Troya, víctima de la candorosa fe de sus jefes y de la fecunda inventiva de Ulises, es arrasada y sus habitantes reducidos a la esclavitud.

Terminada la guerra, los griegos se embarcan para sus respectivos países. No habrían de terminar allí, sin embargo, sus trabajos y penurias, pues ya sabemos que los dioses tenían acerca de ellos oscuros y caprichosos designios. Ulises no escapó a tales decretos, sino que, por el contrario, fue precisamente el más castigado de todos por la ojeriza de los Inmortales. Sus penurias, el regreso al hogar, y las múltiples aventuras que para ello debió correr constituyen el argumento de la Odisea.

Ulises y las Sirenas, de Herbert Draper (1909).

La Odisea narra el regreso del héroe griego Odiseo (Ulises en la tradición latina) de la guerra de Troya. En las escenas iniciales se relata el desorden en que ha quedado sumida la casa de Odiseo tras su larga ausencia. Un grupo de pretendientes de su esposa Penélope está acabando con sus propiedades. A continuación, la historia se centra en el propio héroe. El relato abarca sus diez años de viajes, en el curso de los cuales se enfrenta a diversos peligros, como el cíclope devorador de hombres, Polifemo, y a amenazas tan sutiles como la que representa la diosa Calipso, que le promete la inmortalidad si renuncia a volver a casa. La segunda mitad del poema comienza con la llegada de Odiseo a su isla natal, Ítaca. Aquí, haciendo gala de una sangre fría y una paciencia infinita, pone a prueba la lealtad de sus sirvientes, trama y lleva a efecto una sangrienta venganza contra los pretendientes de Penélope, y se reúne de nuevo con su hijo, su esposa y su anciano padre.

La cuestión homérica

El texto moderno de los poemas homéricos se transmitió a través de los manuscritos medievales y renacentistas, que a su vez son copias de antiguos manuscritos, hoy perdidos. Pese a las numerosas dudas que existen sobre la identidad de Homero (algunos lo describen como un bardo ciego de Quíos) o sobre la autoría de determinadas partes del texto, como las escenas finales de la Odisea, la mayoría de sus lectores, desde la antigüedad clásica hasta no hace mucho tiempo, creyeron que Homero fue un poeta (o como mucho, dos poetas) muy parecido a los demás. Es decir la Iliada y la Odisea, aunque basadas en materiales tradicionales, son obras independientes, originales y en gran medida ficticias.

Sin embargo, durante los últimos doscientos años, esta visión ha cambiado radicalmente, tras la aparición de la interminable cuestión homérica: ¿Quién, cómo y cuándo se compuso la Iliada y la Odisea? Aún no se ha encontrado una respuesta que satisfaga a todas las partes. En los siglos XIX y XX los estudiosos han afirmado que ciertas inconsistencias internas venían a demostrar que los poemas no eran sino recopilaciones, o añadidos, de poemas líricos breves e independientes (lays); los unitaristas, por su parte, consideraban que estas inconsistencias eran insignificantes o imaginarias y que la unidad global de los poemas demostraba que ambos eran producto de una sola mente. Recientemente, la discusión académica se ha centrado en la teoría de la composición oral-formularia, según la cual la base de los poemas tal y como hoy los conocemos es un complejo sistema de dicción poética tradicional (por ejemplo, combinaciones de sustantivo-epíteto: Aquiles, el de los pies ligeros) que sólo puede ser producto del esfuerzo común de varias generaciones de bardos heroicos.

Ninguna de estas interpretaciones es determinante, pero sería justo afirmar que prácticamente todos los comentaristas coinciden en que, por un lado, la tradición tiene un gran peso en la composición de los poemas y, por otro, que en lo fundamental ambos parecen obra de un mismo creador. Entretanto, los hallazgos arqueológicos realizados en el curso de los últimos 125 años, en particular los de Heinrich Schliemann, han demostrado que gran parte de la civilización descrita por Homero no era ficticia. Los poemas son pues, en cierto modo, documentos históricos, y la discusión de este aspecto ha estado presente en todo momento en el debate sobre su creación.

Publicado el 30 de enero de 2010 Sin comentarios
Etiquetas: , , , , , , ,

¿Te gustó lo que acabas de leer? ¡Compartilo!

Facebook Digg Twitter StumbleUpon Delicious Google+

Artículos Relacionados

 0 comentarios

Los comentarios están deshabilitados o han sido cerrados para esta entrada o página.