Nadie conoce su origen. Ni aún los más sabios arqueólogos saben como empezó su historia. Lo único cierto es que en el corazón del valle de México hay una cadena de construcciones monumentales, adornada con perfiles de seres monstruosos, donde se destacan dos enigmáticas y altas pirámides, dedicadas a la adoración del Sol y la Luna. Las ruinas son tantas y tan grandes, que los especialistas han calculado que allí trabajaron más de 3.000 hombres durante 30 años. Por eso parece raro que esos operarios, artistas e ingenieros no dejaran ninguna traza, ningún indicio, que sirva al menos para conocer el nombre original del lugar y desentrañar cuál era la lengua que hablaban. Ahora, sólo habitaban allí los fantasmas de un pasado secreto, empeñados en guardar celosamente los comienzos de esa ciudad misteriosa, donde los hombres vivían al lado de los mismos dioses. La escritura que utilizaron los habitantes de Teotihuacán da una pista pero es, por ahora, inescrutable: se trata de rayas y puntos, semejante a los que utilizaba otra gran cultura de la región, la Olmeca. Pero todavía no se han podido descifrar sus mensajes.

Pirámide del Sol.

Pirámide del Sol.

En el siglo XIV, cuando los Aztecas dominaron el valle de México, esta ciudad, que ellos denominaron Teotihuacán (“el lugar de los que siguen el camino de los dioses”), hacía ya 700 años que había sido abandonada por sus primitivos moradores. Eso constituye un segundo interrogante, ya que nadie puede explicar, tampoco, la razón de ese éxodo masivo. Porque la urbe no se fue degradando de a poco sino que la gente se esfumó de golpe, como si un rayo la hubiera aniquilado, después de un ataque de pueblos enemigos que incendió el norte de la ciudad. Luego vivieron allí durante 200 años, otras tribus de la zona, que convirtieron a la ciudad en un objeto de culto. Tal vez porque esos grandes monumentos los sorprendían hasta el delirio.

Por otra parte, ¿para qué eran esas pirámides de dimensiones colosales, tan altas como las de Egipto? Solo se pueden hacer conjeturas o escudriñar las viejas tradiciones orales en busca de algo que se asemeje a una contestación. Una leyenda, por ejemplo, afirma que el valle estaba habitado, en tiempos remotos, por una raza de gigantes llegados del espacio. Fueron ellos los que erigieron esas pirámides, que no parecen hechas a la medida del hombre. Otros mitos dejan de lado a los antiguos, presuntos cíclopes y afirman, rotundamente, que son obra de los viejos dioses de México. Una de esas deidades se llamaba Nanahuatzin y era modesto y humilde. Fue él quien un día levantó su pirámide, que dio origen al Sol, que antes de eso no existía. Otro de los dioses se llamaba Tecuciztecatl y era altanero y orgulloso. Para satisfacer su vanidad, celoso del primero, erigió la otra pirámide. Cosa que enojó a los otros dioses de ese particular Olimpo. Para demostrarle su desprecio, los inmortales le arrojaron al rostro un conejo muerto. Si uno se fija bien en la cara de la Luna llena, se puede distinguir la sombra de un conejo. Ese, y no otro fue el origen del satélite de la Tierra. Mitología o leyenda, lo cierto es que este centro religioso es algo indescifrable.

Avenida de los Muertos.

Tiene algo menos de 24 kilómetros cuadrados y está enclavado sobre una meseta de 2.300 kilómetros de alto. La espectacular pirámide del Sol fue descubierta en 1906 por el arqueólogo Leopoldo Batles, quien calculó que había sido construida en el siglo I de nuestra era. Se eleva a unos 66 metros y su base tiene 225 metros de lado. Un monstruo sólo comparable con la gran pirámide de Keops. Se estima que se necesitaron 2 millones y medio de toneladas de ladrillos cocidos para construirla. Una labor, en efecto, digna de gigantes.

La pirámide del Sol se dispone en un eje este-oeste, acorde con el itinerario aparente del astro rey; y se ha hecho notar que muy probablemente, “la pirámide fuera construida para señalar el centro del Universo; que las cuatro esquinas simbolizan las cuatro direcciones de aquél, y la cúspide el corazón de la vida”. La pirámide de la Luna que data del siglo II es algo más pequeña con sus 44 metros de altitud y su base rectangular de 130×156 metros. Se compone de tres plataformas o gradas distantes una decena de metros una de otras. Y a un millar y medio de metros de la pirámide de la Luna, otra ciudadela: Texcapam o Texcalpa, constituida en tres de sus lados por un murallón de 300 metros de longitud, 32 de ancho y 8 metros de alto; esos muros alojan a diez torres. El cuarto frente está formado, en cambio, por un escalonamiento de pirámides desiguales. Todo ello rodea al centro de la ciudadela, donde se alza el misterioso tlaltel, un tumulto de tierra y piedras de 28 metros de altura.

Pirámide de la Luna.

Y hacia el sur de la pirámide de la Luna, a lo largo de unos ocho kilómetros, está la llamada Avenida de los Muertos, que lleva hasta la cúspide del cerro de Tlaginga. Las plataformas que se observan en esta calle fueron tomadas por los aztecas como nichos o tumbas. Estaban equivocados: los difuntos de Teotihuacán eran cremados y enterrados debajo del suelo de las casas en las que habían vivido, envueltos en mortajas a las que se untaba con aceites y pócimas rituales.

A lo largo de la Avenida se encuentran las ruinas de la antigua ciudad. El pasado vive con fuerza insospechada en esos restos de calles, plazas y pirámides de 10 a 12 metros de altura. La Avenida cruza la Ciudadela cuadrangular, en cuyo sector oriental perdura el templo al dios Quetzalcóatl, una pirámide con seis terrazas o niveles escalonados. Allí hay una serie de cabezas fantasmagóricas y relieves que hacen perder el aliento: entre ellos el que representa al propio Quetzalcóatl o Serpiente Emplumada, dios de la sabiduría y del viento y símbolo del matrimonio entre el cielo y la tierra, y el alusivo a esa Serpiente de Fuego que guía al Sol a lo largo de su viaje astral.

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