En noviembre del año pasado, la sonda Voyager 2 de la NASA salió de la heliosfera, la burbuja protectora de las partículas y los campos magnéticos creados por el Sol, convirtiéndose así la segunda nave hecha por el hombre —por detrás de la Voyager 1— en lograr tal proeza. Ahora cinco estudios publicados en Nature Astronomy revelan los misteriosos datos enviados por la sonda.

Los asombrosos datos, que dadas las enormes distancias llegaron a cuentagotas, están llenos de sorpresas. Por ejemplo, Voyager 2 atravesó la frontera entre la heliosfera y el espacio interestelar cuando estaba a 119.7 unidades astronómicas (UA) del Sol —1 UA es igual a la distancia promedio Tierra-Sol: 150 millones de km—. Su sonda hermana, Voyager 1, hizo lo propio a casi la misma distancia, 121.6 UA.

«Esta consistencia es muy extraña, en el sentido que un cruce —el de Voyager 2— ocurrió en el mínimo solar, cuando la actividad es poca, y el otro ocurrió en el máximo solar», dijo Stamatios Krimigis, autor principal de uno de los estudios publicados, en clara referencia a los ciclos naturales del Sol de 11 años. «Si tomamos nuestros modelos al pie de la letra, debería haber habido una diferencia mayor».

El científico del proyecto Voyager, Ed Stone, del Instituto Tecnológico de California en Pasadena, también enfatizó el dinamismo de la burbuja solar. «La helioesfera respira por sí misma, inspira y exhala. Es una interacción muy complicada la que sucede y estamos estudiando».

Las mediciones del campo magnético interestelar por parte de Voyager 2 también son intrigantes. Cuando en 2012 Voyager 1 cruzó la frontera, el equipo esperó encontrar diferencias significativas en la dirección del campo magnético fuera de la heliosfera, en comparación con el interior. Sin embargo, la sonda descubrió que el campo interestelar estaba mayormente alineado con el campo heliosférico. Esto ahora ha sido corroborado por los nuevos datos. Por lo que se trata de un fenómeno real y no una mera coincidencia.

«Aún nos queda por comprender por qué el campo magnético no cambia», señaló Leonard Burlaga, del Centro Espacial Goddard de la NASA en Maryland y coautor de otro de los estudios. «Tiene que existir algún proceso desconocido que lo causa».

Asimismo, hay una «fuga» observada por ambas naves. Voyager 1 detectó partículas interestelares en dos ocasiones separadas, tiempo ANTES de atravesar la heliopausa; y el equipo de la misión atribuyó dicho hallazgo a la intrusión de «dos tubos de flujo». Pero la experiencia de Voyager 2 fue la opuesta: la sonda detectó algunas partículas solares por un tiempo LUEGO de haber pasado la heliopausa.

Los investigadores especulan con que esta desemejanza puede tener algo que ver con la geometría heliosférica, dado que Voyager 1 y Voyager 2 dejaron la burbuja solar en lugares —hemisferios— diferentes.

Por últimos, mientras que Voyager 1 observó que la velocidad del viento solar —la corriente cargada de partículas que fluye continuamente desde el Sol, «inflando» la heliosfera— cayó a casi cero cerca de la heliopausa, Voyager 2 midió velocidades relativamente altas hasta poco antes de cruzar la frontera. De igual manera, los datos de la última sugieren una heliopausa más suave y delgada —a pesar que ambas naves atravesaron el límite en menos de un día—.

Sobreviviendo a la humanidad

El espacio es asfixiantemente inmenso. Aunque la zona dominada por el viento solar se extiende hasta unas 120 UAs, la región dominada por la gravedad del Sol podría llegar hasta las 100.000 UAs, formando lo que se conoce como nube de Oort, un campo de escombros casi imperturbados desde el nacimiento del Sistema solar.

Las sondas Voyager se adentran en lo desconocido, a un ritmo aproximado de tres UAs por año. Los científicos esperan poder hacer medidas del medio interestelar puro, no influido por el Sol, antes de que los generadores de radioisótopos de plutonio-238 de abordo se agoten, quizás durante la próxima década.

Sea como sea, todo indica que las Voyager, ya muertas y apagadas, sobrevivirán a la humanidad. «Estarán en su órbita alrededor de la galaxia durante 5.000 millones de años o más. Y la probabilidad de que se choquen contra algo es casi cero», ha concluido Bill Kurth, coautor de uno de los estudios e investigador en la Universidad de Iowa.

Lo único con que se encontrarán, en el inmenso océano del espacio, será el viento interestelar.

Fuente: Live Science.

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