Ramsés, grande en victorias

La mayor parte de la información recogida por los arqueólogos proviene de informes oficiales o inscripciones, y tales textos aportaban la imagen del monarca que él mismo cuidó de propagar. Las inscripciones en los muros de los templos nos hablan de su piedad con los dioses y enumeran sus victorias sobre los enemigos de Egipto, pero dicen poco del Ramsés hombre.

Aun así, en el archivo monumental se pueden llegar a vislumbrar algunos trazos de la vida privada de Ramsés. Gracias a las inscripciones sabemos, por ejemplo, que en el curso de su larga vida Ramsés tuvo seis esposas, engendró más de 90 niños y que, al morir, había sobrevivido a cuatro de sus supuestos herederos.

Quizá lo más sensacional fuera el descubrimiento de su cuerpo momificado en 1881. Hallado en un sepulcro común, donde se le había escondido de los profanadores de tumbas, la momia reveló rasgos de la auténtica apariencia física del monarca que contradecían las estilizadas representaciones que llegaban de la antigüedad. Al desvelar el cuerpo, éste resultaba ser de cerca de 1,70 m, de cara larga y delgada, mandíbula prominente y nariz considerable.

Ramsés II procedía de una importante familia, aunque no emparentada con la realeza. La fecha de su nacimiento se desconoce, pero se sabe que por entonces, su abuelo, cuyo nombre heredaría, tenía el título de visir – primer ministro – del anciano faraón Horemheb, que murió sin descendencia. Para evitar los peligros de una sucesión disputada, Horemheb designó al visir “príncipe hereditario de la tierra”, nombrando de este modo a su fiel consejero como heredero al trono. Tras la muerte de Horemheb en el 1306 a. C., el abuelo de Ramsés accedería al poder con el nombre de Ramsés I. No pudo gozar de su poder más que por un año y, al morir, cedió el trono a su hijo Sethi I, a quien había formado como soldado. Con ello, Ramsés II se convertía en heredero al trono de Egipto.

Al morir Sethi en el 1290 a. C., Ramsés ya estaba preparado para el trono y su mandato asignado. Tercer faraón de la XIX dinastía, reinó entre los años 1289 y 1224 a. C.. Durante su reinado Egipto aumentó espectacularmente su poderío. Tras rechazar una invasión de los sharden, se enfrentó en Palestina y Siria con el rey hitita Muwatalli, contra el que disputó una cruenta batalla en Qadés, un baluarte estratégico de suma importancia junto al río Orontes. Sus victorias frente a sus enemigos del norte – los hititas – y del sur – los nubios – le permitieron fijar las fronteras de Egipto en uno de los momentos de mayor expansión del Imperio.

Más que cualquier otro líder en la historia de las naciones, Ramsés II lo era todo para su gente. Héroe, conquistador y pacificador en su función mundana de faraón, a la vez, cumplía con las necesidades espirituales del país en su función de intermediario entre dioses y hombres. De hecho, al cabo de sus casi 70 años de poder absoluto cada vez se veía más a sí mismo como un igual entre los dioses.

Ramsés incorporó todo este polifacetismo en el más duradero de sus legados: un prodigioso programa de construcción de templos, palacios y monumentos que proclamaban su nombre, su imagen y sus gestas por las cuatro esquinas de Egipto. A veces, el mensaje de Ramsés es descaradamente propagandístico, como en la mayoría de inscripciones y jeroglíficos conmemorativos de la “victoria” en Qadés. En otras ocasiones, el faraón se muestra humilde y piadoso. La dedicatoria de la Gran Corte de Ramsés II en el templo de Luxor dice así: “Monumento para su padre, Amón-Ra, rey de los dioses, de fina arenisca blanca, que el Hijo de Ra, Ramsés, hizo para él”.

Otros enclaves, como Abu Simbel, obedecían a un doble propósito, político y espiritual a la vez: las cuatro figuras imponentes de Ramsés constituían un recordatorio del poder del faraón sobre la conflictiva región nubia. Y en su interior, en el santuario del templo, se veneraba una pequeña estatua del faraón junto a los dioses Ptah, Amón y Re.

Como todo lo que los arqueólogos han aprendido sobre aquel monarca, sus proyectos monumentales proclamaban un vigor y poderío hercúleo. Incluso en condiciones ruinosas, los templos de piedra, las estatuas y los obeliscos – a falta de las residencias de ladrillo ya desaparecidas –, han provocado estupor desde que los primeros viajeros griegos y romanos cruzaran el Nilo. Para el mundo actual, Ramsés II es prácticamente sinónimo de pasadas glorias de Egipto.

La obsesión monumental por uno mismo

Ramsés había ya mostrado gran interés en proyectos constructivos desde que era príncipe regente. Había visto y admirado la espléndida tumba de su padre en el Valle de los Reyes, y la construcción del hermoso templo de Sethi, dedicado a Osiris, en Abydos. También como su padre, admiraba los diseños monumentales y a un tiempo refinados de Amenhotep III. Su sueño por seguir un día los pasos de aquel faraón, e incluso por superar sus logros, resulta bien comprensible.

Aunque su padre le había permitido empezar con un templo menor propio dedicado a Osiris en Abydos, Ramsés tuvo que esperar hasta la coronación antes de promover sus planes más ambiciosos. Al contrario que Sethi, quien escogía decoraciones finamente diseñadas para los bajorrelieves de sus templos, Ramsés prefería las tallas, por ser más fáciles de hacer y más difíciles de anular en caso de que algún rey futuro tuviera la tentación de usurpar su trabajo – una práctica que el propio Ramsés había perpetrado a menudo, reciclando trabajos de anteriores faraones para su provecho.

Cuando Sethi I murió, el pueblo podía ya percibir que Ramsés sería uno de los grandes constructores de Egipto. Desde el principio, el nuevo mandatario promovió proyectos constructivos a gran escala. El primero de ellos fue Pi-Ramsés – la conversión del palacio de verano de Sethi en el delta del Nilo en una capital enteramente nueva. Al mismo tiempo, mandó llevar a cabo algunos planes monumentales al sur del país. Aprovechando el viaje a Tebas para el funeral de su padre, ordenó finalizar el templo funerario de Sethi, así como la construcción de su propio sepulcro, y trazó también las líneas maestras de su grandioso templo funerario, el Rameseum.

Tampoco quedó al margen de su afán constructor el gran complejo arquitectónico de Karnak, al otro lado del Valle de los Reyes, en la orilla oriental del Nilo. De hecho, los arqueólogos consideran que Karnak fue ampliado y remozado a lo largo de los 2.000 años que se mantuvo activo. Cubría una superficie de unos 240 km2, e integraba 20 templos y santuarios dedicados a distintas deidades. Sólo durante el Imperio Nuevo se construyeron al menos 15 obeliscos.

El padre de Ramsés había proyectado una inmensa sala hipóstila, la mayor del mundo, con unas medidas de casi 4.800 km2, un bosque de 134 columnas con el techo a unos 24 metros del suelo. Ramsés, que había visto el proyecto inacabado, cambió su nombre por el de “Eficiente es Ramsés II”. Los muros internos registraban escenas de su coronación divina y otras imágenes sagradas para las que usurpó algunos relieves de su padre. Hizo decorar los muros exteriores con escenas de sus campañas militares en Canaan y Siria, incluyendo la batalla de Qadés, así como una copia del famoso tratado de paz con los hititas.

En el templo mayor de Karnak, construyó un pórtico en la cara este, flanqueado por dos estatuas colosales de sí mismo, donde la gente común, a la que no se permitía la entrada en el templo, podía hacer peticiones a los dioses gracias a su intermediario, el rey. También se construyó un embarcadero en el Nilo, que estaba conectado al templo de Karnak por una avenida a cuyos márgenes se alineaban 120 esfinges con cabeza de carnero, entre las patas de las cuales figuraba un pequeño Ramsés.

Cada una de las esfinges con cabeza de carnero, símbolo del gran dios Amón, sostienen una pequeña imagen de Ramsés.

A tres kilómetros de distancia, en el templo de Amón – hoy de Luxor –, Ramsés hizo construir un atrio y un pórtico a partir de planos preexistentes. Añadió más tarde nuevos relieves e inscripciones ensalzando la gesta de Qadés sobre los muros y las torres del pórtico, a los que se sumaron dos enormes obeliscos y seis estatuas colosales de sí mismo en el umbral del templo. Sólo uno de los dos obeliscos permanece en su enclave original, pues el segundo fue usurpado por los franceses en 1830, como conmemoración de las tropas napoleónicas que habían tomado parte en la expedición egipcia de 1798-1799. Éste fue erigido de nuevo en la plaza de la Concorde de París, ante 200.000 espectadores que pudieron contemplar, aunque difícilmente leer, la arrogante inscripción del faraón: “Un monarca de ira pronta y fuerza pujante ante quien tiemblan todas las tierras”.

Como parte de su aprendizaje para llegar a ocupar el trono, el joven Ramsés había sido encargado de la cantera de Asuán, a más de 240 kilómetros río arriba desde Tebas, de donde se extraía casi todo el granito egipcio. Debía supervisar, asimismo, el transporte de los “espléndidos obeliscos y maravillosas estatuas”, tal como los describía una inscripción.

La demanda de construcción en el antiguo Egipto era tanta que difícilmente se podía encontrar un roquedal sin explotar como cantera. Desde la XVIII dinastía, la mayor parte de la piedra arenisca utilizada en los proyectos de Karnak procedía de las enormes canteras de Gebel Silsila, a unos 160 kilómetros al sur de Tebas. También Ramsés II y Ramsés III usaron piedra calcárea de allí para sus templos mortuorios al otro lado del río.

El transporte río abajo desde Gebel Silsila no resultaba extremadamente difícil, pues los barcos podían anclar en bahías, a manera de dársenas, que se encontraban a ambas orillas del Nilo. Los bloques de piedra calcárea eran cargados en almádenas y arrastrados hasta el río sobre rampas especialmente construidas. Algunos documentos encontrados en el Rameseum indican que podían llegar diariamente a Gebel Silsila 10 barcos con 64 bloques. Una inscripción en la misma cantera informa que, para producir y transportar las piedras necesarias para el templo de Ramsés III, se necesitaron 3.000 hombres y 40 barcos.

Actualmente permanecen todavía esparcidas en las canteras de Gebel Silsila esfinges de piedra calcárea inacabadas, como las que se alineaban en la avenida desde el amarre del río hasta Karnak. Las columnas de la sala hipóstila del propio templo procedían igualmente de aquella cantera.

Todas las canteras de Egipto pertenecían al faraón y Ramsés II las gestionó de manera más personalizada que otros faraones. La experiencia de juventud en Asuán pareció haberle convencido de su buen ojo para distinguir un buen bloque de roca. La verdad es que en su persecución sin tregua de la monumentalidad, el rey no dejó prácticamente una sola piedra en su estado original. Cuenta la inscripción de una estela que en Asuán llegó a examinar personalmente una montaña para certificar la utilidad de su explotación.

Parece que en el desierto junto a Heliópolis, Ramsés descubrió un yacimiento de rara cuarcita “desconocida desde el principio de los tiempos”, según rezaba una estela procedente de su octavo año de reinado. Material altamente apreciado por su extraordinaria durabilidad y tremendamente difícil de trabajar, Ramsés ordenó a sus escultores ocuparse de un primer bloque “más alto que un obelisco de granito”. Parece que llegaron a convertirlo en una estatua gigantesca del rey, erigida después en Pi-Ramsés, pero no existe ninguna traza de la misma.

Otros colosos de Ramsés han sido menos difíciles de localizar. En el Rameseum, que en general sigue el modelo de los templos funerarios establecido por los predecesores de Ramsés, el faraón decidió añadir un único elemento. Se trataba de erigir en el umbral una imagen de sí mismo sentado, que mediría unos 20 m. Iba a ser el mayor coloso jamás encargado por él. La perspectiva de esta obra resultaba un desafío incluso para los ingenieros y escultores de una nación dedicada durante 1500 años a la construcción masiva. No en vano sería la mayor estatua conocida esculpida de un solo bloque de granito, con un peso de 1.000 toneladas.

El principal yacimiento lítico durante el reinado de Ramsés fue Asuán. A pesar de que no quedan vestigios de la obra emprendida para el coloso del Rameseum, un obelisco inacabado de mayores dimensiones todavía – 40 m, con un peso de 1.200 toneladas – da una idea de los métodos que debieron utilizarse hasta que el proyecto fue abandonado. En primera instancia se debía extraer la piedra de la roca y, dado que las herramientas de cobre y bronce no eran lo bastante recias para incidir el granito, el trabajo dependía enteramente de la fuerza física de los esclavos.

Previamente, los supervisores marcaban la superficie de la cantera. Luego, brigadas de trabajadores cavaban estrechas zanjas alrededor del futuro monumento con bolas de dolerita, una roca basáltica más dura que el propio granito. Cada golpe lograba astillar sólo algunos cantos, pero tras meses de trabajo se alcanzó la profundidad deseada. Entretanto, en uno de los lados, otros trabajadores abrían una zanja dentro de la cantera mientras sus compañeros tajaban el bloque, probablemente la parte más difícil de la excavación. En cuclillas, en una cavidad no más ancha de 70 cm, extrajeron de la roca la pieza entera, arrancándola de sus cimientos mediante el uso de enormes palancas de madera.

La operación, que se llevó a cabo bajo un calor sofocante que podía alcanzar los 60º C, resultó extenuante para los trabajadores, un colectivo compuesto por campesinos, esclavos, prisioneros de guerra, criminales y otros culpables de penas suficientemente graves como para “mandarlo al granito”. Los campesinos sólo eran empleados desde julio a septiembre, cuando la inundación anual hacía impracticables sus cultivos. A cambio, el gobierno les procuraba la ayuda necesaria en las épocas del año en que estuvieran faltos de todo medio de subsistencia.

Al igual que para otras categorías de trabajadores, era inútil pretender alivio alguno. Un par de estelas grabadas en Abu Simbel, con escenas de la vida de Setau, virrey de Nubia durante buena parte del mandato de Ramsés, enumeran algunos de sus méritos en ese sentido: “Tuve a mi mando decenas de miles de siervos y cientos de miles de nubios, mano de obra ilimitada”. En otra estela, un oficial del ejército llamado Ramose, describe cómo en el 1247 a. C., “su majestad ordenó al virrey de Nubia y otros oficiales de su entorno, que apresaran hombres de Libia para la construcción del templo de Ramsés II”.

Estos trabajadores eventuales no eran los únicos empleados en las canteras, algunos de los mejores escultores de Egipto se encontraban también allí. Era con estos trabajadores especializados con quienes colaboraba Ramsés y a los que exhortaba jovialmente: “Vosotros, trabajadores escogidos, valiosos hombres de probado mérito, artesanos de la piedra, experimentados en el granito, familiares con la cuarcita, buenos hombres sufridos y atentos, yo soy vuestro proveedor sin falta. Sé que cumplís con prontitud y capacidad, y que el trabajo sólo es placentero con el estómago lleno. Los graneros crujen repletos para vosotros, nadie va a pasar la noche lamentándose de carestía”.

Esta elite de trabajadores bien pagados iniciaban su tarea cuando el bloque del futuro obelisco o estatuas apenas había sido extraído de la piedra madre. A menudo, los detalles más minuciosos de la obra eran completados en la propia cantera, pues cuanto más se esculpía más fácil resultaría el desplazamiento. Para transportar los obeliscos se construían rampas desde la cantera a la orilla, donde barcazas gigantes eran remolcadas por botes hasta su punto de destino.

Ninguna descripción de la época ha sobrevivido para explicar cómo estos bloques inmensos podían ser cargados en las barcazas. Plinio el Viejo relata, en el siglo I a. C., el funcionamiento de un ingenioso sistema de la era ptolemaica – unos 1.000 años después de la muerte de Ramsés –, que bien podría haber sido el empleado por los ingenieros del faraón. Para poner un obelisco a flote, los trabajadores debían primero arrastrarlo a lo largo de un canal, disponiendo de una especie de puente provisional; luego tenían que colocar las barcazas debidamente lastradas con piedras debajo de aquél. Cuando se despojaba a las barcazas del lastre, éstas salían a flote con el peso del obelisco, que era transportado río abajo, donde presumiblemente se invertía la operación.

La fase más compleja de todo el procedimiento debe de haber sido la última, al colocar el obelisco en el emplazamiento escogido. Esta suposición parece corroborarse por el hecho de que no existe un solo obelisco que esté debidamente instalado: todos ellos presentan una leve desviación axial respecto a la base. Las teorías avanzadas sobre cómo se alzaba un obelisco parecen ilustrar la dificultad de esta operación. Los trabajadores debían primero empujar el monolito sobre una rampa inclinada hasta una plataforma elevada. Entonces tenían que desplazarlo hasta el borde de un agujero cavado en la plataforma hasta los cimientos, y luego introducirlo. Cabe pensar en lo delicado del momento cuando el gigante de piedra empezaba a ladearse primero y deslizarse después en el agujero, mientras los trabajadores sujetaban las sogas para impedir que se precipitara y quebrara por el impacto con los cimientos. Seguramente, requería la atención más concienzuda. De hecho, Plinio el Viejo escribió – no sabemos con qué fiabilidad – que el faraón mandó a uno de sus hijos atarse a la cúspide del obelisco para asegurarse la máxima atención por parte de los trabajadores.

Los siguientes esbozos ilustran una de las teorías que explican la técnica de izar los obeliscos practicada por los egipcios, una auténtica hazaña incluso hoy en día. Con los monumentos ya en pie (1), los trabajadores moldean ladrillos de arcilla y empiezan a construir una enorme estructura provisional con rampas a ambos lados. Tras arrastrar uno de los obeliscos por una pendiente y emplazarlo en su ubicación, los obreros introducen el segundo por una cavidad practicada en la parte superior, parcialmente llena de arena (2). Una vez que el obelisco está en su sitio, empiezan a retirar la arena (3) que permitirá bajar lentamente el obelisco hasta aposentarlo sobre la base. Por último, tiran del monumento con sogas (4). Un egiptólogo estimó que para consumar esta operación con un obelisco de 227 toneladas se necesitaron 2.000 hombres.

paso 1 paso 2
paso 3 paso 4

Gracias a las pinturas y los relieves de tumbas y templos sabemos que los colosos eran fijados a trineos que arrastraban un contingente masivo de trabajadores a lo largo de un paso lubricado con barro del Nilo. Las dos enormes estatuas de cuarcita de Amenhotep III, conocidas como el coloso de Memnón, pesaban 700 toneladas cada una y tuvieron que ser transportadas según el método descrito desde la cantera de Gebel Ahmar hasta las vecindades de Tebas, una distancia de más de 800 kilómetros. En este caso, la imposibilidad de usar el Nilo era patente: ninguna barca podría haber impulsado una carga tan pesada contra la corriente del río.

Afortunadamente para los trabajadores de Ramsés, el Rameseum se encontraba al sur de Asuán, y Ozymandias, gigantesca estatua de Ramsés, pudo ser embarcada la mayor parte del trayecto. De hecho, los trabajadores pudieron incluso ahorrarse las arduas tres millas hasta la orilla, al hacer coincidir el embarque con la inundación del Nilo para poder llevar la estatua directamente a la puerta del templo, cerca de la cual se han encontrado vestigios de un embarcadero.

Llegados al recinto del templo, sólo quedaba el tercer y último problema: la erección final de la estatua. El método para llevar a cabo esta operación sigue siendo un enigma, pero según cálculos modernos, para mover el monolito de 1.000 toneladas se necesitaban 200 bueyes o, en su defecto, 1.000 hombres. Quizá se empleara una rampa o plano inclinado sobre el que se deslizaba la estatua hasta sus cimientos. Así, una enésima imagen del rey podía contemplar a su pueblo desde la eternidad.

La vida en el Imperio Egipcio

Durante el reinado de Ramsés II, estos espectaculares cometidos eran sólo una parte del esfuerzo total dedicado a la construcción. Otros proyectos no debían ser vistos jamás por el pueblo, como el Valle de los Reyes, donde la tradición contaba que la obra había empezado en el momento de la coronación del rey. Casi tres siglos antes de Ramsés, su gran predecesor Tutmosis I había iniciado el ritual del entierro en estos parajes, atraído por el silencio del lugar, sin mencionar la lejanía de los profanadores de tumbas.

En esta litografía de 1842 se recoge el fragmentado coloso (Ozymandias) emplazado en el primer atrio del templo funerario de Ramsés, el Rameseum.

Indudablemente, el aislamiento creaba problemas logísticos a los equipos de construcción. Por ello, en un valle a menos de 2 kilómetros de la vega del Nilo, tras una colina que le escondía de las áreas pobladas, Tutmosis I creó un asentamiento permanente – Deir el Medina – para los artesanos que habrían de construir, decorar y equipar no sólo su tumba, sino la de la mayoría de sus sucesores, cortesanos y altos funcionarios.

El asentamiento resultó ser adecuado, y los reyes sucesivos lo mantuvieron. Del 1500 al 1100 a. C., sus residentes – conocidos como los “trabajadores de la tumba real” o “servidores del puesto de la verdad” – formaron una próspera comunidad.

Estos artesanos y sus familias gozaban de una categoría bien distinta a la de los trabajadores no especializados explotados en la construcción de los edificios públicos de Egipto. De hecho, la palabra trabajadores puede llamar a engaño, pues muchos de ellos eran talentosos profesionales y artistas respetados por la corte. “El gobernador y visir Paser me ha encomendado para que los trabajadores de la tumba real reciban su recompensa – escribió el alcalde de la Tebas occidental –, o sea, vegetales, pescado, leña, jarras de cerveza, leche y otras provisiones. Que no quede una pizca de nada”. Otros documentos señalan que el salario anual de estos hombres era de 48 khar de trigo – unos 40 kilos –, cuatro veces la paga de los porteadores.

A las entradas del recinto se disponían los destacamentos de policía para impedir el acceso de intrusos. El temor a los profanadores de tumbas era una de las principales razones que impulsaron a Tutmosis I a desarrollar el proyecto del Valle de los Reyes, e incrementar los esfuerzos para preservar la seguridad. De otra parte, aunque el trabajo ejecutado por los habitantes de Deir el Medina respondía a las convenciones del arte funerario egipcio, aquéllos no podían sustraerse a un cierto prurito satírico: algunas de las tablillas encontradas allí muestran a ociosos y aristocráticos ratones asistidos por gatos serviles y sufridos.

Los trabajadores sabían cómo disfrutar de su tiempo libre – sobre todo si coincidía con la festividad del patrón del poblado, el divinizado Amenhotep I. Así, el día 23 del tercer mes de invierno, según registra una ostraca, “Se divirtieron durante cuatro días enteros, bebiendo con sus mujeres y niños, 60 personas del poblado y otras 60 de afuera”.

El gran hallazgo de ostracas garabateadas procedentes de Deir el Medina ha procurado espléndidas muestras de cómo funcionaba el comercio diario en una civilización egipcia desconocedora del intercambio monetario. Aunque no había nada parecido a la moneda, ni siquiera en las postrimerías del Imperio Nuevo, se desarrolló un cuidado sistema de permuta por el que prácticamente todo tenía su equivalente en grano o metal, lo que daba una gran flexibilidad al intercambio económico. Por ejemplo, en una compra que registra una tablilla de Deir el Medina, se fijaba el precio de un ataúd en 25,5 deben de cobre, algo más de tres onzas por deben, unos 2,5 kilos de metal.

De todos modos, el comprador no se limitaba a ofrecer el cobre a cambio. Proponía un puerco valorado en 5 deben, dos cabras al mismo precio cada una, dos troncos de sicomoro por 2 deben, y dos medidas de su provisión de cobre que sumaban 13,5. En otra transacción, un policía le había comprado un buey a un trabajador por 50 deben. Al tener sólo 5 deben en metal, equilibró la balanza con una jarra de grasa – equivalente a 30 deben –, dos túnicas de 10 deben y 5 deben de aceite vegetal.

El trabajo de los pobladores consistía en un turno de 8 horas durante diez días, tras los cuales recibían la paga y un día de reposo. Sin embargo, la larga duración del reinado de Ramsés durante el Imperio Nuevo produjo una cierta depresión al poblado, con la reducción en la demanda de tumbas reales. Hacia el año 40 de este mandato, algunos empleados trabajaban un día de cada cuatro, y podían dedicarse así al cuidado de su propia eternidad esculpiendo tumbas para sí mismos en la ladera de una colina cercana.

El poder del faraón presentaba ciertos límites, creados no por una oposición organizada sino por la misma complejidad del aparato estatal faraónico. En cierto modo, el único pilar de la sociedad egipcia que escapaba al control inmediato del faraón era la jerarquía sacerdotal y la red de templos que le servían. No obstante, a una distancia de 3.000 años, éstos pueden parecer más importantes de lo que realmente fueron, a tenor de los vestigios arqueológicos diseminados por Egipto.

Los palacios reales estaban construidos principalmente con ladrillos, que el paso del tiempo acabó por desmenuzar. No fue hasta el Imperio Nuevo que se erigieron templos monumentales de piedra, que junto con las pirámides se convertirían en el legado arquitectónico más duradero. A su vez, en contraste con tiempos más remotos, estos templos empezaron a aparecer también en el corazón de las comunidades urbanas del país, permitiendo a los egipcios vivir cotidianamente la experiencia de una tal monumentalidad.

Pero la proximidad visual de los grandes templos no acercó a la gente a su contenido. Ni la poderosa arquitectura interior, ni su exquisita decoración, debían ser contemplados por la plebe; salvo en días festivos, la religión no permitía la participación pública.

El Imperio Nuevo también dio mucha más importancia a los desfiles religiosos y festivales públicos, en los que las imágenes de los dioses eran tomadas de sus santuarios y transportadas bajo un velo en una barca sagrada de un templo a otro, o componiendo una procesión hasta la orilla del río. Algunas de estas celebraciones eran de temporada, en conmemoración de la llegada de la primavera o el año nuevo; otras estaban estrechamente ligadas a un dios en particular, como el festival de Opet dedicado a Amón, al que Ramsés asistió poco después de su coronación

Las procesiones eran muy populares, y no sin razón. Durante las mismas se celebraban fiestas en las que se repartía abundante cerveza y comida de los almacenes reales. Estos días no sólo daban color a la triste existencia del campesinado, sino que mediante la generosidad real demostraban que la relación del país con los dioses estaba en buenas manos, de lo que una prueba evidente era la asistencia del faraón.

La supervivencia y el bienestar de la nación dependían de la buena voluntad de los dioses, que sólo podía asegurarse con la esmerada observancia del ritual. La seriedad que revestía la adoración de los dioses principales, como Amón, Ptah y Re, impedía que ese rito se practicase en público. Todo lo que los egipcios de a pie llegaron a ver de sus más respetables instituciones, fue la inescrutable solidez de unos muros tras los que se ocultaban los misterios de los templos. Muy raramente, algún individuo era admitido en el atrio. Cabe señalar una excepción sobresaliente, pues Ramsés ordenó abrir al público la sala hipóstila de Karnak. Consiguientemente, la llamó “el lugar donde la gente ensalza el nombre de Su Majestad”. Los egipcios podían adorar aquí a sus dioses y, sobre todo, a “Su Majestad”, Ramsés II.

De cualquier modo, los muros solían ser barreras infranqueables. Los vestigios de una muralla en Karnak perteneciente a la XVIII dinastía, permiten apreciar una importante estructura de fortaleza con torres. Resulta irónico, sin embargo, observar que los muros externos eran más frágiles que las piedras que debían proteger; de modo que, tras su erosión, los turistas de hoy día pueden contemplar los templos de Luxor y Karnak mucho mejor que los súbditos de Ramsés.

Los egipcios practicaban sus ritos en santuarios locales – cada provincia tenía sus propios dioses, a menudo con cabeza de animal – o, en su defecto, tan cerca de los grandes templos como les estuviera permitido. “Alaba a los de la gran muralla – rezaba una inscripción en el templo de Ptah de Menfis –, es el lugar donde se oye la plegaria”. Para remarcar que éste era el enclave donde los dioses escuchaban, se emplazaron grandes orejas de piedra en la cima de cada torre.

Fuera de la vista de ojos profanos, el templo cumplía una función primordial que era, ante todo, su mera existencia. El templo era hwtntr, nada menos que “la Mansión de Dios”. En el centro geométrico del mismo se erigía el santuario del dios, donde una estatua sagrada en la penumbra recibía el servicio ritual ofrecido diariamente por unos pocos y selectos iniciados.

En teoría, sólo el faraón podía representar a su pueblo frente a los dioses, debido a su propio estatus divino. Pero, en la práctica, no podía asistir a cada función litúrgica y, en su ausencia, le sustituía algún alto sacerdote.

La jerarquía eclesiástica egipcia presentaba distintos rangos: en la cúspide estaban los sumos sacerdotes, o “primeros profetas”, quienes a menudo habían sido altos funcionarios del estado emparentados con la realeza, escogidos más por su probada lealtad que por su formación religiosa. El eslabón siguiente incluía a los segundos, terceros y cuartos profetas, “padres de Dios”, estudiosos encargados de los aspectos más arcanos de la teología y el ritual.

Pero la mayoría de individuos registrados con títulos sacerdotales parecen haber sido empleados del templo que realizaban oficios tres veces al año, aunque en su categoría inferior les estaba incluso negado el acceso al santuario, la bendición de las bendiciones. Antes de regresar a sus ocupaciones regulares, estos sacerdotes tenían que ser especialmente purificados.

Aparte de los rituales y ceremonias, buena parte del trabajo en un templo era de tipo administrativo, gestionar y supervisar las haciendas de los dioses.

Más allá de la religión había multitud de asuntos de los que ocuparse, pues los templos desarrollaban una importante actividad económica. De hecho, eran inmensamente ricos, se habían convertido en grandes terratenientes gracias a las dotaciones reales, y no era raro ver barcazas de los templos cruzando el Nilo en misión recaudadora. A su vez, administraban buena parte de las haciendas del rey y, después de victoriosas campañas militares, recibían botín de guerra como ofrenda a los dioses por el triunfo.

La generosidad real iba, a menudo, más allá. Ramsés II cedió un barco con su tripulación al templo de su padre en Abydos. Es más, tanto Abydos como Karnak tenían trabajadores asignados y derechos sobre las minas de oro del desierto. Todos los templos principales tenían sus propios barcos de mercancías y sus mercaderes, que mantenían relaciones comerciales más allá de la frontera egipcia y cuyo trabajo consistía en intercambiar bienes excedentes por otros más necesarios para el templo.

Los templos no sólo administraban y creaban riqueza, también la almacenaban. Las despensas del Rameseum podían llegar a contener cereales para alimentar a más de 20.000 personas al año. Tales reservas suponían un seguro contra las hambrunas, pero representaban asimismo un capital que podía usarse para financiar grandes proyectos. De hecho, los templos eran las instituciones egipcias más cercanas al sistema bancario. Por otra parte, no eran una excepción al binomio que suele aunar riqueza con poder. Por más que estuvieran sometidos a la autoridad real, le eran igualmente indispensables. El sacerdocio y el alto funcionariado solían solaparse, y la cantidad de trabajo burocrático asumido por los primeros – como la paga a los obreros de la construcción – hace difícil, a veces, distinguirles del aparato estatal.

La camarilla de sacerdotes de alto rango era el único colectivo con influencia suficiente como para poder desafiar la voluntad del faraón. Incluso Ramsés tuvo que ir más allá de Asuán y al norte del delta, fuera de la jurisdicción de la jerarquía sacerdotal del Alto Egipto, para poder presentarse no sólo como intermediario entre los dioses y los hombres, sino en igualdad de condiciones con aquéllos. En Abu Simbel y otras partes de Nubia, el faraón podía proclamar su estatus divino en vida y muerte sin provocar el enfado del estamento sacerdotal. Pero los proyectos de Ramsés, y su autodivinización Nilo arriba, tenían claros motivos políticos fundados en la pretensión de impresionar a la población nubia con sus asombrosos poderes.

Intimidación y poder

La riqueza aurífera de Nubia había sido un objetivo de la monarquía egipcia desde los tiempos de la primera dinastía, en el 3000 a. C. Hacia fines del Imperio Medio, se habían erigido fortalezas y ciudades fortificadas a lo largo de unos 500 kilómetros, de la primera a la segunda catarata. En el Imperio Nuevo, los asentamientos del poder egipcio llegaron ya hasta la quinta catarata. Esta área tan vasta, que se extendía unos 1.500 kilómetros Nilo arriba desde Asuán, constituyó el más rico yacimiento de oro y esclavos del faraón.

Pero Nubia no era en absoluto la más fiel de las provincias. Su población se había mantenido siempre inquieta bajo el dominio egipcio, y los alzamientos se reproducían con regularidad. En el 1294 a. C., cuatro años antes del coronamiento de Ramsés, un simple rumor de rebelión en el fértil distrito de Irem, más allá de la tercera catarata, indujo a Sethi I a un severo ataque preventivo. Tal como registró el virrey de Nubia: “Su Majestad dijo entonces a los altos oficiales, la corte y su séquito: ¿Hasta qué punto son despreciables en Irem que se permiten sublevarse contra Su Majestad?” Posteriormente, hizo avanzar a su infantería y sus carros que, según lo documentado, obtuvieron una victoria estrepitosa: “El brazo fuerte del faraón estaba allí ante ellos como un azote de fuego asolando las montañas”. En una semana todos los rebeldes fueron reducidos o ejecutados.

Una generación más tarde, el mismo Ramsés envió tropas para ayudar al virrey de Nubia en otra campaña contra las gentes de Irem. El faraón prefería intimidar a sus súbditos nubios mediante monumentales proyectos arquitectónicos, pero no vacilaba en tomar represalias más severas contra los insumisos. La intimidación era, de hecho, una de sus prácticas de poder preferidas.

Abu Simbel.

De entre todos los monumentos de Ramsés, ninguno es tan ostentoso como el templo de Abu Simbel, en el interior del territorio nubio. El rey parece que se decantó por este proyecto tras contemplar dos colinas de piedra rosada presidiendo la orilla occidental del Nilo. En otro orden de cosas, nada sirvió mejor como amenaza contra elementos conflictivos que este complejo arquitectónico de Abu Simbel. A su vez, la lejanía de la jerarquía sacerdotal le otorgaba al faraón un poder sin ataduras de ningún tipo.

El templo principal, cuya función original era honrar a los grandes dioses de Egipto y Nubia, se convirtió en el centro del culto personal a Ramsés en Nubia. En su fachada se erigieron cuatro estatuas sedentes del faraón, de unos 20 m de altura, esculpidas en la roca madre; detrás de los colosos, los salones y estancias del templo estaban perforados a 60 m bajo la roca. No lejos de allí, el segundo peñasco fue convertido en un templo subsidiario dedicado a la diosa Hathor. La fachada comprendía en este caso cuatro estatuas del faraón y dos de Nefertari, la reina de reinas, flanqueada por imágenes menores de príncipes y princesas. De acuerdo con la inscripción que las rodea, el templo había sido esculpido como homenaje a Nefertari, “por cuya bendición el sol brilla”.

En caso de que Abu Simbel no fuera suficiente, el rey ordenó que otros templos fueran construidos en áreas estratégicas de Nubia para asegurarse que sería adorado como una deidad local en cada una de las poblaciones mayores; incluso las esfinges ornamentales que se alineaban a lo largo de grandes avenidas se esculpían con la apariencia de Ramsés. Esta campaña de saturación personalista y autoglorificación dio sus resultados, y durante el reinado de Ramsés los nubios no provocaron nuevos conflictos.

Con el paulatino declive del poder egipcio al final del Imperio Nuevo, los grandes monumentos de Abu Simbel quedaron sepultados bajo la arena del desierto. Cuando el inventor y arqueólogo aficionado italiano, Giovanni Belzoni y su equipo los desenterraron en 1817, eran las primeras personas en contemplar el templo en más de 1.000 años. Hoy día, millones de personas están familiarizadas con “el rostro jovial y expresivo” de Ramsés II y se preguntan qué clase de persona sería para mandar levantar tan titánico monumento a sí mismo.

La respuesta más inmediata es que el faraón tenía un egocentrismo monstruoso. Ramsés fue efectivamente un megalómano – tal como cualquier faraón, en calidad de mandatarios más poderosos de la tierra, era susceptible de serlo. Sin embargo, parece que el puro afán de construir movía a Ramsés más que la propia vanidad. Y al observar su deber con la eternidad, no hacía más que cumplir con el rango que tenía asignado.

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