A pesar de tener una mente materialista, el inventor Thomas Edison estuvo dispuesto a aceptar creencias espiritistas si estas podían ser probadas científicamente. En este artículo describimos uno de sus experimentos secretos, a través del cual buscó atraer a espíritus desde el Más Allá y atraparlos con instrumentos supersensitivos.

En 1920, durante una fría noche de invierno, el famoso inventor reunió en secreto a un selecto grupo de conocidos en su laboratorio. Necesitaba testigos en su intento por conjurar a los espíritus y así probar, o refutar, la existencia del ininteligible mundo más allá de la tumba.

Edison preparó entonces una celda fotoeléctrica. Un pequeño haz de luz, proveniente de una poderosa lámpara, perforó la oscuridad de la habitación y golpeó la superficie de la célula, donde fue transformado instantáneamente en una débil corriente eléctrica. Cualquier objeto, sin importar lo delgado, transparente o diminuto que fuera, quedaría registrado en el dispositivo si tocaba el haz.

Cuando el experimento estaba listo para comenzar, los espiritistas del grupo testigo fueron llamados para conjurar uno o dos habitantes de la etérea Eternidad, para luego ordenarles que caminen a través del haz. Durante este proceso ritual, los científicos mirarían el medidor del ojo eléctrico; si este titilaba, entonces delataría la presencia fantasmal.

Los espíritus permanecen en el Más Allá

Tensas horas transcurrieron en la oscuridad, observando los delicados instrumentos con la esperanza de atisbar algo, pero nada sucedió. El viento soplaba alrededor de los muros del laboratorio, los espiritistas hicieron su mejor esfuerzo, pero ninguna entidad se hizo presente. La aguja del medidor permaneció inmóvil como una roca.

Debido a estos resultados negativos, las noticias sobre el experimento permanecieron en estricto secreto por varias décadas. Edison no se atrevería a revelar su descubrimiento rompe-supersticiones a un mundo supersticioso: los creyentes en fantasmas no dejarían de creer en ellos, y la sola idea de que el inventor haya tomado en consideración el tema podría jugarle en contra ante sus pares.

Si las entidades espirituales existían, el genio pensaba que deberían tener algunos atributos de la materia ordinaria para ser capaces de manifestarse en nuestro mundo. De allí que intentara detectarlos mediante el ojo eléctrico.

Pero lo único que reveló el experimento fue un sepulcral silencio…

Unidades inmortales

Hasta el día de su muerte, era la creencia de Edison que la vida en cada hombre y animal era el resultado de la actividad de incontables infinidades que él llamaba «unidades inmortales», provistas de una dirección inteligente.

Para corroborar esta hipótesis, quemó uno de sus dedos intencionalmente, no sin antes dejar registrada una huella dactilar. La quemadura fue tan severa que borró las delicadas líneas de la piel. Pasado un tiempo, cuando el dedo sanó, la impresión de otra huella dactilar mostró que las líneas y espirales —incluso aquellas que parecían totalmente destruidas— habían regresado a su posición original.

De este último experimento, el científico obtuvo la confirmación sobre las susodichas «unidades inmortales», que según él supervisaron la regeneración de la piel de su dedo, siguiendo el patrón original. El hombre, decía, es un mosaico de estas unidades de la vida, y son estas entidades las que determinan lo que debemos ser.

Para explicar el concepto fácilmente, Edison citaba la siguiente analogía:

Supongamos que la Tierra es visitada por extraterrestres, cuyos ojos son tan enormes que la cosa más pequeña que pueden ver es el puente de Brooklyn. Naturalmente, pensarían que la estructura es algún tipo de desarrollo natural.

Ahora supongamos que estos hipotéticos alienígenas destruyen el puente y se van. Pero deciden regresar un par de años después, encontrándose que el puente volvió a la vida y se reconstruyó. ¿Entonces no supondrían ellos que algún tipo de inteligencia guía estuvo detrás de la obra?

«En lugar de almas individuales, tal vez tenemos una sola gran alma —el alma del universo entero—, la cual es la suma de todas las pequeñas partículas que nos hacen ser lo que somos», concluyó el gran inventor.

Fuente: Modern Mechanix. Edición: MP.

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