En la mayoría de vertebrados e invertebrados, existe una actividad eléctrica celular, a menudo fluyendo a través del sistema nervioso, con un pequeño rango de frecuencia de 5 a 45 Hertz. Ahora, un nuevo estudio detalla cómo esta frecuencia extremadamente baja (ELF) coincide en resonancia con las vibraciones naturales causadas por los rayos en la atmósfera.

«Hace aproximadamente 20 años, comenzamos a descubrir que muchos sistemas biológicos, desde organismos simples como el zooplancton en el océano hasta nuestros cerebros, tienen actividad eléctrica en exactamente la misma frecuencia que la actividad global de los rayos eléctricos», dice Colin Price, autor principal del nuevo estudio e investigador de la Escuela Porter de Ambiente y Ciencias de la Tierra en la Universidad de Tel Aviv, Israel. «Pensamos que a escalas evolutivas, por miles de millones de años, las formas de vida tal vez utilizaron lo que la naturaleza les dio para de alguna manera sincronizarse a esas frecuencias y adaptarse a ellas».

Resonancia Schumann

Alrededor del planeta, los rayos golpean la tierra cerca de 50 a 100 veces por segundo. Estos golpes crean ondas de baja frecuencia de energía electromagnética que resuena en la atmósfera. Conocidas como resonancias Schumann, estas ondas ELF han envuelto al planeta por miles de millones de años, desde que la Tierra tuvo atmósfera.

Y mientras que las resonancias más fuertes tienen una frecuencia cercana a los 8 Hz, varias otras ocurren entre los 3 y 60 Hz. Hoy en día, pueden ser medidas en cualquier lugar que sea eléctricamente tranquilo —entendiéndose tranquilo como zonas alejadas de los modernos tendidos eléctricos—.

8 Hertz

La nueva teoría propone que las células primordiales sincronizaron de alguna manera su actividad eléctrica con estas resonancias atmosféricas naturales, particularmente aquellas próximas a los 8 Hz. Este tipo de sincronización es algo habitual, de hecho, nuestro cuerpo sincroniza su ritmo circadiano a los días y estaciones; y muchas especies navegan siguiendo el campo magnético terrestre.

Crédito: Andrii Vodolazhskyis.

«La evolución aprovecha todo lo que puede», explica Michael Levin, biólogo de la Universidad Tufts en Massachusetts, quien no formó parte de la nueva investigación. «Cuando los seres vivos no tienen acceso al campo magnético, no se desarrollan bien».

Estado de relajación

Pero no toda la vida vibra exactamente en la resonancia Schumann. Los investigadores sugieren que, sin bien la vida primigenia estaba sincronizada en los 8 Hz, la actividad celular en los animales se desvió lentamente hacia otras frecuencias a medida que evolucionaban, con frecuencias diferentes siendo usadas para los varios tipos de actividad cerebral. Por ejemplo, frecuencias específicas en las ondas del cerebro humano han sido relacionadas a estados mentales tales como el de alerta y sueño. La resonancia Schumann, por su parte, se encuentra cercana a las frecuencias de estados profundos de relajación, sugiriendo que la vida primordial pudo haber tenido un estado similar.

Mientras existen posibilidades que la presente investigación pueda llevar a aplicaciones médicas, es altamente improbable que esta resonancia pueda ser explotada para aplicaciones dañinas, precisan los autores del estudio. «Las ondas son un estado natural que nos rodea constantemente», dicen.

«Vivimos en  estos campos, estamos adaptados a ellos, hemos evolucionado con ellos, y tal vez han afectado nuestra evolución», agrega Price. «Pero no pienso que estos campos nos afecten directamente en la actualidad. De otra manera, cada vez que hay una tormenta eléctrica sobre nosotros, lo notaríamos».

Los investigadores aún no han identifica cómo es que la resonancia de los rayos y la actividad eléctrica biológica se pudieron sincronizar, pero especulan con la idea de que la caída de rayos pudo haber afectado la transferencia de iones de calcio entre las células, que es cómo surge la mayoría de la actividad eléctrica en animales.

El estudio ha sido publicado en la revista International Journal of Biometeorology.

Fuente: Live Science. Edición: MP.

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