De acuerdo al establishment científico, los restos del esqueleto encontrado en una cueva de la isla de Flores, Indonesia, en 2003, no fueron una prueba definitiva sobre la existencia ancestral de una especie «hobbit», y ahora un nuevo estudio ha dado con evidencias que sugieren que el individuo hallado tenía síndrome de Down.

El análisis inicial del esqueleto subfósil, designado como LB1, indicó que el cerebro del «hobbit» era un tercio el tamaño de un cerebro humano moderno, y su cuerpo alcanzaba una diminuta estatura de apenas 1 metro. Los restos, cuya datación arrojó como resultado unos 18,000 años de antigüedad, fueron considerados una especie distinta a la humana bautizada como Homo floresiensis.

Sin embargo, un reanálisis por parte de un equipo internacional ha encontrado que las estimaciones iniciales eran «marcadamente inferiores que los intentos posteriores por confirmarlas».

«La diferencia es significativa, y la figura revisada cae en el rango de lo predecible para humanos modernos con síndrome de Down de la misma región geográfica», declaró Robert B. Eckhardt, profesor de genética del desarrollo y evolución en Penn State.

Eckhardt, junto con sus colegas, —Maciej Henneberg, profesor de anatomía y patología de la Universidad de Adelaide, y Kenneth Hsü, geólogo y paleoclimatólogo chino— dice que la calavera pertenece a un humano desarrollado de manera abnormal.

«El tamaño inicial del esqueleto fue calculado en base a un fémur corto combinado con la fórmula utilizada con la población pigmea de África. Pero los humanos con síndrome de Down también tienen fémures cortos. (…) Cuando vimos estos esqueletos por primera vez notamos ciertas perturbaciones de desarrollo. Por ejemplo, la calavera es asimétrica, algo esperado para humanos con síndrome de Down junto con otras características que solo aparecen en el esqueleto del “hobbit”, pero no en los otros fósiles hallados en la misma cueva», dijo Eckhardt.

«¿Son estos esqueletos de la cueva de Liang Bua lo suficientemente inusuales como para requerir la invención de otra especie humana? Nuestro (re)análisis muestra que no», sentencia Eckhardt.

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