¿Existieron o existen actualmente pájaros de proporciones colosales? A continuación hacemos un repaso, desde la ficción y la leyenda, hasta casos reales que nos hacen pensar que están más allá de nuestra imaginación.

Águila gigante. LOTR.

Cualquier lector familiarizado con la trilogía El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien y su libro El Hobbit, recordará la frase «¡Vienen las águilas!» y su importancia para la narrativa. Gwaihir, rey de las águilas, y sus hermanos, cuyos nidos dominaban las montañas de Tierra Media, proporcionaron el Deus ex machina ideal para los personajes creados por el catedrático inglés —esperanza cuando no había ninguna, rescate de peligros inminentes, e imágenes icónicas de la fuerza del Bien—.

Tal vez resulten más memorable el pájaro roc de El segundo viaje de Simbad el Marino, la colosal ave que moraba en las alturas de un valle cuyo suelo estaba regado de diamantes y serpientes gigantes, que constituyen comida para el roc y su cría. En la fábula, el navegante árabe pasó a tener varias experiencias con estas aves, incluyendo su llegada a una isla que contenía el huevo de un roc «tan grande que parecía el domo de un edificio».

«Cada vez íbamos más alto y el ave no dejaba de ascender; parecía que íbamos a tocar la bóveda del cielo». Simbad el Marino. Crédito: Aniano Lisa.

La mitología maya nos habla del Itzam Ye, un pájaro tan imposiblemente enorme que se sentaba «en la copa del mismo árbol del mundo», vigilando la actividad que tomaba lugar en la superficie. Tampoco se queda atrás el pájaro Peng de los chinos, cuya espalda «se asemeja a una cordillera».

Estos gigantes del aire —maravillosos, míticos y aterradores de un solo golpe— ocupan la literatura de la imaginación, atesorados por muchas culturas. Pero debemos enfrentar el hecho de que existen seres alados —tal vez no tan grandes como el roc, pero ciertamente no tan amigables como Gwaihir— que han sido vistos en nuestra época, y encontrarse con ellos resulta mayormente funesto.

El pájaro del trueno

La leyenda del Thunderbird (‘pájaro del trueno’) está ampliamente difundida entre las tribus amerindias de América del Norte. Las crónicas describen un pájaro verdaderamente colosal capaz de producir truenos, relámpagos y lluvia.

Las antiguas tradiciones de los indios sioux (Dakota del Norte) los mencionan como manifestaciones vivas del poder de Dios sobre la tierra. Para los indios kwakiutl de la costa del Pacífico norte, el pájaro del trueno descendía de las nubes hasta la superficie del agua para capturar ballenas grises del mismo modo que un pelícano pescaría una mojarra.

No era inverosímil para estos nativos —ni para sus primos en Alaska— encontrarse con los restos de grandes ballenas en medio del bosque, o en lugares totalmente alejados del mar. Pero las especies más jóvenes o pequeñas, tal vez incapaces de levantar una ballena en vilo, aún así podían atrapar un ciervo o un ser humano entre sus garras para llevárselo a su nido y comerlo.

La región boscosa del estado de Pensilvania conocida como «la selva negra», ubicada entre los condados de Cameron y Elk, representando el confín meridional del gran bosque Allegheny, es supuestamente uno de los lugares de preda o de queda de estas superaves, y naturalmente, existen largos antecedentes de encuentros cercanos con estas criaturas. Cuando los colonos comenzaron a ocupar esta gran y entonces inexplorada región del país después de la guerra de la independencia contra Inglaterra, se encontraron que las tribus indias hablaban con naturalidad de estos grandes pájaros, que no parecían hacerles daño. Los que se encontraban con estos especímenes en tierra describían su aspecto físico como parecido al de los buitres, pero de proporciones agigantadas.

Thunderbird, o pájaro trueno.

En 1910, el pionero Lewis Sheldon informó a Calvin Carpenter que había llegado a ver hasta cinco y seis «pájaros del trueno» a la misma vez. En 1892, un vecino de la población de Westfield, condado de Tioga, alcanzó a ver varias aves gigantes en Dent’s Run, también en el condado de Cameron, coincidiendo con la descripción de estos críptidos como parecidos a los buitres pero cuyas alas tenían una envergadura de 16 pies (5 m) o más.

Sin embargo, de todas estas anécdotas, la que más sobresale es la de H.M. Cranmer, aparecida en la revista FATE en septiembre de 1963. Reproducimos la cita textualmente:

«Vi mi primer pájaro del trueno en abril de 1922. Estaba parado cerca de la entrada de mi hogar al atardecer cuando uno de ellos voló sobre mi cabeza, con rumbo norte. Pasó sobre un pino cuyas ramas se extendían 50 pies (15 m), así que me fue posible medir su envergadura con bastante fidelidad: 35 pies (10.6 m). Me encontraba solo en aquel momento y nunca hice mención del incidente por 35 años.

»Sin embargo, el 27 de marzo de 1957, un joven entró y dijo: “hay algo enorme en el cielo”. Al salir, pude ver un enorme pájaro volando tranquilamente a quinientos pies de altura. El batir de sus alas me recordó al de una garza real, pero su color era más claro y gris. Me comuniqué con la Legión Americana en Renovo y pregunté si alguien había visto un pájaro grande media hora antes. Un hombre que recién acababa de llegar dijo que lo había visto volar sobre Westport y descender cerca de Fish Dam Run. Comentó que sus alas medían entre veinticinco y treinta pies.

»El 4 de julio de 1962, pude ver otro de estos pájaros volando hacia el sur, siguiendo el cauce de Hevner Run hacia Shintown Run. Me puse en contacto con el puesto de la Legión para decirles que un pájaro del trueno pasaría por encima de Shintown Run a las 9:15, y así fue. Voló sobre Halls Run después de haber cruzado el río».

Robert R. Lyman, autor de los libros de folclorismo Forbidden Land: Strange Events in the Black Forest, Vol I y II, afirma haber visto un gran pájaro en 1940 que seguramente correspondía a uno de los pájaros del trueno.

Antiguo petroglifo de un pájaro del trueno en una cueva de Twin Bluff, condado de Juneau.

«Estaba en tierra justo en medio de Sheldon Road, dos millas al norte de Coudersport», escribió el autor en el segundo tomo de su colección de cuentos y leyendas. «Era de color castaño, con cuello y patas cortas, con una estatura de entre tres y cuatro pies, caminando erguido como un buitre. Cuando me acerqué a ciento cincuenta pies de distancia, el pájaro levantó el vuelo. Era evidente que la envergadura de sus alas era igual que la carretera, que medí posteriormente y resultó ser de 25 pies, aunque estoy dispuesto a conceder que haya sido de 20 pies, pero no por debajo de esa cifra. Las alas eran muy angostas, menos de un pie de ancho».

En el verano de 1969, Albert Schoonover y dos trabajadores fueron testigos de cómo una de estas aves se abalanzó sobre un cervato de quince libras y se lo llevó volando.

Más estremecedor aún resulta el caso de una pareja que disfrutaba de sus vacaciones de camping a la ribera de Robbins Run. Mientras que iban en su coche, vieron como uno de estos pájaros se dirigía directamente hacia el parabrisas. La mujer gritó que el pájaro los iba a llevar, y si no podía, morirían a consecuencia del choque contra algo de semejante tamaño. Pero sucedió algo sorprendente: con una sola garra, la enorme mole voladora recogió una marmota muerta que yacía en la carretera, remontando su vuelo enseguida.

Tanto la tradición como las observaciones realizadas en las últimas décadas revelan que las actividades de estas aves parecen producirse justo antes de las tormentas, tal vez aprovechando las ráfagas de aire para volar.

Ataques desde el aire

Pero no todos han tenido la misma suerte que la pareja que evitó estrellarse contra una de estas aves críptidas.

El escritor Jacques Pearl, cuyos trabajos aparecieron regularmente en la desaparecida revista Saga en la década de los 1960s, recordó el caso de 1944 en California en el que un «pájaro gigante» comenzó a merodear uno de los campos de internamiento que alojaban a los estadounidenses de ascendencia japonesa durante los tristes años de la Segunda Guerra Mundial. Durante varios meses, más de una docena de internados desaparecieron de dicho campamento; las autoridades pensaron que se trataba de una serie de fugas organizadas y redoblaron su vigiliancia, interrogando a los internados sobre el escape de sus compañeros. Por más que insistieron los soldados, los internados repetían una y otra vez que «una especie de pájaro» se había llevado a los desaparecidos.

El informe oficial indicó que los indios que vivían en los alrededores seguramente habían proporcionado alguna especie de salvoconducto, pero las cosas cambiaron drásticamente cuando comenzaron a desaparecer soldados durante sus turnos de guardia.

Los nativos americanos informaron a las autoridades militares que un pájaro monstruoso ocupaba las alturas de las montañas circundantes, y el comandante de la base hizo montar grandes reflectores en el perímetro de la base, barriendo el cielo nocturno por si «aquello» regresaba, y los haces de luz parecieron ahuyentar al depredador.

Pearl señala que las fugas de japoneses eran algo común durante esta época y que las autoridades no tardaban mucho en localizarlos, aunque jamás se halló rastro de las supuestas víctimas del pájaro desconocido.

En octubre de 2002, las agencias noticiosas reportaron el avistamiento de un pájaro espectacular con alas de cuatro metros de envergadura por los aldeanos de Togiak y Manokotak en Alaska. Naturalmente, las autoridades dijeron que se trataba del águila de Steller, cuyas alas son inferiores a los dos metros.

Uno de los primeros testigos de este singular críptido fue Moses Coupchiak, quien lo vio volando a cierta distancia y pensó que se trataba de una avioneta. Pero cuando el objeto hizo una viraje a la izquierda, el asombrado testigo pudo ver que se trataba, efectivamente, de un pájaro. Lo primero que hizo al darse cuenta de esto fue comunicarse por radio a Togiak e informar a sus habitantes que los niños deberían permanecer puertas adentro por algún tiempo. A las pocas semanas se repetiría el avistamiento, pero esta vez desde el aire.

El piloto John Bouker estaba volando su Cessna 207 hacia la aldea de Manokotak cuando tanto él como sus pasajeros pudieron ver un pájaro cuyo tamaño era parecido al de una avioneta SuperCub. Bouker manifestaba cierto escepticismo hacia estas leyendas nativas, pero su opinión cambió totalmente después de su avistamiento.

Quimeras al vuelo

Entre las 9:00 y las 9:15 de la noche del Viernes Santo de 2004, Juan Carlos Vázquez, vecino de la colonia Las Alamedas en Atizapan de Zaragoza, México, manifestó haber visto «dos pájaros de dimensiones colosales volando sobre mi hogar, justo por debajo del nivel de las nubes».

Según Vazquez, la envergadura de las alas de las bestias aladas rondaba los ochenta metros, juzgando que su tamaño asemejaba al de un DC-9 de la McDonnell-Douglas. «Uno de ellos pasó justo por encima como un avión, mientras que el segundo batía sus alas. Me quedé pasmado al ver esto».

‘Argentavis magnificens’, la mayor ave voladora de la que se tiene registro. Tenía una envergadura alar inmensa, de hasta 8 metros. Pesaba alrededor de 70 kilogramos, medía de alto unos 2,5 metros y 3,5 metros del pico a la cola. Habitó, durante el Mioceno Superior, la llanura chacopampeana y las planicies de la Patagonia. Se extinguió hace unos 6 millones de años.

Vázquez, trabajó por once años para Aerocalifornia, y estaba plenamente familiarizado con el avión que utilizaba para fines de comparación. «Sinceramente no podía creer lo que estaba viento. Le grité a mi mujer para que viniera a verlo, pero para cuando llegó, [las aves] ya se habían ido».

Las tradiciones sobre la existencia de estos pájaros gigantes tampoco son nuevas, como podemos ver a continuación.

La población guatemalteca de Concepción Chiquirichapa sostiene una tradición que envuelve a las aves gigantes que se extiende a la época inicial de la colonización. Cuenta la tradición que los primeros moradores ocuparon un sitio fortificado en la cima del cerro Tuicacaix, donde comenzaron a levantar sus estructuras y cultivar el maíz. Las cosas fueron bien hasta que los esforzados labriegos descubrieron que los niños de la aldea desaparecían a un ritmo alarmante.

Fue entonces que descubrieron que los enormes pájaros conocidos solamente como «Tiw» volaban desde lo alto para llevarse a los chicos a sus nidos y devorarlos. Los ancianos del pueblo ingeniaron una solución al colocar cestas sobre las cabezas de los niños para evitar así que las aves pudiesen percibirlos. Pero esta solución no ofreció buenos resultados y las desapariciones seguían teniendo lugar.

Un bando de guerreros salió para atacar a los pájaros, pero los nidos se encontraban en las cimas de picos totalmente inaccesibles. No obstante, uno de los «nidos» descubiertos por los colonos primitivos se encontraba dentro de una especie de túnel de extensión desconocida, con una abertura de dos metros.

Enfrentando una situación imposible, los colonos abandonaron su aldea y con el paso del tiempo localizaron una colina al lado de un gran lago. Emocionados ante la perspectiva de asentarse en este sitio idóneo (donde se encuentra la actual Chiquirichapa), tuvieron que enfrentar la dura realidad de que los pájaros Tiw prosiguieran sus depredaciones. Llegado ese momento, los varones más fuertes de la tribu se juntaron para sellar el extraño túnel del cual parecían surgir los pájaros. Sus esfuerzos tuvieron éxito: las grandes aves quedaron selladas dentro del túnel y las depredaciones tocaron a su fin.

El Calendario del Más Antiguo Galván refiere una historia curiosa sobre las grandes aves. El 9 de noviembre de 1984, los aldeanos de Zacatlán en el estado de Puebla quedaron azorados por la repentina aparición de «un pájaro de dimensiones tremendas» sobre la región. «De la misma forma —prosigue el texto—, un huracán hizo que aves jamás vistas anteriormente se desplazaran desde las inexploradas montañas de Chilá. No resulta imposible que algún monstruo, como el que se está viendo estos días, debe figurar entre ellos».

Por Scott Corrales.

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