ADONIS

Adonis procedía de Siria, donde representó en sus orígenes a una deidad agraria llamada Thamuz, asociada a la Gran Madre Astarté. Pero la leyenda griega le hacía hijo de Mirra y del amor que sintió por su propio padre, el rey Theias, con quien cometió incesto y quedo preñada. Los dioses —dicen que para salvarla de la vergüenza— , la convirtieron en el oloroso arbusto que tomó su nombre y, bajo dicha forma, parió al hijo que esperaba.

Al crecer, aquel muchacho era tan bello que las diosas mismas se lo disputaban. Y un juicio divino estableció que Afrodita y Perséfone lo poseyeran cada una un tercio del año y que el tercio restante quedase de libre disposición para Adonis, quién decidió pasar aquel tiempo también con la bella Afrodita. Pero aquella felicidad duró poco, porque un jabalí despedazó al joven durante una cacería. Su diosa amada y sus devotos le lloraron y vivieron las pruebas palpables de su resurrección en varias especies de flores de vida efímera que se plantaban en tiestos de barro dispuestos en jardines que le estaban dedicados.

Adonis y Venus.

Adonis y Venus.

Aparte de la presencia de Perséfone, que formaba ya parte activa de los misterios eleusinos como personaje semidivino obligado a residir en los infiernos, el conjunto del mito coincidía en la exaltación simbólica de Adonis como personificación de aquella naturaleza vegetal que se puso bajo su advocación cuando aún formaba parte del panteón sirio.

Ocho meses de vida en la superficie de la tierra (con Afrodita) y cuatro de oscura permanencia en el Hades (con Perséfone) le identificaban con el ciclo de las cosechas. A su vez, como hijo de Mirra, participaba de las virtudes de la resina que desprende este arbusto, al que se consideraba entre los pueblos semíticos como especialmente eficaz para la conservación de los muertos. Además, varias leyendas menores enraizadas con la naturaleza y con su ciclo anual le tenían como protagonista.

De las anémonas se decía que brotaban de su sangre y así formaban parte de los llamados jardines de Adonis, donde se cultivaban estas flores, acelerando su germinación mediante el remojo de las semillas en agua caliente. Por éste método, las flores nacían extraordinariamente hermosas pero su vida era efímera y morían apenas brotadas, lo mismo que el hijo de Mirra. A su vez, un río que descendía de las montañas del Líbano y desembocaba cerca de Biblos llevaba su nombre. De sus aguas, que se teñían de rojo en primavera por el arrastre de sedimentos de arcilla, se decía que eran la sangre de Adonis, especialmente beneficiosas para la fertilidad de las tierras.

Estas características propiciaron su culto y, aún más que culto, su identificación con las fuerzas que favorecen la vida.

ORFEO, EL CANTOR DE LA VIDA

De Orfeo, cuya historia nació en Tracia, se dijo que fue máximo poeta y excelso músico en su tiempo y que vivió una generación antes que Homero. Sus versos, acompañados por la música de su lira, amansaban a las fieras, eran capaces de devolver la salud a los enfermos, permitían atisbar los acontecimientos que aún no habían tenido lugar y convocaban en torno suyo a numerosos devotos que confiaban en él, se sentían transportados por su arte y eran capaces de captar la inmortalidad a través de su música y de los versos que cantaba. Así, su versión mítica más primitiva tomaba aires mágicos, en los que lo numinoso se percibía a través de las sensaciones captadas por el cuerpo entero.

Orfeo y Eurídice.

Orfeo y Eurídice.

Cuenta, el relato mistérico, que Orfeo, devoto de Apolo y, según algunos, hijo de éste y de la ninfa Calíope, tenía a Eurídice por esposa, a la que amaba con todas las fuerzas de su arte sublime. Ésta le fue arrebatada traidoramente por una enfermedad que no logro superar, porque había sido provocada por la voluntad de los dioses y no por achaques de la naturaleza humana. Conducida al Hades, el esposo sintió profundamente su vacío y le resultó imposible volver a crear su música y sus versos sin su presencia. Así, dispuesto a rescatarla aun a costa de su propia vida, se dirigió a las regiones infernales cantando el lamento de su pérdida. Platón, en su Simposio, especifica que «no se atrevía a morir por amor como Alcestes, por eso trató de penetrar vivo en los infiernos». A las puertas de la mansión de los muertos, sus palabras y el dulce tañido de su lira conmovieron al Cerbero y a los vigilantes infernales, que consultaron a los dioses sobre la actitud que deberían tomar con el intruso.

Los dioses, después de escuchar los tristes cantos de Orfeo, decidieron acceder a sus ruegos y devolverle a Eurídice, pero le impusieron un duro requisito: no debería posar en ella los ojos hasta haber traspuesto y encontrarse fuera de las regiones infernales.

Orfeo cumplió con grandes esfuerzos buena parte de aquella condición. Pero, ya casi a punto de abandonar el antro de los muertos, cedió a sus irreprimibles tentaciones y volvió la cabeza para contemplar a la esposa recuperada. Inmediatamente le fue arrebatada de nuevo para no verla ya jamás.

Destruida toda su esperanza, cuenta Esquilo en su tragedia Bassarides, que regresó a su Tracia natal y no tuvo desde entonces otro consuelo que subir cada día al monte Pangeo para encomendarse al favor de Apolo, lo que provocó los celos y la ira de Dionisos. Por eso envió contra él a las Ménades, que lo mataron, despedazaron su cuerpo y desperdigaron sus miembros. Su cabeza fue arrojada al río Hebrón y bajó por su corriente, sin dejar de cantar, hasta Lesbos. Allí fue recogida por fieles devotos y colocada amorosamente en un ara, donde, apoyada en un trípode, se convirtió en oráculo.

Conclusión

Curiosamente, el paralelismo que encontramos en dos cultos como el de Adonis y el de Orfeo, está íntimamente ligada a una condición que, desgraciadamente, el Cristianismo fue incapaz de captar: el reconocimiento íntimo del altísimo valor de lo bello; en el caso de Adonis, la belleza efímera del dios mismo, grabada en la memoria de su amada Afrodita y siempre presente en los cultos que se llevaban a cabo en su honor; en el de Orfeo, el encanto sagrado de sus versos y de su música, capaces de transformar la totalidad de las vivencias humanas hasta constituir un paradigma sagrado sobre el que levantar un mundo de bondad. Un mundo capaz de vencer las tendencias titánicas de la persona y tomar conciencia de la hermosura trascendente de lo divino.

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