Al considerar a estas fiestas como paganas, los cristianos desanimaron a muchos conversos que sentían la alegría con que las vivían como una necesidad.

De poco valieron las opiniones críticas de los que – como Clemente de Alejandría – ridiculizaban a quienes buscaban la fecha del nacimiento de Jesús, obteniendo los más dispares resultados, o de los que – como Orígenes – consideraban impropio festejar su aniversario “cual si fuera un rey faraón”.

Una vez más, se impuso la tendencia sincretista de la Iglesia primitiva, que – consciente de su arraigo – decidió, asimilar muchas fiestas, creencias y costumbres paganas, convirtiendo a numerosos dioses locales en santos, vírgenes, ángeles o demonios, y levantando sobre sus ancestrales santuarios nuevos lugares de culto cristiano. Y así, a mediados del siglo IV, se decidió fijar la celebración de la Navidad el 25 de diciembre, día en el que se había venido festejando la Epifanía y la adoración de los reyes magos, en un hábil trueque de fechas. El acierto de semejante decisión fue mayor dado que el Nuevo Testamento (al igual que algunos evangelios apócrifos) había dado a Cristo un carácter luminoso y hasta solar. El hecho sólo queda ensombrecido por la irónica paradoja de que – según los documentos de la época – quien verdaderamente nació un 25 de diciembre fue… ¡Nerón!

El árbol, representación de las fuerzas generadoras de la naturaleza, es un símbolo sagrado universal desde los tiempos más remotos, un puente que une la tierra con el cielo.

La naturaleza originalmente pagana de la celebración del 25 de diciembre como la fiesta de la Luz – muy extendida en el mundo antiguo – no la pone en duda ningún estudioso y, aún hoy, permanece claramente reflejada en multitud de tradiciones populares. Muchas prácticas universalmente extendidas en el mundo cristiano, como la entrega de regalos o el leño de Navidad, tienen su raíz en la celebración precristiana de esta fecha, en la cual – encendiendo un fuego con leña – se ayudaba mágicamente al Sol (que había llegado a su punto más bajo de manifestación anual) a recuperar su fuerza ígnea.

Hoy, la crítica neo-testamentaria no ignora que tal fecha contradice el relato evangélico. Lucas habla de unos pastores que pernoctan al aire libre, turnándose para vigilar sus rebaños; y sabemos – por las investigaciones meteorológicas – que la media de temperatura en Belén durante el mes de diciembre es de unos 2,8 ºC bajo cero, lo que – teniendo en cuenta que el clima de Judea no parece haberse modificado sensiblemente durante los últimos 2000 años – refuerza el testimonio del Talmud de que los rebaños salían a los campos desde marzo hasta principios de noviembre, permaneciendo en sus establos durante la estación invernal. Está, además, el hecho de que las heladas de tales fechas dificultarían aún más el supuesto desplazamiento de la Sagrada Familia a Belén.

Resulta curioso, no obstante, que se cuidara la coherencia de ciertas fiestas. Si la concepción de María tuvo lugar inmediatamente después de la Anunciación, que conmemoramos el 25 de marzo (nueve meses antes de Navidad) y que – según Lucas – sucedió al sexto mes de quedar embarazada su prima Isabel, es lógico que se celebre el nacimiento de su hijo Juan Bautista el 24 de junio, seis meces antes que el de Jesús.

Otro punto que ha suscitado numerosas controversias es el lugar donde nació.

El arcángel Gabriel anuncia a María que concebirá un hijo al que llamará leschua, que significa Salvador.

Según el profeta Miqueas, el Mesías debía nacer en Belén. Y a Belén hace Lucas que se desplacen sus padres con motivo del censo, dejando claro que María y José vivían en Nazaret de Galilea y allí creció Jesús. A Belén se trasladan los Reyes Magos para adorarle, según Mateo. El motivo principal del censo romano – que se realizaba en el Imperio Romano cada 14 años – era calcular los bienes y recursos humanos con vistas a la recaudación de impuestos y al reclutamiento militar. Los eruditos han discutido hasta la saciedad sobre lo absurdo de hacer empadronarse a los ciudadanos en su lugar de nacimiento, con el formidable dislocamiento social que esto supondría, incluso para las tropas, obligadas a vigilar y ordenar el enorme tráfico, mientras que resultaría mucho más sencillo censarles en su lugar de residencia, limitándose a preguntarles dónde nacieron. Además, dado que José debería pagar los impuestos donde vivía, no tenía sentido inscribirle en Belén.

Por otra parte, es muy difícil que tal acontecimiento, con las indudables protestas que habría provocado, hubiese pasado inadvertido para cronistas rigurosos como Josefo. Finalmente, en el caso de que José hubiese debido desplazarse, lo más sensato hubiese sido dejar a Maria – a punto de dar a luz – en Belén, sin someterla a los indudables peligros que suponía tal viaje en aquella época. Todos estos razonamientos no impidieron que la historia del nacimiento en Belén echase raíces en la imaginación popular, hasta el punto de que se dice que – en torno al año 50 – circulaban por Belén árboles genealógicos de gente que pretendía estar emparentada con la familia de Jesús, a quien identificaban con el hijo del carpintero procedente de Belén.

Sin embargo, mientras Mateo dice simplemente que nació en Belén, permitiendo suponer que viviese allí su familia, en Marcos – el más antiguo de los evangelios – se cita a Jesús únicamente como nazareno, y en todos los demás se le liga continuamente a Nazaret, hablando de él como galileo. El evangelio de Juan – dirigido a un público no judío – explica incluso que algunos se preguntaban si el Cristo podía venir de Galilea y no de Belén, como dice la Escritura, sin molestarse en replicar tal afirmación. Por todo ello se ha mantenido que el viaje a Belén fue una forma de dar cumplimiento a la profecía.

Pero otros muchos investigadores han argumentado que Jesús nació en otro lugar de Galilea. Se basan en que Nazaret no aparece en ningún documento de la época o anterior, y en que la ciudad que hoy se conoce con ese nombre es relativamente moderna. Aunque Mateo diga que José habitó en Nazaret “para que se cumpliese lo dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno”, nadie ha podido encontrar una predicción bíblica que refrende tal afirmación. Hay quienes han visto, en cambio, una referencia al juramento nazareno prestado por personajes como Sansón, que no podían cortarse el pelo ni tomar bebidas alcohólicas (condiciones que no parecía cumplir Jesús); otros, buscan una similitud con la palabra hebrea netzer (germen) que Zacarías aplica al Mesías esperado.

¿Nació Cristo en una gruta, un establo, una casa o un portal? Lucas afirma que sucedió en un pesebre, imagen que ha pervivido hasta hoy, mientras Mateo habla de una casa. Pero a mediados del siglo II la tradición sitúa el nacimiento en una cueva, según Justino y Eusebio. Esta disensión tal vez se entienda a la luz de los Apócrifos de la Infancia y el Protoevangelio de Santiago, que colocan el pesebre en una gruta como – según san Epifanio – haría la versión original del evangelio de Lucas.

Pudo haber una razón de peso para esta supuesta modificación: la caverna evocaba demasiadas imágenes paganas. Oscura, aislada, misteriosa, la cueva posee una vocación religiosa natural. Concebida como “centro del mundo” o como vientre materno, en ella celebraban sus ritos nuestros remotos antepasados. En diversas tradiciones era un lugar que permitía pasar de la tierra hacia el cielo y viceversa. No es extraño, por tanto, que en ella nacieran algunos dioses.

Krishna, encarnación de la segunda divinidad de la trinidad hindú, hijo de virgen y carpintero, murió crucificado tras derrotar a la serpiente.

Y, a raíz del Concilio de Nicea (325 dC), el primer historiador eclesiástico, Eusebio, mantuvo que Jesús había nacido en una cueva sobre la que luego se edificó un grandioso templo cristiano. Según san Jerónimo, desde tiempos de Adriano hasta Constantino, junto a Belén hubo un bosque consagrado a Adonis, dios al que se lloraba en la misma gruta donde – en un principio – se creía nació Jesús. Pero hay aún quienes dan la razón a Mateo cuando habla de una casa, suponiendo que el natalicio pudo tener lugar en una de las cuevas acondicionadas como hospederías u hospicios, que contaban con habitaciones espaciosas y que – teniendo en cuenta la época – podían ser establecimientos públicos confortables, bien alejados del portal de Belén que hoy nos imaginamos. Los críticos se han preguntado por qué no se alojaron en casa de amigos o parientes, ya que – según Lucas – era la ciudad natal de José.

Diversos autores han demostrado que la práctica totalidad de los detalles del nacimiento e infancia de Jesús se repite en muchos otros dioses, o salvadores de la Humanidad. En ocasiones, hasta los nombres de sus madres-vírgenes se parecen enormemente al de María: la de Buda y la del egipcio Hermes se llamaban Maia, Maya la del hindú Agni y la del siamés Codom, Myrra la de Adonis y Baco-Dionisos.

A fin de cuentas, tal vez tenga razón san Agustín cuando explica – como ya lo hizo Orígenes 150 años antes – que “los antiguos conocían también lo que ahora llamamos la religión cristiana, que existía ya desde los más remotos comienzos hasta que Cristo apareció en carne y hueso. Desde entonces, el nombre de Cristo fue dado a la verdadera religión”.

Por Enrique de Vicente

1 comentario
Etiquetas: , , , ,

¿Te gustó lo que acabas de leer? ¡Compartilo!

Facebook Digg Twitter StumbleUpon Pinterest Email

Artículos Relacionados

 1 comentario
Comentarios
Jul 31, 2019
20:50
#1 Manuel Astudillo:

Excelente artículo. Muy Buena Cultura en esta pàgina

Reply to this commentResponder

Dejar un comentario