Envueltos en fango y sangre, los supervivientes arrastran a los heridos. A su espalda, los ingleses les escupen su derrota avergonzando a las tropas de Carlos de Valois, Delfín de Francia, que han vuelto a fracasar en su intento de levantar el sitio de Orleans. De pronto, un jinete cabalga con furia entre los vencidos que miran, agotados, la curiosa figura. Sobre el caballo, una reluciente armadura desprende destellos cegadores, mientras en su mano ondea el estandarte con la inscripción “Jesús y María”: El jinete atraviesa las filas extenuadas, pero ni siquiera se detiene. Una voz femenina grita: “¡Seguidme! ¡Dios está con nosotros! ¡Adelante!”. Como un solo hombre, el ejército se levanta del barro. “¡Es ella! ¡Es la Doncella de Lorena!” La fatiga de hace sólo unos minutos se convierte, inexplicablemente, en una energía indestructible. El ejército sigue a la mensajera de Dios y, por fin, gana la batalla.

Esta espectacular escena de la película Juana de Arco, dirigida por Luc Besson, pone los pelos de punta a los espectadores de la sala. La historia de Jeanne d’Arc, la heroína y santa francesa, queda espléndidamente registrada en 148 minutos de emoción, sangre, misticismo y efectos especiales.

Pero, ¿quién era realmente la Juana de Arco que murió en Ruán, abrasada en la hoguera, el 30 de mayo de 1431?

La Juana real —a diferencia de la bella Milla Jovovich del largometraje— era una joven de baja estatura y cabello oscuro, que nació en Domrémy, localidad de la Lorena francesa, hija del campesino Jacques d´Arc y de su esposa, Isabel Romée. Es más: la propia Juana nunca se autodenominó d’Arc, sino Jeannette Romée, debido a la costumbre en la región de que las niñas tomaran el apellido materno.

El misterio de las “voces”

La pequeña Juana tuvo desde niña una fe desmedida y sus biógrafos coinciden en que a los 13 años experimentó la primera visión sagrada. Las “voces” que a partir de entonces escucharía asiduamente procedían de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, y la guiaron hasta su muerte para asegurarse de que cumplía la misión que Dios le había encomendado: levantar el sitio a la ciudad de Orleans y llevar al Delfín Carlos al trono de Francia.

Pero, ¿qué relación existía entre una campesina analfabeta y el aspirante a la corona? Esta epopeya no podría entenderse sin acercarnos al momento histórico en el que la heroína vino al mundo. Desde 1338, Francia se desangraba en una guerra contra Inglaterra por el dominio del territorio galo. Muerto el último heredero francés en 1328, la corona francesa pasó a manos de los Valois. Sin embargo, el monarca inglés Eduardo III no estuvo de acuerdo con que la línea hereditaria pasara a esta rama. De ahí que invadiera el territorio francés en lo que se conocería como la Guerra de los Cien Años.

Cuando Juana recibió sus “voces”, la población francesa se encontraba dividida entre los borgoñones de Enrique VI —rey niño de Inglaterra—, y los armañacs del pusilánime y débil Carlos, hijo de Carlos VI. La subida al trono se vio complicada, además, por las intrigas de Isabel de Baviera, esposa de Carlos VI, quien en el Tratado de Troyes tachó a su marido de loco e inhabilitó a su propio hijo, el Delfín Carlos, asegurando que en realidad era un bastardo sin derechos.

El Delfín vivía desde entonces exiliado de París en la localidad de Chinon. Solamente un milagro podía salvar a Francia de aquella sangría. Un milagro, y una antigua leyenda que mantenía viva la esperanza…

La profecía

Miniatura del siglo XVI representando a Juana de Arco.

En tiempos de Carlos VI, padre del Delfín, una misteriosa mujer llegó a la corte. Su nombre era María de Aviñón. Entonces, la curiosa dama profetizó que una mujer llevaría a la perdición a Francia y que una doncella procedente de la Lorena salvaría de nuevo el país. Carlos recordaba una y otra vez la esperanzadora leyenda adjudicando el papel de pérfida traidora a su madre, cuando a sus oídos llegó la noticia de que una virgen de Lorena decía tener un mensaje de Dios para él.

A Juana, sin embargo, no le resultó sencillo que el Delfín la recibiera. Sus “voces” le habían comunicado que Robert Liebaut, señor de Baudricourt, enviaría una escolta para ella hasta Chinon. Tenía 16 años cuando viajó hasta Vaucouleurs para pedirle audiencia. Y un inesperado incidente lograría que se la concedieran al fin. En una de las ocasiones en las que Juana trató de llegar a Carlos, las “voces” le advirtieron de la inminente derrota del Delfín en un nuevo intento de levantar el sitio de Orleans. Así se lo explicó al señor de Baudricourt que, como era de esperar, la ignoró. Curiosamente, días después, un heraldo confirmó pérdida de la batalla justo el día en que Juana lo había anunciado. Conmovido, Liebaut envió a Juan de Metz y a Beltrán de Poulengy —dos de sus mejores hombres— a escoltar a Juana en su viaje hasta la corte de Chinon. Y aquellos dos feroces sanguinarios pronto se convertirían en leales seguidores de la adolescente.

Un engaño milagroso

La corte de Chinon era un hervidero de intrigas y traiciones. Los grandes consejeros del Delfín Carlos —Georges de Tremoille y el arzobispo de Reims— se opusieron desde el principio a que una “sucia campesina, que bien puede ser una asesina” hablara con Carlos en nombre de Dios. Con el paso del tiempo ambos serían decisivos a la hora de impedir que el Delfín actuara a favor de Juana durante su proceso.

Pero la joven obtuvo audiencia. Sin embargo, el Delfín había trazado un engañoso plan al poner su manto y sentar en su trono a otro caballero, mientras él se perdía entre el bullicio de las damas y los capitanes. Las puertas se abrieron. Juana avanzó entre un mar de miradas escépticas. Caminó hacia el falso Delfín, le miró fijamente y dijo: “¿Quién sois vos? ¿Dónde está el verdadero Delfín?” Un rumor de sorpresa estalló en la corte.

Juana comenzó a recorrer la estancia observando los rostros de los caballeros, hasta que sus ojos se detuvieron en un joven de aspecto asustado. Se dirigió hacia él, levantó su mano y exclamó: “¡Señor, el Dios de los Cielos me envía con un mensaje para vos!”. El sorprendido caballero se estremeció y la llevó a sus aposentos para escuchar en privado el mensaje —ahora sí lo creía— de aquella enviada de Dios.

Bajo sospecha

Lo que Juana le comunicó podría haberla salvado de la muerte. Pero las actas del proceso del que, tres años después, sería víctima, recogen su obstinado silencio respecto a lo que en aquella estancia sucedió. Sin embargo, los cronistas han podido recuperar parte de aquella conversación. Sólo una semana antes, el Delfín había pedido a Dios una prueba de que él era el heredero legítimo al trono de Francia. Juana, recordándole sus oraciones, le comunicó que Dios aseguraba su legitimidad, y añadió que ella había sido enviada para levantar el sitio de Orleans y para hacerle rey.

Temerosos de que aquella extraña muchacha les restara influencia sobre el Delfín, Tremoille y el arzobispo de Reims sugirieron a Carlos que Juana se sometiera ante un tribunal eclesiástico. Su decisión fue inapelable: Juana era, efectivamente, una perfecta cristiana. No contentos con este fallo, propusieron que la suegra del Delfín, Yolanda de Aragón, comprobara la hipotética virginidad de Juana, ya que —como era sabido— las mujeres que pactaban con el diablo lo hacían a través de contacto carnal. El himen intacto de Juana fue, de este modo, comprobado. Dos pruebas que serían ignoradas en el proceso final de Ruán.

Misión sagrada

Aseguran las crónicas que desde el momento en que el Delfín permitió que Juana partiera hacia Blois a reunirse con el ejército que levantaría el sitio de Orleans, la Doncella rasuró su cabello, se enfundó en una armadura y renunció para siempre al vestuario de mujer.

Pero le faltaba aún un arma que empuñar en la batalla. Y Juana supo dónde encontrarla. A través de un sueño Santa Catalina le comunicó que una espada aguardaba, enterrada, tras el altar de la capilla erigida en su honor en Fierbois. Juan Pasquerel, dominico y confesor de Juana, acudió al lugar indicado por el sueño. Tras cavar junto con los frailes de la capilla, su pala chocó contra algo metálico: una espada herrumbrosa que yacía sepultada exactamente donde la “voz” había señalado. El prodigio, sin embargo, aún no había terminado. El óxido, a medida que los frailes bruñían la misteriosa reliquia, se transformaba en un limpísimo acero, listo para emprender la batalla.

El ejército de Dios

Las crónicas aseguran que aquella mujer menuda consiguió de inmediato que los hombres la respetaran, que expulsaran del campamento a las prostitutas y que cuidaran su lenguaje. ¿Un milagro o un incalculable poder de convicción?. Fuera como fuese, Juana trasladó a las tropas la idea de que el ejército de Dios no debía estar en pecado, porque “sólo así, Él nos conducirá hacia la victoria”.

Una prueba más afianzaría la fe de aquellos hombres en su Doncella. Juana había acudido a Blois con la firme pretensión de levantar el sitio de Orleans, pero el Delfín se limitaba a proveer de víveres a los habitantes sitiados. Cuando se percató de la verdad, entró en cólera. Los capitanes, entre ellos el controvertido Gilles de Rais, intentaron calmarla. La situación se complicó al impedir el viento el avance de las barcas con el avituallamiento. Pero Juana, de pronto, cerró los ojos y dijo: “No os preocupéis, mis voces me dicen que el viento va a cambiar”. En ese instante, el aire modificó su dirección y las barcas llegaron sin dificultad a Orleans. El silencio reinante en el ejército era una confirmación: aquella muchacha era la Doncella de la profecía. Y ella les llevaría a la victoria, con la ayuda de Dios.

El sitio de Orleans

La liberación de Orleans se fue consiguiendo, progresivamente, con la toma de diferentes plazas. Y en todas ellas, según Juana, los designios del Señor de los Cielos se iban cumpliendo.

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Juana de Arco comandando el asedio de Orleans, por Lenepveu.

Sin ir más lejos, Juana comunicó a los suyos que, en la toma del bastión de las Tourelles, iba a resultar herida en el hombro izquierdo. Y así fue. Ignorando las súplicas de los capitanes, regresó al campo de batalla para gritar a los ingleses que “la bruja (como la llamaban los partidarios del niño rey Enrique) no ha muerto. Rendiros, en nombre de Dios”.

El 7 de mayo de 1429, Orleans quedaba libre del asedio.

Rendiciones incomprensibles

“Majestad, Orleans se ha perdido por culpa de una hechicera que pacta con el demonio.” Así encabezó el duque de Bedford, regente del niño rey inglés, la carta en la que comunicaba la derrota al monarca. Enfurecido por el poder que emanaba de la Doncella, Bedford decidió poner precio a la “bruja” francesa. La quería suya. Y la quería viva para quemarla.

Paradójicamente, en el proceso final contra Juana se insistió en el deleite y placer que la Doncella experimentaba al llenar de sangre enemiga su espada. Pero Juana nunca mató personalmente a nadie. Es más: antes de cada ataque, exhortaba a las tropas enemigas a que se rindieran y regresaran en paz. Y lo más extraño es que este procedimiento tuvo éxito en muchas ciudades, Troyes y Reims entre ellas.

Esta última fue el lugar designado por Dios para que Carlos fuera nombrado monarca. El 17 de julio de 1429 el Delfín era coronado rey de Francia. Juana había cumplido su misión. Pero a la mensajera de Dios aún le quedaba vivir la parte más dura que le había sido asignada.

Traición y olvido

Carlos VII, en un cuadro de Jean Fouquet (Museo de Louvre).

Poco después de la coronación, Juana ansiaba llegar hasta París y liberarla de la presión inglesa. Pero el ahora rey comenzó a encontrar a la impetuosa joven incómoda y contraria a sus planes. Además, Tremoille y el arzobispo de Reims le recordaban continuamente cómo el pueblo la amaba, “incluso más que a vos, mi señor…”.

Para alejarla de la corte, Carlos VII envió a Juana a luchar en diferentes plazas. Por entonces, el pánico se apoderó de ella. Durante un tiempo creyó perder el contacto con sus “voces”, hasta que Santa Catalina resurgió de la nada para comunicarle que París no caería antes de siete años.

En la batalla por liberar Compiégne, Juana fue apresada por los aliados de Inglaterra, comandados por Felipe de Borgoña. Era el 23 de mayo de 1430. Lo peor estaba empezando.

Nada más apresarla, Felipe, duque de Borgoña, le propuso que cambiara sus simpatías y arengara a las tropas inglesas y borgoñonas contra el rey de Francia. La rotunda negativa de la Doncella hizo que el duque pusiera precio a su cabeza. Un precio que Carlos VII jamás quiso pagar para liberar a su más leal servidora y que permitió al duque de Bedford, en noviembre de ese mismo año, ofrecer 20.000 libras por ella. Por fin, la “bruja” francesa era suya.

La farsa del juicio

Como la ley inglesa impedía matar a los prisioneros de guerra, Bedford se las arregló para que un representante de la Iglesia —Pedro de Cauchon, el ambicioso obispo de Beauvais— iniciara los trámites para juzgar a la prisionera por brujería, sedición contra el rey inglés y herejía. Su majestad Enrique de Inglaterra —le dijo— recompensaría al religioso con… el arzobispado de Ruán. Cauchon se puso manos a la obra.

El proceso fue una farsa. Primero, porque el obispo de Beauvais carecía de autoridad para juzgarla en Ruán, donde tuvo lugar la vista. Segundo, porque Juana ya había pasado por un tribunal eclesiástico que la había declarado inocente. Tercero, porque decenas de testigos y espías negaron su relación con la magia negra. Y finalmente, porque Juana debía estar en un convento custodiada por monjas y no en una prisión militar.

La Doncella se sometió durante meses a las preguntas de Cauchon, negándose a desvelar el mensaje dado por el Señor de los Cielos al Delfín (la verificación de su legitimidad). Fueron meses de continuos malos tratos, sin apenas comida y bebida, seguidos de interminables sesiones de acusaciones falsas: pactar con demonios para obtener la victoria en las batallas, llevar mandrágora prendida en su pecho para conseguir sus hechizos, fornicar en prostíbulos, utilizar artes adivinatorias para localizar la espada de Santa Catalina, disuadir al rey e incitarle a la batalla en vez de a la paz, abandonar por orden de espíritus diabólicos las ropas de mujer…

Sistemáticamente, sus respuestas eran obviadas de las actas. Imploró que la permitieran confesarse y comulgar, pero Cauchon la instaba a que para ello debía cambiar sus ropas de hombre por las de mujer. Juana sabía que de este modo sería violada por sus carceleros, pero al final —y una vez más engañada— consintió.

La abjuración

Fue el día de la abjuración. Cauchon la llevó a la plaza del mercado de Ruán, donde estaba preparada la hoguera. Juana sentía terror. Los dominicos que intentaban protegerla le suplicaron que abjurase de cuanto había dicho en el juicio. Así podría regresar al seno de la Iglesia y permanecería en un convento el resto de sus días. Tentada por esta idea, decidió abjurar y aceptó desprenderse de su ropa de hombre para vestir una túnica femenina de penitente. Pero Cauchon, indignado por el desarrollo de los acontecimientos, la condenó a cadena perpetua en la misma prisión militar.

Las crónicas nunca se han atrevido a asegurar que, esa noche, Juana de Arco fuera violada. Sin embargo, Martin Ladvenu, que al fin escuchó a Juana en confesión, aseguró que había sufrido terribles humillaciones. A la mañana siguiente, apareció desnuda y golpeada por sus celadores. La túnica le había sido arrebatada y, para cubrir su cuerpo, Juana volvió a vestir sus viejas ropas de hombre. Esta reincidencia en tan singular “delito” la condujo irremisiblemente a la excomunión y a la hoguera.

Para la Doncella, sin embargo, la muerte aquel 30 de mayo de 1431 fue, en realidad, una liberación. Atada sobre la pira, cuando las llamas habían empezado a devorar sus piernas, se la oyó gritar: “¡Mis voces venían de Dios, y todo lo que hice fue por su orden!”. Los cronistas relatan que Juana suplicaba que la acercaran una cruz, y que un soldado inglés, aterrorizado de pensar que estaba quemando a una santa, construyó con dos maderos un crucifijo que le acercó al rostro. “¡Levanta el crucifijo hasta mis ojos para que lo pueda ver hasta que muera!”, la oyeron decir. Por encima del crepitar de las llamas, las últimas palabras de Juana de Arco resonaron en un extenuado estertor de voz. Fueron “Jesús, Jesús, Jesús!”. Después, nada. Tenía 19 años.

La historia se retracta

El verdugo recogió los restos carbonizados de Juana en una manta y los arrojó al Sena. Declaró que lo que nunca pudo reducir a cenizas fue su corazón.

Carlos VII entró cinco años más tarde en París, tal y como Santa Catalina había profetizado a la Doncella, pero aún tardó 17 años en terminar con la guerra más larga de Europa.

El obispo Cauchon nunca fue nombrado arzobispo de Ruán. Falleció de muerte natural y fue enterrado en la Catedral de Lisieux. Cuando la verdad sobre el juicio de Juana salió a la luz, la multitud desenterró sus restos y los arrojó a una letrina.

Veinticinco años después de la muerte de Juana, su familia presentó quejas contra las diócesis de Ruán y de Beauvais alegando irregularidades en el proceso. Una comisión de juristas nombrada por el Papa Calixto III declaró la injusticia de la sentencia y la rehabilitó. El 11 de abril de 1909, Pío X la beatificó. Juana de Arco fue canonizada el 16 de mayo de 1920 por el Papa Benedicto XV. Casi quinientos años después, la Iglesia le hacía justicia.

Firma autógrafa de Juana de Arco en una de sus cartas al ejército inglés. Aunque es cierto que no sabía leer ni escribir, es muy probable que hubiera aprendido a escribir su nombre, así lo han demostrado diversos estudios grafológicos.

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