Fabian se entusiasmaba mientras ensayaba una vez más su discurso para la muchedumbre que se presentaría mañana. Él había deseado siempre prestigio y poder y ahora sus sueños iban a hacerse realidad. Él era un artesano que trabajaba con plata y oro, haciendo joyería y ornamentos, pero estaba descontento con tener que trabajar para vivir. Él necesitaba entusiasmo, un desafío, y su plan estaba listo para comenzar.

Por generaciones la gente utilizó el sistema del trueque. Un hombre mantenía a su propia familia proporcionando todas sus necesidades o bien se especializaba en un comercio particular. Los bienes excedentes de su propia producción, los intercambiaba por los excedentes de otros.

El día del mercado había sido siempre ruidoso y polvoriento, sin embargo la gente deseaba los gritos y los saludos, y disfrutaba especialmente el compañerismo. Solía ser un lugar feliz, pero ahora había demasiada gente, demasiados discutiendo. No había tiempo para charlar —se hacía necesario un sistema mejor—.

Generalmente, la gente había sido feliz, y gozó de los frutos de su trabajo.

En cada comunidad un gobierno simple había sido formado para cerciorarse de que las libertades y los derechos de cada persona fueran protegidos y que ningún hombre o grupo de hombres forzara a otro/s a realizar cualquier cosa contra su voluntad. Éste era el único propósito del gobierno y cada gobernador era apoyado voluntariamente por la comunidad local que lo eligió.

Sin embargo, el día del mercado era un problema que no podían solucionar. ¿Valía un cuchillo una o dos cestas de maíz? Valía una vaca más que un carro… etcétera. A ninguno se le ocurría un sistema mejor.

Fabian había anunciado, “tengo la solución a nuestros problemas del trueque, e invito a todos a una reunión pública mañana”.

El día siguiente sobre un escenario en la plaza de la ciudad, Fabian explicó a todos el nuevo sistema que él llamó “dinero”. La idea sonaba bien. “¿Cómo vamos a comenzar?” preguntó la gente. “El oro que uso en ornamentos y joyería es un metal excelente. No se deslustra ni se enmohece, y durará muchos años. Fundiré un poco de mi oro en monedas y llamaremos a cada moneda ‘dólar’”.

Él explicó cómo trabajarían los valores, y que ese “dinero” sería realmente un medio para el intercambio —un sistema mucho mejor que el trueque—.

Uno de los gobernadores preguntó, “algunas personas pueden encontrar oro y hacer las monedas para sí mismos”. “Eso sería de lo más injusto”, Fabian tenía preparada la respuesta: “solamente las monedas aprobadas por el gobierno pueden ser utilizadas, y éstas tendrán una marca especial estampada en ellas”. Esto parecía razonable y fue propuesto que se le de a cada hombre un número igual de monedas. “Sólo yo merezco la mayoría”, dijo el fabricante de velas, “todos utilizan mis velas”. “No”, dijo el granjero, “sin alimento aquí no hay vida, nosotros tenemos que tener la mayor cantidad de monedas”. Y la discusión continuaba.

Fabian los dejó discutir por un rato y finalmente dijo, “puesto que ninguno de ustedes puede llegar a un acuerdo, yo sugiero que cada uno obtenga la cantidad que requiera de mí. No habrá límite, a excepción de su capacidad de devolverlas. Cuanto más dinero cada uno obtiene, más debe devolver al final del año”. “¿Y qué pago recibe usted?” la gente le preguntó a Fabian. “Puesto que estoy proporcionando un servicio, es decir, la fuente de dinero, me dan derecho al pago por mi trabajo. Digamos que para cada 100 monedas que ustedes obtienen, me devuelven 105 por cada año que ustedes mantienen la deuda. Los 5 serán mi pago, y llamaré a este pago, ‘interés’”.

No parecía haber otra manera, y además, el 5% parecía poca cantidad para un año. “Vuelvan el viernes próximo y comenzaremos”.

Fabian no perdió un minuto. Él hizo monedas día y noche, y al final de la semana ya estaba listo. Hizo cola la gente para entrar en su tienda, y después de que las monedas fueran examinadas y aprobadas por los gobernadores el sistema comenzó. Algunos pidieron solo unas pocas monedas y se fueron a intentar el nuevo sistema.

Encontraron que el dinero era maravilloso, y pronto valoraron todo en monedas o dólares de oro. El valor que pusieron en cada cosa fue llamado un “precio”, y el precio dependió principalmente de la cantidad de trabajo requerida para producir el bien. Si tomaba mucho trabajo el precio era alto, pero si era producido con poco esfuerzo el precio era bajo.

En una ciudad vivía Alan, que era el único relojero. Sus precios eran altos porque los clientes estaban ansiosos de pagar para obtener uno de sus relojes.

Después otro hombre comenzó a hacer los relojes y los ofreció en un precio más bajo para conseguir ventas. Alan fue forzado para bajar sus precios, y luego todos los precios se vinieron abajo, de modo que ambos hombres se esforzaran en dar la mejor calidad en el precio más bajo. Ésta era libre competencia genuina.

Era igual con los constructores, operadores del transporte, contables, granjeros, de hecho, en toda empresa. Los clientes elegían siempre lo que sentían era el mejor trato —tenían libertad de elección—. No había protección artificial tal como licencias o tarifas para evitar que la gente entre en el negocio . El estándar de vida se elevó, y después de poco tiempo la gente se preguntaba cómo había podido vivir sin “el dinero”.

Al fin del año, Fabian salió de su tienda y visitó a toda la gente que le debía las monedas. Algunos tenían más de lo que pidieron prestado, pero ésto significaba que otros tenían menos, puesto que solo había cierto número de monedas distribuidas inicialmente. Los que tenían más de lo que pidieron prestado devolvieron lo prestado más 5 adicionales cada 100, pero de todos modos, luego de devolver sus monedas, tuvieron que pedir prestado nuevamente para poder continuar.

Los otros descubrieron por primera vez que tenían una deuda. Antes de prestarles más dinero, Fabian tomó una hipoteca sobre algunos de sus activos, y cada uno salió una vez más a intentar conseguir esas 5 monedas extra que siempre parecían tan difíciles de encontrar.

Nadie se dio cuenta que en realidad el país nunca podría salir de su deuda hasta que todas las monedas fueran devueltas, pero, aunque se devolvieran todas las monedas, estaban siempre esos 5 adicionales en cada 100 que nunca habían sido puestos en circulación. Nadie más que Fabian podía ver que era imposible pagar el interés —el dinero adicional nunca había sido puesto en circulación, por lo tanto a alguien siempre le faltaba—.

Era verdad que Fabian gastaba algunas monedas, pero él por sí mismo no podía gastar tanto como el 5% de la economía total del país. Había millares de gente y Fabian era solamente uno. Por otro lado, él seguía siendo un orfebre viviendo una vida confortable.

En la parte posterior de su tienda Fabian hizo una caja fuerte y la gente encontró conveniente dejar algunas de sus monedas en ella como depósito de seguridad. Cobraba un honorario pequeño dependiendo de la cantidad de dinero y la cantidad de tiempo que permanecía con este. Él daba al dueño de las monedas un recibo por cada depósito.

Cuando una persona iba a hacer compras, no llevaba normalmente muchas monedas de oro. La persona le daba al comerciante uno de los recibos de Fabian, segun el valor de las mercancías que deseaba comprar.

Los comerciantes reconocían el recibo como genuino y lo aceptaban con la idea de llevarlo luego ante Fabian y recoger la cantidad apropiada en monedas. Los recibos pasaron de mano en mano en vez de transferir el oro en sí mismo. La gente tenía completa confianza en los “recibos”, y los aceptaban como si fueran las monedas de oro.

Después de poco tiempo, Fabian notó que era bastabte raro encontrar que alguna persona le pidiera realmente sus monedas de oro. Él pensó: “aquí estoy en la posesión de todo este oro y sigo teniendo que trabajar duro como artesano. No tiene sentido. Hay docenas de personas que estarían contentas de pagarme el interés por el uso de este oro, que esta depositado aquí y que sus dueños raramente reclaman. Es verdad, el oro no es mío, pero está en mi posesión, que es todo lo que importa. Ya no necesito hacer más monedas para prestar, puedo utilizar algunas de las monedas almacenadas en la caja fuerte”.

Al principio él era muy cauteloso, prestando unas pocas monedas cada vez, y sólo cuando tenía amplia seguridad de su devolución. Pero gradualmente tomó confianza, y prestó cantidades más grandes.

Un día, un préstamo muy grande fue solicitado. Fabian sugirió, “en vez de llevar todas estas monedas podemos hacer un depósito en su nombre, y entonces le daré varios recibos al valor de las monedas”. El prestatario convino, y se fué con un manojo de recibos. Él había obtenido un préstamo, sin embargo el oro permanecía en la caja fuerte de Fabian. Después de que el cliente se fuera, Fabian sonrió. Él podía tener la torta y encima comerla también. Él podría “prestar” el oro y todavía mantenerlo en su posesión.

Los amigos, los extranjeros e incluso los enemigos necesitaron fondos para realizar sus negocios —y siempre y cuando podían asegurar la devolución, podían pedir prestado tanto como necesitaran—. Simplemente escribiendo recibos Fabian podía “prestar” tanto dinero como varias veces el valor del oro en su caja fuerte, y él ni siquiera era el dueño del dinero en ella. Todo era seguro siempre y cuando los dueños verdaderos no pidieran su oro y la confianza de la gente fuera mantenida.

Él mantenía un libro mostrando los debitos y los créditos de cada persona. De hecho, el negocio de préstamos demostraba ser muy lucrativo. Su posición social en la comunidad aumentaba casi tan rápidamente como su riqueza. Él se estaba convirtiendo en un hombre de importancia que requería respeto. En materias de finanzas, su palabra era como una declaración sagrada.

Los orfebres de otras ciudades tuvieron curiosidad sobre sus actividades y un día lo llamaron para verlo. Él les dijo qué era lo que hacía, pero tuvo mucho cuidado en remarcar la necesidad de mantener el secreto. Si su plan fuera expuesto, el esquema fallaría, así que acordaron formar su propia alianza secreta.

Cada uno volvió a su propia ciudad y comenzó a operar como Fabian les había enseñado.

La gente ahora aceptaba los recibos como algo tan bueno como el oro en sí mismo, y muchos recibos fueron depositados para mantenerlos seguros de la misma manera que las monedas. Cuando un comerciante deseaba pagar a otro mercancías, él escribía simplemente una nota corta dirigida a Fabian en la que le mandaba transferir el dinero de su cuenta a la del segundo comerciante. Le tomaba a Fabian solamente algunos minutos para ajustar los números en el libro.

Este nuevo sistema llegó a ser muy popular, y las notas con la instrucción de transferencia fueron llamadas “cheques”.

Tarde una noche, los orfebres tuvieron otra reunión secreta y Fabian les reveló un nuevo plan. Convocaron el día siguiente una reunión con todos los gobernadores, y Fabian comenzó. “los recibos que nosotros emitimos han llegado a ser muy populares. Sin duda, la mayoría de ustedes, los gobernadores, los está utilizando y los encuentran muy convenientes”. Los gobernadores asintieron. Estaban de acuerdo, pero se preguntaban cuál era el problema. “Bien”, continuó Fabian, “algunos recibos están siendo copiados por falsificadores. Esta práctica se debe parar”.

Los gobernadores se alarmaron. “¿qué podemos hacer?” preguntaron. Fabian contestó, “mi sugerencia es: primero que todo, hagamos que sea el trabajo del gobierno el imprimir nuevas notas en un papel especial con diseños muy intrincados, y entonces cada nota se firmará por el principal gobernador. Las notas las llamaremos ‘billetes’. Los orfebres estaremos felices de pagar los costos de la impresión, pues nos ahorrará mucho del tiempo que pasamos escribiendo nuestros recibos”. Los gobernadores razonaron, “bien, es nuestro trabajo proteger a la gente contra falsificadores y su consejo parece ciertamente una buena idea”. Acordaron entonces imprimir los “billetes”.

“En segundo lugar”, dijo Fabian , “algunas personas han hecho excavaciones y están haciendo sus propias monedas de oro. Sugiero que emitan una LEY, para que cualquier persona que encuentre pepitas de oro deba entregarlas. Por supuesto, será pagado con billetes y monedas”.

La idea sonaba bien, y sin pensarlo mucho, imprimieron una gran cantidad de nuevos y flamantes billetes. Cada billete tenía un valor impreso sobre el —$1, $2, $5, $10, etc—. Los pequeños costos de impresión fueron pagados por los orfebres.

Los billetes eran mucho mas fáciles de transportar y rapidamente fueron aceptados por la gente. A pesar de su popularidad, estos billetes eran usados sólo para el 10% de las transacciones. Los registros mostraban que el sistema de cheques era usado para el 90% de todos los negocios.

La siguiente etapa del plan comenzó. Hasta ahora, la gente le estaba pagando a Fabian por guardar su dinero. Para atraer más dinero a la caja fuerte, Fabian se ofreció a pagar a los depositantes un 3% de interés sobre los depósitos.

La mayoría de la gente creía que él estaba prestando ese dinero a los deudores al 5%, y su ganacia era el 2% de diferencia. Además, la gente no le preguntó mucho, ya que obtener el 3% era mucho mejor que estar pagando para depositar el dinero en lugar seguro.

La cantidad de ahorros creció, y con el dinero adicional en las bóvedas, Fabian podía prestar $200, $300, $400, hasta $900 por cada $100 en billetes y monedas que mantenía en depósito. Él debía ser cuidadoso de no exceder este factor de 9 a 1, ya que una persona de cada diez, le requería retirar el depósito para usar su dinero. Si no había suficiente dinero disponible cuando alguien se lo requería, la gente hubiera comenzado a sospechar, ya que las libretas de depósito mostraban exactamente cuanto habían depositado.

Mas allá de esto, sobre los $900 en asientos contables que Fabian había prestado escribiendo cheques él mismo, podía demandar hasta $45 de interés, (45=5% de 900). Cuando el préstamo más los intereses eran devueltos ($945), los $900 se cancelaban en la columna de débitos y Fabian se guardaba los $45 de interés. Por lo tanto, él estaba más que contento de pagar $3 de interés sobre los $100 depositados originalmente, los cuales nunca habían salido de la bóveda. Esto significaba, que por cada $100 que mantenía en depósito, era posible obtener un 42% de ganancia, mientras la mayoría de la gente pensaba que él sólo ganaba el 2%. Los otros orfebres estaban haciendo la misma cosa. Creaban dinero de la nada, sólo con su firma en un cheque, y encima le cargaban interés.

Es cierto, ellos no estaba haciendo billetes, el Gobierno imprimía los billetes y se los entregaba a los orfebres para distribuír. El único gasto de Fabian era el pequeño costo de impresión. Sin embargo, ellos estaban creando dinero de “crédito”, que salía de la nada y le cargaban intereses encima. La mayoría de la gente creía que la provisión de dinero era una operación del Gobierno. También creían que Fabian estaba prestando el dinero que alguien más había depositado, pero había algo extraño: ningún depósito decrecía cuando Fabian entregaba un préstamo. Si todos hubieran tratado de retirar sus depósitos al mismo tiempo, el fraude hubiera sido descubierto.

No había problemas si alguien pedía un prestamo en monedas o billetes. Fabian simplemente le explicaba al Gobierno que el incremento de la población y de la producción requería más billetes, y los obtenía a cambio del pequeño costo de impresión.

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