Desde 1964, muy pocos han dudado que un trasfondo político impulsó la muerte de John Fitzgerald Kennedy. Muchos también han observado una conspiración interna que pudo maquinar y llevar a cabo el magnicidio del Presidente. Y de igual modo, muchos han concluido la imposibilidad que su presunto asesino, Lee Harvey Oswald, fuera el único que empuñó y apretó el gatillo del arma que puso punto y final a la breve historia política de J. F. K.

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John Fitzgerald Kennedy no era precisamente un político admirado y querido por los más influyentes estamentos de la sociedad norteamericana de la década de los 60. En principio, la CIA, institución que había abanderado durante décadas los subterfugios de la vida norteamericana, no le había perdonado que les restase poder de decisión en las maniobras políticas; los exiliados, refugiados y simpatizantes cubanos tampoco estaban dispuestos a olvidar la negativa de Kennedy de enviar tropas norteamericanas para contrarrestar la revolución de Fidel Castro; la política administrativa del presidente prometía martirizar a los sospechosos líderes del crimen organizado, y la Cossa Nostra vio en la familia Kennedy una espina clavada en la columna central de su imperio.

Por otro lado, muchos americanos estaban molestos por el suave trato de su dirigente hacia el comunismo y por las conversaciones mantenidas con el líder soviético Nikita Kruschev, con quien pactara no atacar la Revolución de Castro si los soviéticos retiraban su potencial armamentístico en la isla. Y por si fuera poco, el Ejército Norteamericano –en mayúsculas– no estaba dispuesto a que Kennedy retirase las tropas de Vietnam, dando fin una de las campañas más lucrativas que existen para la milicia: las guerras.

No, decididamente el primer presidente católico de los Estados Unidos se buscó desde el momento de su investidura muchos enemigos en el entorno político-socio-militar. Sin embargo, cuando en 1960 ganó la nominación a su opositor Richard Nixon, nadie podía imaginar que tres años después iba a morir trágicamente en las calles de Dallas, víctima de una posible conspiración tramada por cualquiera de las organizaciones anteriormente citadas.

El aniversario de la muerte de Kennedy ha repetido año tras año las mismas preguntas sin una sencilla solución, pese a que una organización creada al efecto pocas semanas después del magnicidio, liderada por el juez supremo de los Estados Unidos, Earl Warren y seis miembros de diferentes estamentos, la Comisión Warren, había adjudicado en los 26 tomos que conformaban el informe final de su estudio, la autoría del asesinato a un único personaje que tomaba el relevo de John Wilkes Booth, un afamado actor que no pasó a la historia por su profesión, sino por haber matado cien años atrás al presidente Abraham Lincoln. Aquel solitario tirador, aquel presunto asesino que puso fin a la “política de frontera” de John F. Kennedy era Lee Harvey Oswald.

La gestación de un asesino

Lee Harvey Oswald nació en octubre de 1939 en el seno de una familia muy humilde. Su padre murió dos semanas antes de su nacimiento, dejando sola a su madre, Margerite Oswald, y a sus dos hermanos mayores, John y Robert. Éstos fueron recluidos muy pronto en un orfelinato, dejando solos a Lee y a su madre, quienes se trasladaron a un humilde apartamento en el Bronx de Nueva York.

Cuando tenía 13 años, Lee fue también recluido en un orfelinato, debido al poco tiempo que su madre disponía para poder cuidar de él. Sin embargo, Lee se escapaba una y otra vez del centro y se dedicaba a viajar en metro por toda la ciudad, o a visitar el zoo de Central Park, donde pasaba horas ensimismado ante los animales. De hecho, en cierta ocasión fue detenido allí por hacer novillos y le pusieron en manos de la agente social Evelin Siegel, quien comprobó que el estado mental de Lee era perfecto. Es más, su inteligencia era unos grados superior a la media de los chicos de su edad. También comprobó que Lee era un individualista y que mostraba una inclinación acusada a atender a las conversaciones de adultos.

Ya a los 17 años, Lee mostró una simpatía hacia la milicia y, especificamente, hacia el cuerpo de marines, y así, en 1956 ingresó en el cuerpo. También por aquellas fechas comienza a escribir su diario, un compendio de pensamientos y experiencias que el tituló “diario histórico” y que le acompañaría hasta el final de sus días.

Las incongruencias en la vida de Oswald surgen precisamente a partir de su incorporación a filas: si bien sus compañeros de regimiento afirman que destacaba por su falta de puntería, los informes confirman que su puntuación era la segunda mejor de la Base. Precisamente fue esta alegada puntería la que llevó a Oswald a ser destinado al cuerpo de marines en Atshugy, Japón, siendo emplazado e instruido en el control de radar y satélites artificiales. Por otro lado, no deja de sorprendernos que dicha base militar japonesa fuera también un cuartel de la CIA en ese país, desde donde partían los aviones camuflados hacia la Unión Soviética, en misión de espionaje.

Lo cierto es que fueron precisamente sus compañeros los que pronto empezaron a notar un extraño comportamiento en Oswald: sus actividades extra-militares eran un misterio para todos. Nunca salía o se relacionaba con personal del cuerpo: por el contrario, a medida que pasaba el tiempo las peleas con los soldados eran más frecuentes. Sin embargo, varios compañeros le vieron deambular con prostitutas orientales por zonas de la población que habían sido vedadas a la milicia norteamericana –llamadas áreas taboo–. Estas zonas eran frecuentadas asiduamente por activistas políticos izquierdistas y, en consecuencia, pronto comenzó a circular el rumor de que Oswald estaba intentando entablar contactos con estos activistas.

El rumor se vio pronto confirmado cuando, todavía en el servicio militar, comenzó a estudiar ruso y a propagar las ideas marxistas entre los soldados. Era frecuente oír a Oswald criticar las “meteduras de pata” de la política norteamericana, argumentando que una ideología marxista no ampararía ni toleraría aquellas “barbaridades capitalistas”. Teniendo en cuenta que cualquier norteamericano con inclinaciones izquierdistas era investigado sistemáticamente por el servicio de inteligencia –recordemos, por ejemplo, la operación “caza de brujas” años antes–, nos parece increíble que los agentes de la CIA, con quienes Oswald convivía, no prestasen la menor atención a un marine que no ocultaba su ideología comunista. ¿O sí lo hicieron?

No son pocos los historiadores que, tras analizar el comportamiento de Oswald durante aquellos años, han sugerido que fuera reclutado por el servicio de inteligencia de su país como eslabón entre ellos y la Izquierda Asiática. En contra, otros muchos documentados investigadores apoyan que Oswald fue “convencido” de las ventajas del movimiento comunista en los barrios bajos de Atshugy, lo que le impulsó a estudiar ruso y a declararse un pleno convencido de dicha ideología.

Pero hay un dato altamente revelador: un teniente coronel testificó ante la Comisión Warren que Oswald se examinó de ruso, consiguiendo una nota mediocre. Lo cierto es que no importa mucho la nota que obtuvo el soldado, pero, ¿qué motivo pudo mover a Oswald a aprender ruso? ¿por qué interesaba tanto al cuerpo de marines que el conociera el ruso? ¿Estaba siendo adiestrado Oswald por el servicio de inteligencia norteamericano? ¿o acaso estaba jugando a un doble juego? Como veremos más adelante, los “dobles juegos”, las “dobles personalidades” y los cambios radicales de pensamiento y actuación no es algo extraño en la historia de Lee Harvey Oswald .

De cualquier manera, su meditado siguiente paso fue emigrar a Rusia como un turista común y pasar varias semanas allí. Sin embargo, cuando llegó a Moscú fue recibido como si de un visitante de lujo se tratara y le fue asignada una guía –Rimma Shirokova– para desplazarse por los lugares tradicionales de la capital. Precisamente, fue a ella a quien informó en primer lugar de su propósito de desertar de los EE. UU. Por otro lado, nadie se explica cómo un ex marine con menos de 200 dólares en su cuenta bancaria, pudo desplazarse hasta Moscú y vivir durante varias semanas allí, cuando sólo el viaje costaba más de 1.500 dólares.

Pocos días después, Oswald visitó el Cuartel General de la KGB en Moscú, solicitando asilo en Rusia a cambio de su información y conocimientos recabados durante sus años de militar en el cuerpo de marines. Al parecer, los soviéticos, comandados por Vladimir Semishasty, no estaban en absoluto interesados en el material ofrecido por Oswald y decidieron no aceptar su petición de asilo.

Defraudado, a falta de un par de días para que expire su visado, Oswald intenta poner fin a su vida cortándose las venas en la habitación del hotel donde estaba alojado. Sin embargo, Rimma y dos funcionarios del hotel consiguen llevarlo hasta el hospital, donde le es detenida la hemorragia. Horas después es trasladado a un pabellón psiquiátrico, donde la Dra. Lydia Mihkailina diagnostica que Oswald había cometido un “suicidio teatral” ante la posibilidad de ser expulsado de la Unión Soviética.

Sin embargo, ese intento de suicidio le sirvió para que la KGB prestara mayor atención a su solicitud. Oswald acude entonces a la Cruz Roja en compañía de un nuevo intérprete con la intención de conseguir una ayuda monetaria, apoyándose en su condición de desertor en busca de una nueva vida en el régimen comunista. Allí consigue la suma de 5.000 rublos y 700 rublos más cada mes, que le permiten pagar desahogadamente la cuenta de su hotel en Moscú y adquirir el billete de tren para trasladarse a Minsk, donde la KGB se había ocupado de conseguirle un empleo en una Fábrica de Radios, dedicada al diseño y manufactura de nuevos prototipos radiofónicos, ganando la suma de otros 700 rublos al mes, un salario muy superior a cualquiera de los trabajadores de la fábrica. La KGB niega que fuera vigilado o interrogado en los más de tres años que pasó en la Unión Soviética.

Pronto, y por intermediación del propio alcalde de Minsk Shrapof, consigue un apartamento de bajo alquiler –60 rublos– a pocos metros de la fábrica. Oswald describe aquel piso en su diario como “el sueño de cualquier soviético”. Poco después de su traslado, Oswald se personó en la embajada norteamericana, comunicando al embajador Richard Snyder su deserción, ya confirmada por el gobierno soviético, y que iba a explicar a la KGB sus conocimientos.

Snyder envió rápidamente la declaración de Oswald a EE. UU., donde la noticia fue recogida con verdadero pavor: el desertor fue licenciado con deshonor, y los códigos de radar fueron inmediatamente modificados. Al parecer, Oswald era realmente una amenaza para el pueblo norteamericano. Es, por tanto, increíble que la KGB no se molestara en practicar un simple interrogatorio sobre Lee Harvey Oswald.

Meses después los problemas comenzaron de nuevo. Sus compañeros en la Fábrica de Radios de Minsk mantenían fuertes disputas y hasta peleas con él, al tiempo que éste manifestaba haber perdido interés por el marxismo. Ya en 1961 comunicó abiertamente su deseo de volver a los Estados Unidos y presentó su petición formal a la KGB. Del mismo modo, intentó agilizar su deportación buscando ayuda en la persona del Senador por el Estado de Texas John Tower, a quien, por carta, solicitaba se prestara a hacer lo posible para agilizar aquella situación.

No obstante, durante una fiesta sindicalista el 17 de marzo de 1961, conoció a la mujer que habría de convertirse en su esposa tan sólo seis semanas después: la sobrina de un coronel de la inteligencia soviética, Marina Nickolaieva Prusakova. Oswald escribiría posteriormente que se casó con Marina tan sólo para herir a su anterior novia, Ella Germain, con quien había roto pocos meses atrás.

A finales de mayo de 1962, el servicio de inteligencia soviético aprobó la petición de emigración de Oswald y el 2 de junio emigró junto a Marina a los Estados Unidos. Lee preparó declaraciones y conferencias esperando que su llegada a América fuera recibida por multitud de periodistas, pero lo cierto es que ni uno solo percibió la llegada del marine deshonrado y su vuelta a la patria fue más humillante incluso que la partida.

Oswald se trasladó a vivir a casa de su hermano John, en Fort Worth, Texas, y no perdió el tiempo para acercarse al cuartel de la CIA en la población para presentarse como el desertor que había vuelto a la patria. Tal y como le había ocurrido en la Unión Soviética, sus declaraciones fueron desestimadas y estuvo muy pocos minutos en aquellas dependencias. La CIA manifiesta que no redactó ni guardó ningún tipo de declaración dictada por o sobre Oswald.

Harvey consiguió un trabajo en un laboratorio fotográfico industrial del centro de Dallas, a pocos kilómetros de Fort Worth. Su trabajo le permitió realizar actividades que, hasta la fecha, son un verdadero misterio: en principio, contrató un apartado de correos sin que su familia lo supiera y falsificó un documento de identidad adoptando el pseudónimo de Allek James Hydell. ¿Qué oscuro propósito podía mover a Oswald a realizar estos actos?

En el apartado de correos recibía documentación a su nombre y a su pseudónimo, siendo ésta principalmente propaganda o periódicos de carácter izquierdista, donde se defendía la revolución cubana de Fidel Castro. Gracias a su Diario Histórico, sabemos que era un enamorado de la actuación de Fidel Castro en la situación socio-política de su país, y que una de sus máximas aspiraciones era ayudar en lo posible a dicho movimiento.

En febrero de 1963, Oswald acudió a una fiesta y coincidió con el geólogo petrolífero Volkmar Schmidt, con quien debatió sobre la situación política norteamericana, haciendo caer todo el peso de su crítica sobre el presidente Kennedy. Schmidt le habló del ultraderechista Edwin Walker, general del ejército norteamericano expulsado por Kennedy por el mensaje violento y racista que arengaba sobre sus tropas.

Oswald quedó muy afectado por los comentarios de su contertuliano e inmediatamente comenzó una callada investigación del general Walker, trazando un minucioso y esquemático plan que iba perfilando sobre el papel de su diario histórico, con la aparente intención de que aquel escrito saliera a la luz en un futuro.

Mientras tanto, los problemas personales de Oswald volvieron a aparecer: tenía fuertes disputas con sus compañeros de trabajo y comenzó a discutir y a pegar a Marina. También en aquellos días, recibió en su apartado de correos una carabina de diseño italiano, una Mannlicher Carcano muy barata, e inmediatamente pidió a Marina que sacase las fotografías que poco tiempo después darían la vuelta al mundo: él empuñando el arma que recibió por correo, en el patio trasero de su casa.

Durante mucho tiempo se afirmó que aquella toma había sido manipulada para envolver a Oswald con una afinidad hacia las armas. Lo cierto es que la Comisión Warren afirma que hay pruebas suficientes para afirmar que Oswald es el auténtico protagonista de las tomas:

a) Marina, su esposa, atestiguó haber tomado aquellas fotografías y haber visto el arma en poder de su marido.

b) Lee envió copias a varios amigos soviéticos, firmando el dorso de las copias, bajo la frase “Cazador de Fascistas”.

Sin embargo, y a pesar de repetir que la organización pertinente apuntó la existencia de suficientes indicios para afirmar que las fotos no fueron manipuladas, sí es cierto que no existe una lógica en el comportamiento de Oswald a la hora de adquirir el arma. Nadie entiende por qué Oswald encargó el fusil por correo si podía haberla conseguido en cualquier armería de Texas. El modelo era bien conocido y podía haber entrado en una armería y conseguirla bajo un nombre falso. Entonces, ¿por qué solicitar el arma por correo? ¿intentaba Oswald dejar constancia de aquella compra?

Lo cierto es que el 1 de abril de 1963, Oswald fue despedido de su empleo y durante días invirtió el tiempo en entrenarse con aquella arma. Pocas semanas después, el general Edwin Walker sufrió un atentado en su propia casa, del que milagrosamente resultó ileso. Si bien es cierto que un vecino de Walker vio un vehículo negro aparcado frente a su casa, que inmediatamente después del disparo partió a toda velocidad, otro afirma que presenció la huída de varios hombres blancos alejándose del lugar a pie y a gran velocidad.

No obstante, Lee confesó posteriormente a Marina, entre sonrisas, que lo cierto es que él lo hizo sólo y que se “largó de allí a todo correr”. Lo más interesante de este atentado es el resultado de él y que Walker definiría de “incomprensiblemente milagroso” con las palabras “si hoy no estoy muerto, es porque Dios, en su infinita sabiduría, no me quiere a su lado”: Walker estaba sentado en su estudio, de espaldas a la ventana de cristal por donde entró la bala de Oswald. No existía nada entre el general y su asesino; ni una lámpara, ni un libro, ni un mal portarretratos que interfiriera entre el asesino y su objetivo, que estaban separados por, a lo sumo, 15 metros de distancia.

La bala ni siquiera se acercó a Walker, yendo a alojarse a medio metro de donde éste estaba sentado, quien tan sólo sufrió el impacto de algunos fragmentos del cristal de su ventana. Oswald falló un disparo fácil sobre un objetivo inmóvil a pocos metros de su cómoda posición, donde tuvo todo el tiempo del mundo para prepararse, sólo unos pocos meses antes del magnicidio de la Plaza Dealey, donde bajo la increíble presión que supone un atentado de similares características, con una mira telescópica defectuosa, sobre un objetivo móvil y a una distancia de 75 metros, acertó con sólo tres disparos en un tiempo record, en el cuerpo y cabeza de su objetivo, proeza que, si bien ha podido ser emulada, nadie nunca ha podido volver a repetir en las posteriores pruebas realizadas por el FBI en las mismas condiciones, exceptuando la tensión que debía sentir el francotirador asesino aquel 22 de noviembre. En siete meses, según la Comisión Warren, Oswald pasó de ser la vergüenza de los terroristas al mejor tirador de todos los tiempos.

Días después del atentado contra Walker, Oswald se fue sólo a Nueva Orleans, dejando a Marina y a su primera hija en Fort Worth. Inmediatamente encontró trabajo en la empresa Raily, en el sector del café, como empleado de mantenimiento. Una vez asentado, llamó a su familia y les pidió que fueran a vivir con él. Sin embargo, no pasó ni una semana antes de que Oswald golpease nuevamente a su mujer. Varios historiadores afirman que su violencia en esa etapa nació de observar el fracaso en su intento de asesinato del militar tejano, lo que le llevó a convertirse en una persona con necesidad de darse a conocer, de mostrarse ante un entorno socio-político y que, sobre todo, deseaba ser respetado. Otros afirman que su ira y rabia exteriorizada sobre Marina eran fruto de una supuesta inapetencia sexual prolongada y de las discusiones que mantenía con su esposa sobre el particular.

Siguiendo con la extraña biografía de Oswald, en mayo de 1963 escribió un comunicado al principal grupo pro-castrista de la época, el Comité de Juego Limpio Para Cuba, ofreciéndose como dirigente de una rama de dicha organización, a desenvolupar en Nueva Orleans. Dicho Comité le comunica el riesgo innecesario de crear un grupo en Nueva Orleans, una ciudad plagada de emigrantes ilegales que había huido de la política del dirigente cubano, donde no habría de recibir ningún apoyo del pueblo.

Pese a dicho comunicado, Oswald siguió con su propósito, comenzando a redactar y distribuir su propia propaganda pro-castrista, constituyendo la primera sociedad abierta de ayuda a la revolución cubana ubicada en la calle Camps, nº 544 de Nueva Orleans, de la que incluso diseñó unas tarjetas de socio, cuyo presidente firmaba como Allek J. Hydell, su propio alias. Lo cierto es que más tarde se descubrió que su organización era un grupo de un solo hombre.

Existe un factor que no pasa desapercibido a ningún investigador de la vida secreta de Oswald –y así lo destacó Oliver Stone en su film JFK–. La calle Camps de Nueva Orleans está muy cerca de la oficina de correos central. En 1963, la oficina de correos amparaba en su piso superior la sede de la OIN –Oficina de Investigación Naval–. Justo enfrente de dicho edificio, se encontraba la oficina del FBI. También muy cerca, estaba el cuartel de la CIA y el emporio de la Seguridad Nacional Americana –NSA–. En otras palabras, Lee buscó una sede para su organización fantasma en medio del gobierno político-militar de Nueva Orleans. Extraño lugar para desarrollar sus actividades un comunista. ¿O acaso alguien le ordenó que creara su grupo precisamente allí?

El doble juego persigue a Oswald y en agosto de aquel mismo año entra en contacto con un grupo anticastrista, liderado por Carlos Bringuier, solicitando información y prestándose en su guerra particular contra la ideología de Castro. Tanto es así que les entregó el manual que utilizó durante su época de marine, donde se mostraban las técnicas más sofisticadas de asalto y sabotaje.

Sin embargo, esta situación duró muy poco, dado que Carlos descubrió a Oswald entregando su propaganda pro-castrista en medio de la calle. Ambos se enzarzaron en una agria disputa, donde no faltaron golpes y empujones y fueron detenidos junto a un grupo de cubanos. Lee se negó a pagar la multa de 25 dólares y prefirió pasar una noche en prisión, porque sabía que aquella detención proporcionaría una propaganda gratuita a su movimiento y, por ende, a su propia persona. Efectivamente, pocos días después fue invitado a intervenir en un programa televisivo, donde declaraba ser marxista-leninista, aunque negaba su posible vínculo con el comunismo.

Unos de los allegados a Oswald por aquellas fechas era David Ferry, un conocido sacerdote repudiado por sus tendencias homosexuales, piloto ultraderechista y dirigente de campos de entrenamiento de guerrillas con innumerables contactos en el entorno socio-político-militar de Nueva Orleans. De hecho, Ferry era un viejo conocido de Oswald: ambos fueron miembros del grupo C. A. P. –Civil Aerial Patrol o Patrulla Aérea Civil–, donde Oswald ingresó siendo un niño, a la edad de 15 años, mientras vivía en Nueva Orleans, antes de su periodo en el cuerpo de Marines.

Oswald y Ferry pasaban bastante tiempo juntos ya que, amén de los testigos aleatorios que afirmaron haberlos visto, éste último era uno de los entrenadores de un nuevo grupo de guerrilleros anti-castristas cuya central en Nueva Orleans estaba en la calle Lafallette, nº 531, y cuya tapadera eran las oficinas de un investigador privado llamado Guy Banister, antiguo miembro del FBI, un racista ultraderechista que en innumerables ocasiones manifestó su particular desagrado sobre la política de Castro y de Kennedy.

Por si fuera poco, la sede del movimiento pro-castrista de Oswald, y la agencia de detectives de Banister y, en consecuencia, la sede del movimiento anti-castrista, estaban mediadas tan sólo por una esquina. En otras palabras, la propaganda pro-castrista de Lee se imprimía en la misma sede del movimiento anti-castrista. Una de dos, o estaba buscando una muerte segura, u Oswald sabía muy bien lo que hacía.

Llegados a este punto, no podemos entender cuál era la intención primordial de Oswald y, por descontado, cuál era su verdadera ideología. Nadie hasta el momento puede concluir si Oswald fue forzado a mostrar todos aquellos sinrazones que no hacen, en la actualizad, sino evidenciar un estado psicológico realmente inestable.

Volviendo a Ferry, eran bien conocidos sus contactos con el mundo de la Mafia, sobre todo con el empresario Carlos Marcelo, un perseguido por la administración Kennedy y jefe de la Mafia de Nueva Orleans, para quien Ferry hacía diversas funciones como contacto o intermediario en sus investigaciones. Marcelo juró destruir a la familia presidencial tras su exilio, forzado por el hermano del presidente, Robert Kennedy, e incluso habló de contratar a un loco para matar a John F. Kennedy.

A partir de esta base, son muchos los que han intentado encontrar una cadena invisible entre Marcelo-Ferry-Oswald, y una hipótesis donde éste último cumpliera una orden dada por el mafioso. Sin embargo, también se deduce una excesiva claridad en dicha conspiración y, aunque la hipótesis no debe ser descartada, nadie apuesta por su genuinidad.

Por si fuera poco, Ferry también mantenía otros asuntos de carácter personal con el empresario Clay Shaw, un millonario excéntrico, que perteneció al servicio de inteligencia norteamericano, con quien acostumbraba a debatir opiniones y proyectos políticos, algunos de ellos en presencia del propio Oswald. Otros testigos afirmaron haber oído hablar a Shaw y a Ferry sobre un hipotético magnicidio de Kennedy que no habría de tardar mucho. Pese a existir innumerables testigos que afirman haberlos visto en reuniones juntos, nadie ha podido demostrar una conexión anterior a esta época entre Clay y Lee, aunque tampoco nadie pone en tela de juicio una posible instrucción entre la CIA y los dos hombres.

Por otro lado, se asegura que en aquellos días Oswald viajó solo a Ciudad de México para reunirse con tres agentes de la KGB, aunque estos posteriormente declararon que su encuentro no fue premeditado y que su reunión fue completamente casual. La intención de Oswald era emigrar a Cuba, pero los agentes le comunicaron que no podría entrar en el país sin un visado, algo completamente imposible si evaluamos su deserción a la URSS en el pasado. Oswald había adquirido un revolver del calibre 38, y lo mostró en varias ocasiones ante los agentes. Según su testimonio, llevaba aquel arma porque estaba siendo investigado y hostigado por el FBI y “tenía que defenderse”.

Defraudado y sabiendo que no podría conseguir ningún tipo de visado, Lee volvió a Texas el 3 de octubre de 1963. Su mujer vivía separada de él, en casa de una amiga en East Pine, un suburbio de Dallas y se negaba a regresar con él. Gracias a unos conocidos, Janet y Jill Williams, Oswald consigue un trabajo en el almacén de libros de texto de Texas, donde cobraba poco más de un dólar a la hora, pero se mostró interesado desde el primer momento ante la idea de trabajar con libros. Alquiló una habitación en una pensión a un par de kilómetros de su trabajo, en Oak Creek, desde donde al parecer no perdió contacto con sus compañeros del movimiento pro-castrista.

En la primera semana de noviembre, Oswald visita la sede del FBI en Dallas, para contactar con el agente especial Jim Hosty. Al no estar, Oswald le deja una nota en recepción y abandona el edificio. Cuando el agente Hosty lee la nota, la destruye y desgraciadamente nadie conoce, reconoce o recuerda el motivo de la nota. Podemos intuir que, dado que Marina estaba siendo objeto de una estrecha vigilancia por esta entidad, Oswald se personó para recriminar aquel proceder ante su máximo responsable. Sin embargo, y llegados a estas alturas, ¿qué o quién nos impide cavilar cualquier otro motivo? Máxime cuando el 17 de noviembre, se recibió un telex en aquella misma delegación del FBI, donde, por primera vez, se comunica que existe un complot para asesinar al presidente Kennedy durante su visita en Dallas. Se envió copia de aquel telex a todas las oficinas del FBI en Norteamérica. Aquel comunicado, a la vista de los acontecimientos, fue desestimado.

Si bien es cierto que los servicios de inteligencia de todo el mundo reciben diariamente decenas de comunicados semejantes, ¿cómo es posible que ninguna delegación de esta agencia guardase una copia de aquel telex, viendo la proximidad del día señalado para el magnicidio?, ¿es que a nadie se le ocurrió pensar que hubiese un trasfondo de realidad en aquel comunicado? Como veremos muy a menudo a partir de ahora, la desaparición de documentos es una tónica común entorno a la muerte de John F. Kennedy. Por si fuera poco, existen testigos que afirman que el telex fue sistemáticamente destruido tras el asesinato de Kennedy, “para que el FBI no quedase como una organización de inútiles”.

El día 21 de noviembre, Lee fue a ver a su mujer e hijas a East Pine, y les rogó por última vez que se mudaran a vivir con él. Marina, en parte harta de las palizas de su marido y en parte obligada por las circunstancias de la dolorosa separación de su deprimida amiga Ruth Paine con quien todavía compartía vivienda, le dijo que no. Durante un momento de la velada, Oswald entró en el garaje donde guardaba el viejo fusil italiano que compró por correo, aunque nadie le vio sacarlo de allí. Pasó la noche en la casa: se levantó muy temprano, preparó café y se despidió de sus hijas. Un vecino le llevó hasta el centro de Dallas. Éste afirmó posteriormente que Lee llevaba un bulto alargado envuelto en papel de embalar.

Los últimos 20 minutos de Kennedy

Una secretaria del almacén de libros de texto, ve a Oswald comiendo en el bar de la segunda planta del edificio a las 12:15 del mediodía. Estaba solo y ella no apreció ningún tipo de nerviosismo en él.

Otro empleado de la empresa, Bonie Ray Williams, consumía su almuerzo en la sexta planta –desde donde se efectuaron los disparos– donde estuvo hasta las 12:20. Bajó por las únicas escaleras del edificio, que teóricamente tuvieron que ser utilizadas por Oswald para alcanzar la planta sexta. Williams no vio a nadie.

Cinco minutos después, un buen número de testigos vieron a dos hombres junto a la ventana desde la que se realizaron los disparos, empuñando uno de ellos el arma asesina. Varios de los testigos eran precisamente unos presos de la cárcel de Dallas, en la calle Houston, el edificio más cercano al almacén de libros, que vitorearon a los hombres pensando que se trataba de francotiradores del departamento de seguridad del gobierno… ¿se equivocaron?. Lo cierto es que ningún testimonio de los presos fue recogido por la Comisión Warren.

En aquellos días, un grupo de obreros estaba reparando los suelos del almacén. Sospechosamente, ninguno de ellos estaba allí en aquel momento, pese a ser un día laborable. Nadie pudo ver subir o bajar a Oswald y, por supuesto, nadie le vio apostado junto a la “ventana homicida”. Por otro lado, ningún agente de seguridad del edificio hubiese puesto ningún impedimento a cualquiera vestido de obrero que hubiese subido hasta la sexta planta.

A las 12:30 de aquel fatídico 22 de noviembre de 1963, comenzó el tiroteo que puso fin a la vida del presidente John Fitzgerald Kennedy. La evidencia gráfica más próxima del suceso quedó recogida en la cinta de 16 milímetros filmada por Abraham Zapruder, quien estaba apostado en la calle Elm, sobre un pedestal situado en un montículo de césped, a poco más de 10 metros del vehículo presidencial.

En la sexta planta del almacén quedaban tres casquillos junto a la única ventana abierta de la planta y un fusil medio oculto entre unos cartones, al otro lado de la nave industrial. A lo sumo noventa segundos después, el tiempo justo de dejar la motocicleta y emprender una veloz carrera hasta el almacén, el agente M. L. Baker arma en alto y el superintendente del edificio Roy Truly irrumpían en el bar de la segunda planta, encontrándose con un Oswald tranquilo y sosegado, de pie junto al teléfono del establecimiento, ante la puerta. Tras comprobar su identidad, el agente sigue subiendo escaleras hasta la sexta planta, encontrándose allí con el más absoluto de los vacíos.

Mientras tanto, Oswald compra tranquilamente un refresco en la máquina expendedora y, pasando frente a una de las secretarias, abandona el edificio por la entrada principal. Curiosamente, y pese a que un agente de policía ya había irrumpido en el edificio, éste no fue sellado hasta pasados diez minutos del tiroteo contra Kennedy.

La Comisión Warren interpreta que Lee fue quien realizó los tres disparos, dejando un cartucho en la recámara; recogió los casquillos y los situó uno junto a otro bajo la ventana desde la que disparó; recorrió los metros que lo separaban de las cajas de cartón donde ocultó el fusil, bajó cuatro pisos a todo correr y entró nuevamente en el bar, para que un agente de policía comprobase noventa segundos después que Oswald no sudaba o jadeaba. Impresionante y asombroso. Sobre todo si tenemos en cuenta que en su carrera, Oswald se tuvo que cruzar necesariamente con las secretarias Victoria Adams y Sandra Style, quienes también bajaban por las escaleras. Aunque parezca increíble, no le vieron, y por si hay alguna duda, ninguna de ellas es ciega. Decididamente, la Comisión Warren resulta muy interesante en sus conclusiones.

Prosigamos. Oswald abandona el edificio y toma un autobús, que tiene que dejar, junto a otros usuarios, varios minutos después por el tráfico creado a raíz del atentado. Pide un aval de trasbordo al chófer Cecil J. McWatters y lo guarda en su cartera en previsión de tomar nuevamente otro autobús. A partir de entonces, continúa su camino en el taxi de William Whaley, quien le deja a dos manzanas de su pensión, donde coge una cazadora y el revolver del calibre 38 que tiempo atrás había comprado por correo a una casa de Los Angeles… O al menos esto es lo que afirma la Comisión Warren. Sin embargo, ¿quién puede atestiguar que Lee cogió el arma justamente entonces? Él estaba sólo en la habitación y nadie pudo ver si cogió el revolver o no.

Es exactamente la una de la tarde. El presidente Kennedy acaba de morir. Oswald abandona el edificio justo después de oír un par de toques de bocina que suenan desde un vehículo en la calle. Su casera, Earlene Roberts, también los oye y se asoma a la ventana del primer piso para comprobar de qué se trata. Un coche patrulla de policía está aparcado ante la puerta de la casa, y pronto reemprende la marcha. La casera no acierta a ver si Oswald va dentro del vehículo.

A las 13:06, Oswald se encuentra a 1.600 metros dirigiéndose hacia el centro de Dallas. Pese a que ningún taxista o autobús lo recogió, no hubo ningún testigo que reparase en un hombre corriendo por las calles de Oak Creek –una carrera de unos cinco metros por segundo–. Sin embargo, el informe de la Comisión Warren afirma que hubo un agente de policía, J. D. Tippit, que sí reparó en Oswald, deteniéndole y solicitando su identificación. Oswald vació el cargador de su revolver en el agente, emprendiendo una feroz carrera.

Sin embargo, esa misma Comisión Warren no recoge ni siquiera el testimonio de los dos testigos oculares más cercanos a la escena, el hispano Domingo Benavides y la mujer de color Aquila Clemons, ambos a menos de 15 metros del suceso, quienes rechazaron a Oswald como autor del asesinato del agente de policía. Para nuestra sorpresa, se acogen al testimonio de un conductor, Jack Tatum, que se hallaba a 50 metros y que vio a Oswald “a través del espejo retrovisor”. Oswald no sólo deja los casquillos de su 38 en el lugar del crimen, sino que también fue hallada una cazadora beige en las cercanías.

Exactamente 14 minutos después del asesinato de Kennedy, las unidades policiales recibían por radio un comunicado donde se informaba del aspecto de Oswald. Si tenemos en cuenta que la única identificación aproximada del sospechoso de la muerte del presidente era la procurada por los conmocionados testigos del asesinato del agente Tippit, 36 minutos después del magnicidio, no comprendemos cómo pudo tener la policía de Dallas una descripción tan precisa de Oswald mientras éste se dirigía en autobús y taxi a su pensión. ¿Quién facilitó aquella descripción? ¿es ésta una prueba de que ya había un “elegido”?

Unos minutos después, un empleado de una zapatería, John Calvin Brewer, ve a Oswald entrando sin pagar en el cine Texas. Pese a llevar 14 dólares en el bolsillo, prefiere arriesgarse y no pagar los 75 centavos de la entrada. Pero, ¿quién en su sano juicio se arriesgaría después de un asesinato –o dos–, a ser atrapado en un callejón sin salida y por 75 centavos?

El zapatero avisa a la taquillera, Julia Postal, y le pide que llame a la policía. Sin que ella ni nadie ofrezca descripción alguna del intruso –en principio porque ni siquiera le ha visto–, se presentan en el cine 30 policías para la captura de un simple “colado”. Realmente, es sorprendente esta actuación y, para muchos, una gran evidencia de que ya había un plan prefijado para la captura del asesino de Kennedy. De otro modo, sería magnífica la intuición del cuerpo de policía de Dallas.

Oswald sale maniatado del cine, gritando “brutalidad policial” y “¿Esto es América?”, ante las decenas de agolpados que flanquean las puertas de cine Texas, presas de la curiosidad ante aquel magnífico y casi “peliculero” despliegue policial. Con toda seguridad, ni el zapatero ni la taquillera tenían noción de lo que habían hecho.

Oswald es llevado al Departamento de Policía de Dallas donde es recibido por una multitud de periodistas. Les dice, mientras es conducido hasta los despachos, que no ha sido acusado de nada y que le han detenido por haber estado en la Unión Soviética, por ser marxista. Oswald es retenido en aquellas dependencias, donde es interrogado durante 12 horas sin interrupción. Incomprensiblemente, durante el interrogatorio genérico no tuvo asistencia legal de ningún tipo y, para más inri, ninguno de los agentes y oficiales de policía que presenciaron el interrogatorio, tuvo la “originalidad” de grabar y/o tomar apuntes de la declaración de Oswald. Si, inconcebible.

Por contra, muchos afirmaron que Oswald parecía tomarse aquello como si de un juego se tratara, intentando medir sus fuerzas con la de toda la opinión pública. Una de las visitas que recibió fue precisamente la de su hermano mayor John, quien observó una extraña y casi siniestra tranquilidad en Lee. En su conversación, John afirma que cuando le expuso los rumores y conclusiones sobre su implicación en el asesinato de Kennedy, Lee le dijo: “Hermano, por ahí no vas a averiguar nada”. ¿Qué quiso decir Oswald con aquella frase?

Al día siguiente, Lee tuvo una primera rueda de prensa, donde afirmó que lo único de lo que había sido acusado era de matar a un agente de policía. Se quejó del trato policial y de no haber recibido asistencia legal. Afirmó que nadie le había nombrado al presidente Kennedy y que, por supuesto, nadie le había acusado de su muerte.

Las horas siguientes fueron un misterio en la comisaría de Dallas, ya que no existe declaración alguna, grabación o notas sobre el testimonio del acusado. Sin embargo, gracias a las declaraciones ofrecidas ante periodistas que tuvieron la oportunidad de estar unos pocos minutos con él, se sabe que Oswald negó haber asesinado al agente Tippit, negó haber comprado un fusil por correo, negó haber utilizado el alias de Allek J. Hidell, y negó taxativamente tener relación alguna con el asesinato de Kennedy. Su única aseveración fue manifestar que era el pelele del departamento de policía de Dallas, y que había sido detenido como cabeza de turco por su vínculo con el movimiento pro-castrista y por haber vivido en la Unión Soviética.

Además, también negó ser el protagonista de las fotografías donde se le identifica posando con su recién adquirido fusil en la parte trasera de su casa. Afirmó que era un trucaje donde su cara había sido superpuesta a un cuerpo que sujetaba el arma. El propio Oswald insistió en que analizasen las fotografías para comprobar el trucaje. De ser una simple y pobre justificación de Oswald, ¿por qué iba a solicitar aquello? Él mismo había trabajado durante seis meses en un laboratorio fotográfico y sabía que un informe favorable sobre la toma era una prueba decisiva en contra de su inocencia.

Finalmente, Oswald fue acusado formalmente de haber perpetrado el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, convirtiendo un asesinato contra un agente de policía en un magnicidio que debía ser investigado con mayor meticulosidad. La única decisión posible, pues, fue la de trasladarle hasta la cárcel del condado donde recibiría una atención judicial más apropiada y una investigación impartida por las agencias competentes. El traslado del preso fue fijado para el domingo siguiente, a las 10 de la mañana.

Llegado el día, todo estaba preparado y, sin embargo, el traslado de Oswald se retrasó hasta pasadas las 11 de la mañana. Oswald fue conducido desde su celda hasta el ascensor del cuartel general de la policía de Dallas, y de ahí hasta el aparcamiento donde una furgoneta habría de ser su próximo transporte. A las 11:21, y acompañado por el agente Jim Leavelle, Oswald entró en el aparcamiento con aire ceremonial y aparentemente tranquilo. Oswald, advirtiendo el nerviosismo en la cara del agente Leavelle, le dijo “Tranquilo, hombre. Nadie va a pegarnos un tiro”.

De pronto, el sonido hueco de varios disparos rompió el silencio de la estancia. Jack Ruby se abrió paso entre decenas de policías y periodistas abriendo fuego a quemarropa contra Lee Harvey Oswald, que instantáneamente perdió las fuerzas en sus piernas, cayendo a los pies de su asesino. Todo ello ocurrió ante las cámaras de televisión.

Oswald asesinado...

Oswald es asesinado…

oportunamente...

oportunamente…

Apresado Ruby, Oswald fue trasladado al hospital Parkland, el mismo centro que recogió el cuerpo inerte del presidente Kennedy aquel viernes, donde moría pocos minutos después, a las 13:07.

Jack Ruby había ahorrado un montón de complicaciones al departamento del fiscal del distrito con aquel asesinato. Nunca se sabrá, por propia declaración, si Oswald fue el autor de los disparos que se le imputaban el 22 de noviembre de 1963. Pero con su actuación, al mismo tiempo, Ruby dejó miles de dudas entorno al asesinato de Kennedy. De hecho, la propia intervención de Ruby en el caso abre nuevas dudas que no muestran una facil solución:

Ruby era un maduro empresario que regentaba un club nocturno de Strip Tease en Dallas, negocio que era frecuentado por oficiales del cuerpo de policía. Ruby mostraba un interés muy marcado por esta presencia en su club, creyendo que sus amigos policías podrían sacarle de algún aprieto si llegase el caso. Por otro lado, también era socio de los conocidos simpatizantes mafiosos Sam y Joe Campisi, quienes regentaban a su vez otro club nocturno. Estos eran a su vez socios del cabeza del crimen organizado en Nueva Orleans, Carlos Marcelo, quien ya había aparecido en estas líneas como colaborador de David Ferry. Es decir, Jack Ruby no debía estar en aquel aparcamiento, primero, por sus antecedentes y relación con la mafia, y segundo, porque no era ni policía ni periodista.

Y no sólo eso: un día antes, Ruby había estado en la rueda de prensa ofrecida por Oswald, y también le debió ser prohibida la entrada porque, tal y como quedó registrado por las cámaras de televisión, Jack no llevaba ningún distintivo periodístico, ni cámara fotográfica y ni siquiera un triste cuaderno y un bolígrafo. Es más, sus amigos policías tendrían que haberlo reconocido y obligado a salir de la sala.

Y sin embargo, Jack perdió una oportunidad fantástica de matar a Oswald durante aquella rueda de prensa, donde su ánimo parecía ser perfectamente estable, a tenor de la declaración de algunos periodistas que estuvieron con él. Sin embargo, en la Comisión Warren se dictaba que Ruby estuvo al borde de las lágrimas durante todo aquel día, tomando aquel magnicidio como una tragedia personal. ¿Qué o quién hizo que Ruby matase a Oswald, cuando ni siquiera lo había intentado durante la rueda de prensa?

Y por otro lado, si analizamos el proceder de Ruby descubriremos que hasta encontrárselo cara a cara en el aparcamiento policial, no sintió ningún deseo de asesinar a Oswald. Ruby sabía que el acusado iba a ser trasladado a las 10 de la mañana de aquel domingo y, sin embargo, a esa hora él estaba todavía en su casa. Existe un giro por el importe de 25 dólares fechado el día del asesinato de Oswald en una delegación de la empresa Western Union, a un par de minutos del Cuartel General de la policía de Dallas, que demuestra que Ruby abandonó el establecimiento a las 11:17, como muy pronto.

El funcionario testificó que Ruby parecía completamente tranquilo y, sin embargo, cuatro minutos después disparaba su arma contra Oswald. Otro dato que nos demuestra la absoluta falta de ánimo de Ruby por acabar con la vida de Oswald, se centra en un detalle increíblemente lógico: Ruby se había acercado hasta la Western Union en su vehículo y hasta el DPD (Dallas Police Department) a pie ya que, como hemos dicho solo distaban unos pocos metros. Pues bien, Ruby llevaba aquel día a sus dos perros en el interior del automóvil cuando se abalanzó sobre Oswald. Los había llevado consigo para pasearlos mientras hacía sus gestiones y allí estaban todavía horas después cuando fueron encontrados por los agentes del DPD. ¿Pretendía pues Ruby matar, no sólo a Oswald –si ese era su propósito– sino también a sus perros, de hambre y asfixia dentro del vehículo?

¿Cómo podía esperar Ruby que su víctima habría de estar todavía en las dependencias policiales, si el traslado se había prefijado para las 10:00? ¿quién ayudó a Ruby a introducirse en el edificio? o, en su defecto, ¿Cómo es que ninguno de los más de 20 policías presentes durante el tiroteo prestaron atención sobre aquel conocido personaje cuando bajaba por la rampa del aparcamiento? ¿Colaboró la policía de Dallas con el asesino de Oswald? ¿Quién o qué entidad facilitó la labor de Ruby?

Y lo más angustioso de todo, ¿estuvo la policía de Dallas esperando la llegada de Ruby para trasladar a Oswald, facilitando así el asesinato?

Sin embargo, todavía existe un nuevo dato intrigante en la implicación de éste en el caso que nos ocupa: durante las semanas que continuaron a las muertes de Kennedy y Oswald, una testigo –Julie Ann Mercer– identificó a Ruby como uno de los hombres que estaban detrás de la verja de contención, desde donde supuestamente se habían efectuado los disparos de una segunda arma. La Comisión Warren no recogió este testimonio.

Llegados a este punto, y analizando fríamente el conjunto de evidencias que envolvieron el asesinato del presidente Kennedy, no podemos por menos que pensar que existió una conspiración para matarle, donde el único cabeza de turco habría de ser el eslabón más endeble y vulnerable de la cadena: Lee Harvey Oswald.

Analicemos punto por punto el proceder oficial durante el día de la visita del presidente Kennedy a Dallas, ya que consideramos que se prescindió de las reglas más elementales de seguridad.

Las calles designadas para el circuito del vehículo oficial fueron cerradas al tráfico tan sólo 2 horas antes que éste diera comienzo. Esto es, a las 10:00 de la mañana. Siendo este dato correcto, ¿de qué tiempo pudieron disponer los agentes de seguridad para inspeccionar la ruta, papeleras, portales, alcantarillas y, en consecuencia, valorar mínimamente el telex recibido en el departamento del FBI de Dallas, cinco días antes?

Es inconcebible que el Presidente y el Gobernador del Estado de Texas, John Connally, fueran en el mismo vehículo.

De igual modo, no se entiende por qué el vehículo del Presidente encabezaba la comitiva, precedido tan solo por unos cuantos agentes motorizados.

El trazado del circuito no debería haber observado un giro tan brusco desde la calle Houston a la Calle Elm.

El servicio de seguridad del presidente no debería haber permitido que la limusina no llevase capota, máxime cuando el Lincoln oficial tenía un diseño de cristal transparente antibalas para la protección de sus ocupantes.

El servicio de seguridad no debería haber permitido que hubieran tantas ventanas abiertas a lo largo del recorrido del vehículo.

Habían muy pocos policías apostados en el circuito. La seguridad programada no debería haber dejado tanto espacio entre ellos.

El vehículo jamás debió circular a 10 Km/Hora. De ser así, el servicio de protección personal debía estar apostado y corriendo junto a la limusina.

No se apostaron francotiradores cubriendo una posible retirada de la caravana oficial.

Los miembros del cuerpo de protección personal –guardaespaldas– no debían estar tan lejos del vehículo del Presidente en un punto de marcha lenta y posibilidad de aproximación de la multitud.

Estas premisas, tan obvias en cualquier cuerpo de seguridad, no parecieron tan importantes a los ojos de la Comisión Warren. Que el cuerpo de policía dispusiese un tan precario sistema de transporte y protección para el presidente de los EE.UU. habiendo sido anunciada esta visita con varias semanas de antelación, no pareció nada sospechoso para la Comisión Warren. Pero había más puntos ilógicos en este affaire:

¿Por qué “Oswald” no disparó mientras el vehículo circulaba por la calle Houston, una calle perpendicular al almacén de libros? Cualquier tirador aficionado sabe que el disparo más sencillo sobre un blanco en movimiento es el disparo desde la frontal del mismo, porque el móvil va creciendo ante los ojos del tirador, lo que favorece la apreciación del blanco. Además, si Oswald hubiese fallado el primer disparo, aun así hubiese tenido mayor número de oportunidades, dado que la limosina del presidente se veía sistemáticamente obligada a seguir circulando hacia él.

¿Por qué los testimonios de 51 testigos que afirmaban haber oído disparos provinentes de la verja del montículo situado junto al almacén de libros de la calle Elm, fueron obviados por la Comisión Warren? Muchos de ellos estaban a muy pocos metros de donde fueron efectuados los disparos de un segundo tirador, incluyendo al camarógrafo aficionado Abraham Zapruder que consiguó la cinta más corta y cara (25.000 dólares) de toda la historia de la filmoteca mundial. Incluso varios pudieron ver el humo provocado por, al menos, dos disparos. Incluso un análisis practicado sobre una grabación realizada durante el tiroteo por un aficionado afortunado, Lee E. Bowers, apostado en la acera de la calle Houston, reveló la existencia de un segundo tirador tras la verja de la calle Elm.

¿Por qué la Comisión Warren apoyó la hipótesis del “único tirador – tres disparos” incluso tras comprobar la existencia de los testigos que afirmaron haber visto un segundo tirador?

¿Por qué la Comisión Warren no recogió el testimonio de James Tague, el testigo que fue alcanzado por una de las balas durante el tiroteo, cerca del puente de la calle Elm? Este testimonio demuestra que hubo un segundo o un tercer tirador que disparó contra el Presidente, casi a nivel del suelo y desde su espalda.

¿Por qué no se prestó atención a la prueba de nitrato que demostraba que Oswald no había disparado ningún tipo de arma el día 22? Más aún, ¿por qué nadie se molestó en comprobar si la carabina había sido disparada aquel día?

¿Por qué no existe constancia de la detención de varios mendigos que estaban apostados en las cocheras de los vagones de tren tras la verja del montículo elevado, cuando incluso fueron fotografiados por un periodista de la revista Time-Life?

¿Por qué el conductor de la limosina oficial, Bill Greer, no acelera cuando escucha los primeros disparos, sino que incluso disminuye la velocidad del vehículo? Es sorprendente ver en la grabación de Zapruder que, mientras el Gobernador y el Presidente se contorsionan de dolor durante aquellos interminables siete segundos, e incluso habiendo gritado Connally “¡Dios mio, nos van a matar a todos!”, Creer parece mirar atrás intentando adivinar si aquello es cierto o ficción.

No, personalmente estoy convencido de que existió una conspiración para matar a John Fitzgerald Kennedy. Una conspiración tramada en las más altas cumbres políticas de los Estados Unidos, que incluso podrían haber tenido como cabeza el entorno del siguiente mandatario de la Casa Blanca, Lindon B. Johnson. De no ser así, cómo contestar a estas preguntas:

¿Por qué el mismo presidente accidental Johnson ordenó limpiar y reparar la limosina tras el atentado? Jamás podremos adivinar que innumero de evidencias fueron ocultadas con aquella maniobra: número de balas, agujeros en la tapicería, sangre, etc. Hoy, después de haber servido a varios Presidentes norteamericanos posteriores a Kennedy, la limosina yace en un museo tan impoluta y radiante como el primer día.

¿A quien se le ocurre enviar la ropa del gobernador Connally, agujereada y llena de sangre, a una tintorería para “quitarle las manchas”?

¿Por qué se insistió en hacer una autopsia militar segundos después de haber comenzado una primera autopsia civil, transportando el cuerpo de Kennedy fuera de Dallas?

¿Cómo es posible que el patólogo jefe y sus subordinados destruyeran sus notas y apuntes tras la autopsia de Kennedy? Por supuesto, los patólogos recibieron la orden de no hablar sobre lo sucedido en el quirófano.

¿Por qué se intentó camuflar la herida en la base del cuello de Kennedy, con una burda traqueotomía? Con esa incisión se destruyó toda prueba sobre la dirección y rumbo de la bala.

¿Cómo es posible que, estando el cuerpo de Kennedy en poder de los militares, desapareciera la sección de cerebro que no había sido arrancada por el disparo? Esa sección podría haber ofrecido importantes datos sobre la trayectoria de la bala que sentenció el destino de Kennedy.

En definitiva, en la actualidad, y gracias a la cautelosa y milimétrica intervención política y militar en la autopsia de Kennedy, no existe ninguna evidencia o testigo que pueda arrojar mayor luz sobre el número de proyectiles y tiradores que tomaron parte en el tiroteo del 22 de noviembre de 1963. Sin embargo, podemos evaluar algunos datos que confieren amplia credibilidad en la hipótesis de la conspiración contra el presidente de la Casa Blanca.

La bala mágica

Por un lado tenemos el testimonio del citado James Tague, quien fue rozado por una de las balas disparadas aquel día, bajo el puente de la calle Elm, a más de 30 metros del vehículo oficial. Una. Por otro lado, tenemos la bala que acertó en la cabeza del presidente Kennedy. Dos. Y, en consecuencia, nos queda una sola bala disparada para las otras siete heridas en los cuerpos del presidente Kennedy y del gobernador Connally. Enumerémoslas: Cuello y espalda de Kennedy, y axila, pecho, muñeca y muslo (anterior y posterior) de Connally. Después de este delirante recorrido, la bala fue hallada en perfecto estado encima de una de las camillas del hospital.

No sin cierta picardía, la Comisión Warren bautizó aquel proyectil como “bala saltarina”. ¿Cómo puede un pedazo de plomo romper tejidos y huesos (la quinta costilla y el radio de Connally) y salir de dos cuerpos sin un pobre arañazo? Por cierto, el propio gobernador Connally mostró su desacuerdo con la Comisión Warren afirmando que no fue alcanzado ni por el primero ni por el tercero de los proyectiles. ¿Y quien con más autoridad para saber sobre el tema?

A todas estas contradicciones, debemos sumar que el fusil de Oswald era una barata carabina italiana apodada “arma humanitaria”, por su bajo registro en aciertos durante una sesión de tiro sobre blancos móviles. Carabina que, para más inri, tenía la mirilla telescópica descompensada y, por si fuera poco, necesita más de 2 segundos para recargar un nuevo cartucho, expulsar la vaina utilizada, amartillar el percutor y apuntar medianamente bien. ¿Y aún pretende la Comisión Warren que Oswald pudo disparar tres balas en menos de ocho segundos? Hasta la fecha, infinidad de tiradores de élite han intentado imitar a Oswald en similares condiciones, sobre blancos móviles y con la misma arma. ¡Ni uno sólo de ellos lo ha conseguido!

Aportando mayor número de dudas al documento Warren, la segunda y tercera detonación son casi inmediatas, sin que haya posibilidad alguna de recargar el arma. Además, en cualquier ocasión, el primer disparo sería el más depurado de todos los efectuados en una sesión contra reloj, y según el juez Warren, el último (el tercero para él, que acertó en la cabeza de Kennedy) fue de una impecable perfección. Y aún más, ¿por qué la radio de un agente de policía motorizado que seguía la limusina del presidente a poca distancia, recogió accidental y afortunadamente el sonido de, al menos, seis detonaciones?

Sobre este particular, se ha afirmado más recientemente que la primera detonación recogida en la grabación corresponde a un débil estallido producido por el motor de una de las motocicletas policiales (muy oportuno, la verdad), que la tercera es el eco del primer disparo de Oswald, y que la sexta fue recogida por la radio del agente varios minutos después del incidente. De esto ser cierto, ¿quién disparó varios minutos después camino del hospital?, ¿Por qué el cuarto disparo no provoca ningún eco?

Esta explicación es ilógica. Si conjuntamos la grabación de audio con la filmación de Abraham Zapruder, observaremos que todas las detonaciones se corresponden con algún movimiento anormal o violento de Kennedy y/o Connally, producido, sin duda, por los impactos en sus cuerpos. Todas las detonaciones, a excepción de la primera –para la que no hay que buscar demasiado para encontrar una relación con el testigo James Tague–, tienen una base constatable en la cinta de Zapruder. Además, un humilde estudio sonográfico de la grabación descubre que todas las detonaciones muestran exactamente el mismo recorrido de ondas en un osciloscopio. Es decir, todos los sonidos recogidos por la radio del policía son disparos.

En mi opinión, aunque la humilde carabina de Oswald se hubiera encasquillado y el percutor se hubiese partido después del primer disparo, no hubieran sido suficientes indicios para la Comisión Warren para sospechar una obvia conspiración contra Kennedy.

Sin embargo, no existe ninguna posibilidad de conseguir rescatar nuevas evidencias sobre lo que ocurrió aquel día de noviembre de 1963, cuando un “buen presidente” fue acribillado mientras saludaba a la multitud que flanqueaba la calle Elm de Dallas. Y no es posible rescatarlo porque, increíblemente, no quedan testigos presenciales del magnicidio ni personas relacionadas con el mismo. En los siguientes tres años, todo aquel relacionado estrechamente con el asesinato del presidente o con los testigos presenciales que podían conocer datos ocultos para la mayoría de nosotros, murieron en extrañas circunstancias. ¿Un breve repaso…?

Lee H. Oswald, presunto magnicida. Asesinado por Jack Ruby ante decenas de policías y periodistas.

Jack Ruby, asesino de Oswald. Muerto de cáncer en prisión.

Abraham Zapruder, autor de la filmación del asesinato de Kennedy. Cáncer.

Clay Shaw, empresario y miembro del crimen organizado. Cáncer.

Tom Howard, abogado de Jack Ruby. Ataque al corazón, no hubo autopsia.

Earlene Roberts, secretaria de Ruby. Ataque al corazón, no hubo autopsia.

William Whaley, taxista cuyos servicios usó Oswald durante su huida de la escena del crimen. Implicado en un accidente de tráfico, el otro conductor huyó y jamás fue encontrado.

Edward Benavides, hermano gemelo de Domingo Benavides, testigo ocular del asesinato del agente Tippit. Atropellado por un conductor que se dió a la fuga.

Lee Bowers, testigo que filmó el posible segundo tirador tras la verja de la Calle Elm. Accidente de tráfico sin un motivo aparente.

Mau Shown, suministraba drogas a Ruby. Atropellada en una carretera solitaria, el conductor se dio a la fuga.

David Ferry, amigo de Oswald. Derrame cerebral sin causa determinada.

Jim Koethe, escritor de un libro sobre el magnicidio que jamás vio la luz. Asesinado por un golpe de karate.

Bill Hunter, reportero policiaco que tuvo acceso a las actas. Un policía le disparó accidentalmente cuando abandonaba el Dpto. de policía de Dallas.

Nancy Monney, bailarina y amiga de Ruby. Ahorcada en prisión tras ser detenida en una redada.

Hank Killam, esposo de una empleada de Ruby. Degollado en Florida, nunca se encontró al asesino.

Dorothy Killgallen, reportera que consiguió entrevistar a Ruby en prisión. A la mañana siguiente, fue hallada muerta tras haber ingerido una sobredosis de somníferos. Sus notas nunca fueron halladas.

Bill Decker, sheriff del condado que acompañaba a Kennedy en el vehículo oficial. Causa de la muerte, desconocida.

Y la lista continúa con un sinfín de implicados, directa o indirectamente, en el asesinato del presidente Kennedy y sus consecuencias posteriores. Muchos de ellos tienen una innegable relación con los datos omitidos o minimizados por la Comisión Warren, organización que tergiversó y falsificó declaraciones, mutiló informes y manipuló testigos. Una organización que sometió a la viuda de Oswald, Marina, a dos meses angustiosos de interrogatorios ininterrumpidos hasta hacerla cambiar de opinión sobre su esposo. Una organización que trabajó a marchas forzadas por instrucciones personales del presidente Lyndon B. Johnson. Una organización que desestimó declaraciones de decenas de testigos, simplemente porque no coincidían con un planteamiento genérico previamente decidido. Una organización que tergiversó y ocultó pruebas que apoyaban la hipótesis de la conspiración. Una organización que no tuvo valor de denunciar un asesinato premeditado posiblemente en las más altas esferas politico-militares de su país.

Lo cierto es que todavía debemos esperar más de treinta años para conocer las verdaderas cuestiones elementales que desde 1963 naufragan en este mar de cuestiones. El Gobierno estadounidense tuvo la precaución de designar una fecha para desclasificar la información subjúdice sobre este crimen, que no permitiera a los interesados en que se hiciera justicia, denunciar a los implicados en esta conspiración. Mientras tanto, debemos confiar en nuestra intuición y sopesar las evidencias recogidas a lo largo de los años sobre este truculento asunto.

Debemos analizar el comportamiento de las autoridades norteamericanas antes y después del asesinato de Kennedy –e incluso durante–, y meditar si es posible cometer tantos errores en tan poco tiempo. Debemos observar las consecuencias posteriores a la muerte del Presidente y meditar si ese era el planteamiento que la mayoría de norteamericanos deseaban y admiraban en el antecesor de Lyndon Johnson. Y, por último, debemos tener suficiente valor para denunciar la despreciable maniobra premeditada por los que no quisieron ofrecer la verdad completa al pueblo norteamericano y, en consecuencia, a todo el mundo.

Las últimas incongruencias del Caso Oswald

Una de las mayores críticas recibidas por la Comisión Warren tras su dictamen, donde observaba como único responsable del magnicidio al empleado del almacén de libros de Texas de la calle Elm, Lee Harvey Oswald, fue que el único fin de dicha comisión fue demostrar la implicación de éste en el asesinato, sin observar acaso que hubiera existido una implicación de terceros en la misma. Es decir, lo importante no era demostrar que hubo una conspiración en el asesinato de Kennedy, sino que Oswald estuvo implicado como único responsable en él. Hasta tal punto es así que cualquier referencia o apunte que arrojase luz sobre esta posibilidad era sistemáticamente anulado, omitido o, en el caso de existir testigos en su favor, eran desmentidos por la Comisión.

En este particular, el caso del pueblo contra Oswald no se pugna únicamente en la plaza Dealey, la mañana del 22 de noviembre de 1963, donde 33 testigos presenciales de vital importancia fueron invalidados por la Comisión Warren por el mero hecho de haber apuntado a la verja de madera del montículo de césped en frente del almacén de libros, y no a éste como lugar de procedencia de los disparos. El caso del pueblo contra Oswald no se pugna únicamente en los testigos que contradicen todas y cada una de las aseveraciones de la Comisión Warren entorno a la persona de Oswald, incluyendo los que le sitúan aquella mañana en emplazamientos diferentes al sexto piso del edificio y que era un cero a la izquierda con las armas de fuego. El caso del pueblo contra Oswald no se pugna únicamente en saber que un chaval de 24 años puso fin a la vida de un Presidente, sino en saber si ese chaval fue entrenado para ser el perfecto cabeza de turco.

Hemos visto y señalado algunos detalles en la vida de Oswald que sorprenden por su incoherencia, ahondando en los sin motivos, las suspicacias y el doble juego, despropósitos que indican que Oswald sufría un estado de alteración psicológica evidente, que alguien incluso ha llegado a achacar a su desmesurado deseo de figurar, tomar las riendas de su vida y la de otros, baja autoestima… sea como fuere, en no pocas ocasiones hemos apuntado detalles que confieren a la vida de Oswald una doble personalidad incoherente e irreflexiva. Por ejemplo, su postulado a favor y, al mismo tiempo, en contra de la política de Fidel Castro mientras estuvo viviendo en Nueva Orleans, tan obvia y fácil de constatar y descubrir que sólo un suicida podía correr tal riego, demuestra que Oswald era poco menos que un enfermo mental o, la más absurda de las hipótesis: que existían dos “Oswalds” completamente idénticos pero también completamente diferentes. Y esta sección está creada con ese fin: demostrar que Oswald era una quimera para sí mismo, una identidad creada desde su más tierna infancia con un sólo fin: ser un instrumento para los intereses de su país.

Esta hipótesis, aunque aparentemente descabellada y especialmente enrevesada, no es en absoluto el campo de batalla de nuevos buscadores de misterios dentro del magnicidio. Las pruebas que apuntan a esta posibilidad ya son apuntadas por la Comisión Warren en su informe, aunque también son descartadas con la mayor presteza, tachando de equívocos y de errores a los que apuntan la existencia de dos Oswald de características físicas similares, detectados en diferentes puntos del país al mismo tiempo o con conocimientos y actitudes diferentes. Pero las sospechas alcanzaron una mayor difusión en 1966 y 1967 durante la investigación y posterior juicio contra Clay Leavernne Shaw, llevada acabo por el fiscal del distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, en el primer juicio popular que observó la posibilidad de una conspiración en el caso del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Las pruebas, las antiguas y las más recientes, son mostradas aquí.

Lee Harvey Oswald fue operado de amigdalitis en dos ocasiones, en 1945 y en 1957, y en ambas ocasiones fue redactado un documento en su historial médico para evidenciar la intervención quirúrgica. En ambas ocasiones, las amígdalas fueron extirpadas… Cualquier aficionado a la medicina puede certificar que las amígdalas no vuelven a crecer.

James B. Wilcott, un ex contable de la CIA, juró en una sesión confidencial del Comité Selecto para Asesinatos que fue informado por otros empleados de la CIA que Lee Harvey Oswald estaba pagado por la CIA, y que ese dinero que él había desembolsado era para “Oswald o el proyecto Oswald”. El informe de dicho comité indicó que otros empleados de la CIA rebatieron el testimonio de Wilcott, pero ninguna de sus declaraciones fue incluida en el informe.

Marina Oswald, la esposa de Lee, testifica junto a decenas de allegados a él, que no tenía ni vehículo propio, ni carnet de conducir ni que tuviera nociones de conducción. Nadie de su entorno más cercano vio nunca a Lee conduciendo un coche. Sin embargo, investigadores han encontrado recientemente a compañeros de Oswald tanto en Nueva Orleans como en el almacén de libros de Texas, en Dallas, que no sólo dicen que supiera conducir, sino que incluso le acompañaron en el interior de un vehículo, mientras él conducía.

El día del magnicidio, Oswald fue visto desde primera hora de la mañana, vistiendo una camiseta de color marrón por muchos testigos del almacén de libros e incluso por el vecino con quien viajó hasta allí, Wesley Frazier. Al mismo tiempo, otro buen número de testigos vio a Oswald en los alrededores del edificio vistiendo una camisa de color blanco.

Varios testigos identificaron al asesino del agente J. D. Tippit, vistiendo una camisa blanca o de un color claro. Cuando Oswald fue detenido en el cine Texas, vestía una camisa de color oscuro. Al mismo tiempo, la cartera de Oswald fue hallada en el lugar del asesinato de Tippit con su documentación y allí fue registrada. Cuando el presunto asesino fue conducido hasta el DPD, fue registrado y le fue encontrada la cartera en el bolsillo trasero de su pantalón… con la misma documentación.

Unas 12 horas después del asesinato, por la mañana del día 23, Mary Lawrence estaba trabajando en el Restaurante B & B, a poco metros del Vegas de Jack Ruby. Ella era la camarera a cargo y conocía a Jack Ruby por más de 8 años. Ella y la cajera nocturna vieron a Jack Ruby y una persona idéntica a Lee Harvey Oswald en el restaurante poco después de medianoche. Ella informó esto a la Policía de Dallas y recibió una llamada telefónica el 3 de diciembre, de un varón desconocido que le dijo “si no quiere morir, mejor será que abandone la ciudad”. Cuando después fue entrevistada por la Policía de Dallas, Mary Lawrence declaró que el hombre con Ruby era “con toda seguridad Lee Harvey Oswald”. Ni Mary Lawrence ni su amiga fueron entrevistadas por la Comisión Warren.

Hasta aquí unos puntos harto significativos que indicarían la presencia en escena de un siniestro “segundo Oswald”, una tapadera para las maniobras aparentemente carentes de sentido del presunto magnicida. Sin embargo, las dos pruebas que más determinan esta, lo reconozco, increíble hipótesis son las siguientes:

A su vuelta de Rusia, Oswald viaja a Ciudad de México para encontrarse con tres agentes de la KGB, con la intención de solicitar un permiso para emigrar a Cuba. Independientemente del contexto y resultado de aquella reunión, cabe señalar que el servicio de seguridad de la Embajada Soviética en México tomó unas imágenes del presunto Oswald.

Nadie hasta el día de hoy puede dar crédito a que la persona que aparece en la imagen es Lee Harvey Oswald. Sobre todo teniendo en cuenta el testimonio de una exiliada cubana afincada en Nueva Orleans llamada Silvia Odio que recibió precisamente en esas fechas la visita de unos compatriotas cubanos que le presentaron a Oswald bajo el nombre de León Oswald. La Comisión Warren afirma que la Srta. Odio se equivoca ya que Oswald está en Rusia intentado emigrar a Cuba.

Lo interesante de la reunión con ella fue el modo en que los compatriotas cubanos intentaron por todos los medios que la exiliada cubana recordase a toda costa la fisonomía y las tendencias políticas de Oswald. Estos, después de abandonarla a altas horas de la madrugada, volvieron a llamarla horas después para preguntarla qué le había parecido el americano que le habían presentado, el tal Leon Oswald, describiendo algunas de sus peculiaridades, expresiones, etc. Silvia Odio, años después, describiría ante los periodistas e investigadores que, tras el magnicidio y atando cabos, comprendió que aquella fue una maniobra de camuflaje y que ella había servido como coartada para algún motivo, cualquiera que éste fuera.

La segunda prueba que muestra que la hipótesis del Oswald2 es real, es, a pesar de ser bastante desconocida, la más evidente de cuantas hayamos podido reproducir:

En noviembre de 1954, según el testimonio principal del profesor del Beauregard Junior High School de Nueva Orleans, Ed Voebel, Lee Oswald mantuvo una dura pelea con un compañero suyo, Johnny Neumeyer, a consecuencia de la cual Lee resultó herido en la cara, desgarrándose el labio superior y perdiendo el diente incisivo superior izquierdo, que fue segado de raíz. Como prueba de este enfrentamiento y posterior consecuencia, existe una fotografía tomada ese mismo año por el propio Ed Voebel de la clase de Oswald donde un sonriente jovencito de 15 años de nombre Lee Harvey Oswald, parece indicar a la cámara que le falta un diente en su maxilar superior.

Pues bien, La inspección médica del cuerpo de marine de los EE.UU. reportó que el Lee Harvey Oswald que acababa de alistarse en sus filas con 18 años no carecía de ningún diente en su boca.

Es más, en 1981, cuando el cuerpo de Oswald fue exhumado de su tumba gracias a los esfuerzos del escritor Michael Eddowes, fue realizado un muy completo estudio fotográfico y de Rayos X de los restos del cadáver. La imagen obtenida de la zona maxilar es completamente reveladora…

El film de Zapruder

Abraham Zapruder era muy aficionado a las películas domésticas. El 22 de Noviembre se encontraba en Dealey Plaza dispuesto a filmar la comitiva presidencial con su nueva cámara de 8 mm. Estaba en compañía de su secretaria, Marilyn Sitzman, la cual le ayudó a encaramarse a uno de los pedestales laterales de la pérgola existente en Dealey Plaza. Desde esta privilegiada posición el Sr. Zapruder grabó el que es sin duda el documento gráfico más importante de todos tomados sobre el atentado y uno de los más importantes del Siglo XX.

Comenzó a filmar en cuanto aparecieron los motoristas que iban al frente de la comitiva presidencial, si bien la limusina no aparece hasta el fotograma nº 133.

En el fotograma 186 se observa la primera reacción significativa de los ocupantes de la limusina, asi como de algún espectador:

A) Kennedy deja de saludar al público y comienza a girar su cabeza hacia la derecha. Jaqueline Kennedy, que hasta ese momento va mirando y saludando al público del lado izquierdo de la limusina también gira su cabeza hacia la derecha.

B) La pequeña Rosemary Willis que corre paralela a la limusina por el cesped de la parte sur de Elm Street deja de correr y mira bruscamente hacia atrás.

Después de unos fotogramas en los que lo que ocurre en la limusina no puede apreciarse debido al cartel señalizador de la autopista que obstaculiza la visión, Kennedy reaparece en Z-225. En Z-228 se aprecia claramente como se ha llevado las manos al cuello, lo que es señal inequívoca de que ha sido alcanzado.

En este fotograma son dignos de mención otros dos detalles:

A) El hombre que porta un paraguas y que no fue identificado (el día estaba soleado ¿para que un paraguas abierto?)

B) Un hombre de aspecto latino que permanece con el brazo en alto durante la mayoría de la secuencia y que tampoco fue ni ha sido identificado, a pesar de ser uno de los testigos más próximos a la limusina como puede apreciarse en el fotograma.

La Comisión Warren afirmó que el mismo disparo que hirió a Kennedy en el cuello causó las cinco heridas del Gobernador Connally. Esta teoría es la conocida como la “Teoría de la Bala Única” y la bala que realizó semejante “hazaña” es la famosa “bala mágica” (también conocida como CE399).

Sin embargo una vez más la evidencia apunta a un error en las consideraciones de la comisión Warren, ya que según su teoría en el fotograma 228 (arriba) Connally ya ha sido herido, mientras que el fotograma 272 nos muestra que el Gobernador sostiene el sombrero Stetson con su mano derecha, cosa imposible si esta hubiese sido atravesada por una bala dos segundos antes.

El fotograma 313 recoje el momento del disparo mortal a la cabeza. Se produce una gran explosión en la zona derecha de la que gran cantidad de tejido cerebral, hueso y sangre salen despedidos. La secuencia completa desde el fotograma 313 hasta el 319 es esta:

El hecho de que la cabeza de Kennedy sea proyectada hacia atrás y a la izquierda indica para la mayoría de los investigadores críticos un claro disparo desde la parte delantera derecha, es decir, desde el montículo de hierba de Dealey Plaza y no desde el Texas School Book Depository que había quedado ya a la espalda.

Sin embargo, y como casi todo en este asunto, también los defensores de la teoría del “asesino solitario” tienen un argumento al que agarrarse. Si examinamos el movimiento inmediatamente anterior a la explosión, es decir, el movimiento del fotograma 312 al 313, se observa que la cabeza se mueve hacia delante por una fracción de segundo, lo que apoyaría la versión de un disparo desde atrás que provoca un pequeño movimiento hacia delante antes de la explosión de la cabeza, explosión que por el efecto de reacción sería la responsable del movimiento hacia atrás y a la izquierda.

Los investigadores no parecen ponerse de acuerdo respecto a si la inercia de una bala puede provocar el movimiento de la cabeza hacia delante, si puede, la explosión del cráneo tiene suficiente potencia para impulsar bruscamente la cabeza hacia atrás y a la izquierda, etc… Esto es terreno abonado para la discusión, asi que si entre vosotros hay algún físico podría entretenerse en hacer él mismo los cálculos.

Tras el impacto mortal en la cabeza del Presidente observamos como Jaqueline intenta acceder a la parte trasera de la limusina, no sabemos si intentando huir o, como afirman algunos, intentando recoger un trozo del cerebro de su marido que había quedado sobre el maletero o simplemente buscando la ayuda de los agentes del Servicio Secreto.

El agente Clint Hill se encarama al coche presidencial, aunque ya es demasiado tarde. Kennedy yace en el asiento trasero de la limusina prácticamente muerto.

El conductor de la limusina reacciona por fin y aumenta la velocidad para dirigirse hacia el triple paso inferior del ferrocarril y desde ahí salir por la autopista Stemmons hacia Parkland Hospital.

En este fotograma se aprecia a James Tague detrás de la puerta de su coche (en el círculo). Tague fue herido en la mejilla por un proyectil, lo que obligó a la Comisión Warren a reconocer que uno de los disparos había errado y no había conseguido alcanzar a la limusina. Como todos los testigos declaraban haber oído tres disparos, y como era materialmente imposible que alguien hubiera disparado más de tres disparos en tan poco tiempo a la Comisión Warren sólo le quedaban dos disparos libres y uno era el de la cabeza. Por fuerza para ellos el otro tenía que ser el que hubiera causado todas las demás heridas del Presidente y de Connally ya que si no habría que pensar que hubiese habido más disparos, y esto sería reconocer la existencia de una conspiración… Esta es la explicación de porqué tenía que existir la “bala mágica”.

     Asesinato de JFK (7,4 MiB, 566 hits)
    Descripción de archivo: El film de Zapruder.

1 comentario
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 1 comentario
Comentarios
Mar 14, 2020
22:08
#1 rober:

interesante. claro que por aquellas épocas lo mejor fue culpar indirectamente a la unión soviética. saludos

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