He perdido ya la cuenta de cuántas veces me he preguntado cómo mi derrotero a través del Esoterismo terminó, en algún punto, en algún momento, haciéndome embarrancar en las playas de las tesis conspiracionistas, oteando el horizonte buscando –o temiendo– encontrar a ellos, los que llamamos Illuminati (aunque sabemos que hace tiempo dejaron de identificarse así). Yendo atrás, muy atrás, me pregunto si todo no comenzó en aquellas nostálgicas y primigenias épocas de dedicación casi exclusiva a la investigación OVNI. Quizás, durmió latente la intuición que había Poderes en las Sombras empecinados en boicotear el Conocimiento de realidades trascendentes. Tal vez, aquél ya relatado en alguna ocasión primer encuentro mío con Hombres de Negro en mi tardía adolescencia dejó el símil de algún síntoma post traumático que se metamorfoseó en conspiranoica infección. O quizás, nada tiene que ver con nada y estoy simplemente equivocado, buscando definir lo inexplicable en términos de lo explicable y encontrando vínculos donde sólo hay irredenta imaginación, divagaciones de alguna trasnoche insomne… Pero déjenme ponerlo en duda.

Hasta aquí, esto ha sido sólo un cierto devaneo intelectual como para permitirme el margen falible de la duda frente a lo que, hoy, es para mí una certeza plena. Hablo (escribo, mejor) sobre la inevitable presencia, accionar e influencia de los Illuminati en nuestra vida de todos los días, pero también en que sus objetivos trascienden lo meramente material, económico, geopolítico y alcanza niveles más profundos. O más trascendentes. Alcanzan lo espiritual.

Porqué habrían estos Barones de las Tinieblas tener un específico interés en accionar y controlar nuestros yoes espirituales es algo que sé que muchos de mis lectores intuirán. Lo sintetizaré en una sola oración: estoy convencido que los Illuminati sirven a intereses (tendría que haber escrito “a entidades”) no humanos. No físicos. Que esos intereses (esas entidades), como cualquier ser vivo del Universo, busca satisfacer sus básicas necesidades: alimentarse, crecer, reproducirse. Y que para alimentarse, por ser, justamente, “no físicas”, no lo harán con una hamburguesa de Mac Donald’s. ¿Qué tal nuestras emociones negativas? ¿Qué tal el miedo, la desesperanza, la mediocridad de una sociedad dominada? ¿Qué mejor que desangrar astralmente a un masivo rebaño de imbéciles distraídos en rumiar la pitanza de todos los días a la que se supone –se condiciona– culturalmente como un fin en sí misma? ¿Qué puede haber más “sensato”, “maduro”, “lógico” para el ganado que amanecerse todos los días buscando la hierba para mascar, el agua para beber, el lugar para defecar, caminando cómodamente bajo el sol dentro de los límites de un alambrado el cual, si por ventura se les ocurre tratar de trasponer, les recordará con una dolorosa descarga eléctrica que no está permitido franquear los límites? Día tras día, buscar muy serios y circunspectos, como reses adultas y ubicadas, la hierba, el agua, esperando el cotidiano ordeñe que aceptan con resignación propia de individuos responsables que cumplen sus obligaciones y a la par, sin saberlo, el momento de ser apartadas, quedando para unas la resignación de la inexplicable y quizás teleológica partida de su congénere, y para la otra, la cuchilla del matarife.

De esto deviene un a sugerencia: quizás nos estamos equivocando al buscar, identificar, a los Illuminati con los jerarcas políticos, militares o económicos que medran sobre la faz de la Tierra. Quizás deberíamos buscarlos (o, cuando menos, reconocer a sus empleados más fieles y entusiastas) entre los personajes fuertemente mediáticos, los “modelos” pasatistas de una sociedad moralmente, éticamente y racionalmente devaluada. Sobre este particular volveré. Permítaseme hoy, aquí, enfocarme –ya verán porqué nunca mejor empleado (cuando menos, por mí) este término– en uno de los mecanismos intrínsecos al accionar Illuminati que podría resumirlo así:

En última instancia, el efectivo control por parte de los Illuminati nace en el proceso de enlentecer o detener la evolución mental y espiritual de la humanidad mediante la dependencia adictiva a la infelicidad.

¿Pero cómo puede ser esto? ¿No debería haber escrito algo como “dependencia adictiva a la felicidad”? ¿Cómo podría, no ya un colectivo, sino un individuo enviciarse con la infelicidad? Suena perverso. Y es coherente, pues perversos son los Illuminati.

“Cuando la conciencia está en «punto muerto», el ser humano pierde el sentido de los valores, cesa de verterse al exterior, de desear ensanchar sus límites y de expandir sus posibilidades. Todo deja de parecerle digno de esfuerzo y, cuando esto ocurre, queda abierto el camino a la pasividad y la estupidez. Podría decirse que la diferencia fundamental entre el genio y el hombre normal radica en el hecho de que el primero posee la capacidad de concentrarse de manera continuada en unos valores por él establecidos, mientras que el segundo cambia constantemente de objetivo, variando de hora en hora, casi de minuto en minuto.” Las palabras son del escritor e investigador paranormal inglés Colin Wilson, y resumen la idea que quiero exponer aquí:

El crecimiento espiritual e intelectual es directamente proporcional a la capacidad de concentrar, de enfocar nuestra energía mental. En el terreno académico esto es bastante obvio: aquél estudiante que hace gala de una buena capacidad de concentración a la hora de estudiar tiene un rendimiento mayor que quien se disperse ante el simple vuelo de una mosca. Y a lo largo de la vida, la capacidad de concentrarnos en nuestras tareas y actividades va asociada con la eficiencia y éxito promedio.

Por esta razón llama mi atención que no parezca obvia la relación con los recursos espirituales, en primer lugar. Señalo el hecho que como en toda concentración, el crecimiento espiritual por efecto de la concentración de nuestros recursos es una función cualitativa, no cuantitativa. Ergo, no será quien pase más tiempo dedicado a actividades espirituales quien tenga a su alcance un más pronto crecimiento, sino quien lo haga con más impecabilidad. De aquí deviene que si se desea estancar el crecimiento espiritual de una comunidad, nada mejor que dispersar sus posibilidades de crecimiento espiritual dispersando sus esfuerzos a través de dos mecanismos: la generalización del miedo –como fusible de nuevas búsquedas espirituales– y la construcción de un paradigma de autoridad espiritual que actúe como un dique de contención de las inquietudes y los sanos cuestionamientos.

¿Acaso no he escrito también que sospecho como algunas opciones de los movimientos espirituales supuestamente alternativos terminan siendo en definitiva funcionales al sistema? ¿Acaso no he señalado que la Nueva Era será revolucionaria o no será? Y sobre este escenario, es tiempo de show.

El hombre de hoy tiene la posibilidad de comprender el mecanismo de la conciencia y de avanzar directamente hacia su objetivo, obligando a su voluntad a un rendimiento máximo. El problema actual del ser humano no radica en la incapacidad de lograr la concentración necesaria para el desarrollo de sus facultades psíquicas, sino en la ignorancia de lo que tal concentración pueda valerle. Y esto nos lleva a formular algo de vital importancia: el «ocultismo» no constituye un intento de correr el velo de lo desconocido, sino, tan sólo, de la trivialidad que llamamos presente. Y el mecanismo que debemos utilizar para lograrlo es muy sencillo. Por lo general, nunca salimos de nosotros mismos. Si no tenemos nada concreto en que ocuparnos, dejamos vagar la mente repasando la chismografía del barrio, incubando alguna preocupación o resentimiento o bien rememorando el programa de televisión que vimos la noche pasada. Yo mismo elijo en qué quiero ocupar mi conciencia. Ahora bien; supongamos que doy un paseo por la bella costa de mi ciudad. Contemplo un impresionante panorama, pero lo veo siempre a través de una especie de bruma, el de mi Yo, mis egoístas, mediocres e “inmediativas” (por “inmediatas” e “inasivas”) ocupaciones y mis triviales preocupaciones.

Con mi aquiescencia, el paisaje se mezcla con «vibraciones» mediocres. Pero veamos qué ocurre cuando estas vibraciones son más profundas. Imaginemos que contemplo el mismo paisaje y esto me trae a la memoria lo aprendido sobre la épica libertadora de principios del siglo XIX, las personas que vivieron, sufrieron y amaron caminando sobre esos mismos adoquines. ¿Qué ocurre cuando experimento esta súbita vibración de seriedad? Me libero de una visión exclusivamente personal, miope, comparable por sus cortos alcances a la del gusano, y caigo en la cuenta de que la vida es más amplia, sugestiva, importante y trágica de lo que hasta este momento creía. En realidad lo «sabía» ya antes, pero, con toda intención, lo había dejado caer en el olvido.

Éste es el efecto que provoca toda manifestación artística: rescatarnos de la trivialidad que hemos elegido y hacia la cual manifestamos tan marcada tendencia.

Se hace, pues, evidente, que el ser humano tiene dos opciones ante sí: resistir la tendencia a sumirse en la trivialidad, o aceptarla como cosa natural. El despertar espiritual consiste en un esfuerzo deliberado por dejar atrás la insustancialidad de la infancia y concentrar el interés intelectual en asuntos más importantes: el arte, la ciencia, la música o la investigación. No es que dependa de orar todo el día. Y se ppuede tener cuarenta años y sin embargo, en lo que a la espiritualidad concierne, seguir siendo un infante. Y una vez más, sostengo y defiendo que se puede despertar espiritualmente no sólo “aún” con la ciencia, sino en puridad gracias a ella, en la medida que no confundamos lo científico con lo académico.

Esas vibraciones más serias e intensas a que me he referido van acompañadas de «tensión». Esta «tensión» puede ser consecuencia de un esfuerzo de la voluntad o de la imaginación, o bien puede producirse espontáneamente, sin el concurso, al menos aparente, de la voluntad (como durante el acto sexual, por ejemplo). Este tipo de vibración, esta tensión, constituye precisamente la meta de toda disciplina religiosa, mística y ocultista. Como consecuencia de ella, el hombre siente aumentados notablemente sus poderes.

Es sin duda lamentable que la mayoría de los seres humanos acepten la trivialidad que invade sus vidas como algo inevitable y natural, sin aspirar a transformar lo más mínimo en el resto de sus existencias.

Por Gustavo Fernández

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 7 comentarios
Comentarios
jul 5, 2010
3:28
#1 Nick:

Excelente texto, recién he comenzado a descubrir los numerosos escritos de este autor que justamente hoy encontré por “casualidad”.

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jul 5, 2010
16:35
#2 Rintintin:

La teoria conspirasionista de los iluminatis esta pasada de moda, ese grupo esta obsoleto y actualmente no tiene poder. Ahora existe otro grupo que es mucho mas peligroso y destructivo para la humanidad que los iluminatis. La teoria conspiracionista de los iluminatis es usada para desviar la atención del grupo imperante actual.

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jul 5, 2010
17:10
#3 Arkantos:

El cual es…???

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jul 5, 2010
21:47
#4 HORACIO:

TAMBIEN CONCIDERO UN MUY BUEN TEXTO….PERO NO ME ARROJA NADA NUEVO…SALUDOS

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jul 5, 2010
21:54
#5 HORACIO:

PARA RINTINTIN….TODOS LOS DIAS EL SISTEMA MUNDIAL NOS HACE DESVIAR DE LO REAL…PARA QUE VIVAMOS UN TRUMAN SHOW..TODO EL MUNDO SABE DEL AUTO ATENTADO A LAS TORRES GEMELAS…PERO EL MUNDO NO SE LEVANTA A ..DECIRLO.!!! POR QUE .?? PUES CADA PAIS INVENTA LO QUE QUIERE….PARA QUE LAS VACAS SIGAN COMIENDO PASTO.!!!

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jul 6, 2010
22:56
#6 Pablo:

Lamentable pero cierto lo que dice colins. Yo por mi parte siempre estoy metido en mis trivialidades cotidianas, yo no creo teorias conspiranoicas por cierto, lo que si creo, es que el ser humano moderno se ve envuelto en sus propias creaciones tecnologicas, lo cual vuelve a la vida diaria en una sucesion interminable de trivialidades a causa del consumismo que esto conlleva, de una manera interactiva entre tecnica-consumismo-trivialidad.

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ago 7, 2010
22:11
#7 abraham:

Espero de todo corazon que me leas.

cito: Esas vibraciones más serias e intensas a que me he referido van acompañadas de «tensión». Esta «tensión» puede ser consecuencia de un esfuerzo de la voluntad o de la imaginación, o bien puede producirse espontáneamente, sin el concurso, al menos aparente, de la voluntad (como durante el acto sexual, por ejemplo). Este tipo de vibración, esta tensión, constituye precisamente la meta de toda disciplina religiosa, mística y ocultista. Como consecuencia de ella, el hombre siente aumentados notablemente sus poderes.

yo tambien lo nombro poderes
sabe a lo que me refiero, y esa tencion que nombras es realmente incomoda, lo que no comprendo es por que nadie de los que son despertados quiere ablar de el tema a su profundidad, yo cuando me paso lo que a ti, empeze a tener miedo, y a buscar por internet lo que me pasaba y de echo, por esto estoy aqui saludandote. no se como se llama lo que pasa, pero es como renacer. luis_malo@live.com
agregame si gustas, me gustaria ablar de el tema, estoy en el proceso de origenes, saber como soy en realidad ya paso, ahora estoy donde quiero saber claramente quien e sido, oero a la vez ya alcanzo a apreciar las cosas realmente y darme cuenta de eso que quieres explicar aqui.

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