La región en el corazón de nuestra galaxia aún está llena de misterios, pero los astrónomos acaban de encontrar una pista sobre su pasado: dos enormes burbujas emisoras de radio que se extienden 700 años luz, una sobre y otra debajo del plano galáctico.

Los investigadores piensan que podrían ser el resultado de una enorme erupción de Sagitario A*, el agujero negro supermasivo en el centro de la Vía Láctea, sucedida millones de años atrás.

Si «burbujas galácticas» suena familiar, es necesario aclarar primero que no estamos hablando de las gigantescas burbujas de rayos gamma descubiertas por el Telescopio Fermi en 2010, que se extienden de igual manera pero alcanzan una distancia de 25.000 años luz cada una.

Las burbujas recientemente halladas son algo totalmente nuevo —y tal vez relacionado—, algo que los astrónomos no habían visto nunca antes. Están entre las estructuras más grandes en el centro de nuestra galaxia y revelan información sobre su dinámica.

«El centro de nuestra galaxia está relativamente tranquilo en comparación con otras galaxias con agujeros negros centrales muy activos», explicó Ian Heywood, de la Universidad de Oxford y autor principal de la investigación sobre el hallazgo. «Aún así, el agujero negro central de la Vía Láctea puede, de vez en cuando, volverse inusualmente activo, encendiéndose a medida que periódicamente devora grandes masas de polvo y gas. Es posible que uno de esos frenesí alimentarios desencadene poderosos estallidos que inflan esta característica nunca antes vista».

(Heywood et al., Nature, 2019).

Pistas sobre la posible existencia de estas estructuras habían surgido en los 1980s, cuando el astrónomo y físico Farhad Yusef-Zadeh de la Universidad Northwestern y sus colegas encontraron algo extraño en el centro galáctico: filamentos de gas delgados y altamente magnetizados, con decenas de años luz de extensión y solo 1 año luz de ancho, emitiendo ondas de radio sincrotrónicas.

Estos filamentos cósmicos no se habían observado en otro lugar del universo y su origen permaneció en el misterio…

Pero algo ha cambiado en la actualidad. El telescopio MeerKAT del Observatorio de Radioastronomía de Sudáfrica (SARAO) fue construido. Consiste de 64 radioantenas interconectadas que ofrecen una sensibilidad sin precedentes en longitudes de ondas de radio, perfectamente posicionadas en el hemisferio sur para tomar las imágenes más profundas del centro de la Vía Láctea.

MeerKAT.

El equipo internacional usó dicho telescopio para echar un vistazo al corazón galáctico y, por primera vez, fueron capaces de ver las burbujas de radio, tenues pero detectables, en medio de la gran cantidad de brillo que inunda la región.

El evento que las causó podría también ser el responsable por acelerar los electrones que como consecuencia crearon las emisiones sincrotrónicas observadas en los filamentos.

«Las burbujas de radio halladas con MeerKAT arrojan luz sobre el origen de los filamentos. La mayoría de ellos están justamente confinados a las burbujas», explicó Yusef-Zadeh.

La estructura entera —formada por las dos burbujas que en conjunto recuerdan la silueta de un reloj de arena— se extiende 1.400 años luz en total y es inusualmente simétrica. Esta simetría provee algunas pistas sobre cómo fueron creadas las burbujas; el tamaño, restringido por la velocidad de la luz, pone el límite tope de unos pocos millones de años luz de antigüedad.

«La forma y la simetría de lo que hemos observado sugiere fuertemente que ocurrió un evento asombrosamente poderoso hace unos millones de años muy cerca del agujero negro central de nuestra galaxia», señaló en un comunicado William Cotton, astrónomo del Observatorio Nacional de Radioastronomía en Charlottesville, en Estados Unidos.

«Esta erupción posiblemente fue provocada por grandes cantidades de gas interestelar que cayeron en el agujero negro, o por una explosión masiva de formación estelar que envió ondas de choque a toda velocidad por el centro galáctico —añadió—. En efecto, esto infló burbujas en el gas ionizado caliente en la región, energizándola y generando ondas de radio que eventualmente podríamos detectar aquí en la Tierra».

La investigación ha sido publicada en Nature.

Fuente: ScienceAlert.

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