La erosión irrefrenable de los primeros tiempos hacía que cada grumo de tierra que emergiera del gran charco planetario desapareciera en brevísimo tiempo, disuelto por las lluvias torrenciales y los vientos desenfrenados. Pero la aparición de la vida comenzó a poner sus débiles diques hechos con cuerpecillos y raíces, que aunque no lograban contener el arrasamiento, al menos lo retardaban. Y más y más seres se acumulaban sobre las rocas, incluso sus cadáveres permanecían defendiendo las posiciones conquistadas por la vanguardia de la vida, formando delgadas capas de suelo fértil donde pudieran adherirse raicillas más poderosas. La tenacidad maravillosa de la vida conquistaba el infierno y lo transformaba en algo mejor.

En tanto, nuevas erupciones del manto subacuático. Los cráteres incontables vomitaban materiales ardientes que destruían cuanta vida tocaran. Pero ese material se enfriaba, se endurecía y rápidamente la muchedumbre de los seres vivos penetraba en los poros de la lava, amalgamaba las cenizas y al fin colonizaba la materia estéril.

Así, la vida coadyuvaba poderosamente a la transformación del mundo en su composición tanto como en su forma. La vida consolidaba la agrupación de los trozos de tierra emergida, relativamente seca. Y las nuevas tierras que surgían, por efectos volcánicos o por la corrugación de masas semisólidas, se acumulaban, se comprimían contra las islas ya consolidadas. Al mismo tiempo, al escapar y vaciarse el contenido de grandes bolsas de magma atrapadas en el subsuelo solidificado, se producían hundimientos, abolladuras y grietas que eran abismos. Las aguas se vertieron allí y nuevas tierras emergían para ser conquistadas por la pujanza de la vida, como si ésta fuese la voz de Dios que menciona el Génesis.

Las plantas ya lograban vencer a la erosión, los organismos acuáticos entregaban sus partes calcáreas para formar roca, para neutralizar ácidos y para nutrir plantas. Al chocar contra esos obstáculos sólidos y comprimirse contra ellos, las moles de materia formaron colinas, cerros y elevaciones considerables. Y debajo de ellas, la presión producía otros cambios químicos.

Así, hace unos mil millones de años el aspecto del planeta probablemente fuese el de un archipiélago formado por millares de islas grandes, pequeñas o enormes. En cada una de esas islas las selvas primordiales, se abrían a la luz solar en una fotosíntesis voraz, recogiendo el carbono del aire para transformarlo en glucosa y liberando en cambio el oxígeno vital.

El cielo fue poniéndose azul. Con frecuencia cada vez mayor, los nubarrones se abrían para dejar pasar la luz pura del astro y para dejar escapar el excedente de rayos infrarrojos. La temperatura, por lo tanto, disminuyó y con ello se hizo también más rápido el enfriamiento de las materias eruptivas.

Pero, muy abajo, en las honduras planetarias, otros fenómenos concurrían a definir el destino de las tierras y los mares.

El vals de los Continentes Patinadores

Si uno observa un planisferio o un globo terráqueo, puede advertir que algunas formas de los continentes parecen coincidir con las de los continentes vecinos como piezas de un rompecabezas. La gran joroba sudamericana que remata en el norte de Brasil parece encajar muy bien en el Golfo de Guinea. El extremo sur y Tierra del Fuego parecen haberse desenroscado separándose África de Sur. Australia parece haber huido desde las costas de Chile, y la Antártica se diría que se replegó hacia el polo escurriéndose desde el Océano Indico, donde habría gozado de un clima cálido.

El geólogo Alfred Wegener fue quien sometió esas aparentes coincidencias a estudios científicos concienzudos utilizando las posibilidades de observación de la ciencia moderna. Con los descubrimientos que hizo elaboró la llamada “Teoría de la Deriva de los Continentes”.

Según esta teoría, los continentes se alzan sobre una especie de gran patín muy duro que es la “placa” o “plataforma” continental. Esta placa se posa en una capa o estrato más profundo que está compuesta principalmente por elementos livianos, sobre todo sílice y aluminio. Si y Al son los símbolos químicos de éstos dos elementos, y por ello a ese estrato se le llama el Sial. Pues bien, el Sial es suave, relativamente viscoso, sobre todo porque está muy caliente debido a la presión gigantesca que soporta. Por efecto de inercia y la rotación de la Tierra, los continentes resbalan con sus placas encima del Sial. Mediciones muy precisas efectuadas en las últimas décadas indican, por ejemplo, que Sudamérica está alejándose cada vez más de África y da la impresión que se empeñara en alcanzar a la lejana Australia, aunque, para hacerlo, tendría que arrollar a su paso todas las islas de la Polinesia. El movimiento de Sudamérica hacia el poniente es, según ciertas mediciones, del orden de los dos y medio centímetros al año. A tal velocidad chocaremos con la Isla de Pascua o Rapanui en solo 150 millones de años más.

Pero la teoría de Wegener presenta un problema muy curioso. El hecho de que los continentes calcen entre sí indicaría que una vez estuvieron todos unidos en una sola masa continental que abarcaba toda las tierras del planeta, y por lo tanto, en aquel tiempo hubo también un solo océano.

Esto es muy extraño si sabemos que las tierras emergieron diseminadas en todo el globo, como islas esparcidas más o menos uniformemente, aunque reunidas con mayor densidad al norte de la línea ecuatorial. ¿Qué podría haber producido esa reunión de todas las islas en un solo continente?

Hasta ahora solo se ha dado una explicación: la del surgimiento de un obstáculo suficientemente poderoso como para detener la deriva de uno de los continentes que abarcan ambos hemisferios. Concretamente, las Américas. Al detenerse, frenadas por el surgimiento quizás de una enorme cordillera submarina, como una protuberancia de materiales más pesados y duros que el Sial, las demás tierras fueron alcanzándolas. Chocaron entre sí y se apretaron hasta arrugarse formando grandes cordilleras como los Himalayas, los Andes, o los Urales.

Esta aglomeración de todas las tierras en un solo continente inmenso, ha sido llamada la “Pangea” o “Megagea” (Pangea: Del griego: Pan = todo, todas. Gea = Tierra. Megagea. Del griego: Megas = Grande), y es ha partir de ella, hace unos mil millones de años, que surgen las fechas atribuidas a la aparición de los continentes legendarios.

3 comentarios
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 3 comentarios
Comentarios
Abr 2, 2014
9:13
#1 lucy:

Muy bueno las cronicas con una muy buena investigacion espero sigan desentranando los misterios de la historia real de la tierra

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Abr 2, 2014
9:30
#2 Braulio:

Hay una profesora norteamericana que tiene un tercer ojo en la cabeza poco más arriba de la nuca.Si mal no recuerdo vi esto quizás en CNN o en un documental de un canal norteamericano de la televisión por cable hace más de diez años.Recuerdo que la noticia tenía una nota graciosa, y es que los alumnos no se escapaban a su vigilancia mientras estaba de espalda ante el pizarrón.

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Feb 17, 2017
8:27
#3 Mario Liebsch Tapia:

Abrir las mentes cerradas es la idea para hacer un Hombre sabio, fuera de toda amarra mental creada por un sistema que, como muchos, han desaparecido en los tiempos remotos, MysteryPlanet cumple con su eficacia de investigacion……!

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