Sumergida en solo un día y una noche! ¡Un enorme continente hundido bajo el mar! ¡Su población aniquilada en un instante! Sin duda, la famosa leyenda de la Atlántida ha creado un misterio que innumerables personas han tratado de resolver.

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El filósofo griego Platón, que narrara la historia, dijo que la Atlántida estaba fuera del Mediterráneo, más allá de los Pilares de Hércules, como se llamaba la entrada al Atlántico hacia el año 345 a.C. Pero la moderna investigación geológica ha demostrado que ningún continente pudo haber existido y luego haberse sumergido en medio del Atlántico dentro de los límites de la memoria humana. Entonces ¿fabulaba Platón? ¿O, según afirmaba enfáticamente, registraba la historia confusa y mal recordada como tal vez fuese el caso? El filósofo daba como fuente de información a su antecesor Solón, quien había visitado Egipto en el año 590 a.C. y utilizó esas notas para escribir dos diálogos: El timeo, donde describe la isla o las islas de la Atlántida con una dimensión igual a Libia y Asia Menor juntas. Y en el que señala que luego de terribles terremotos e inundaciones, producidos 9.000 años antes de la época de Solón, hundieron a la Atlántida bajo el mar. Platón de mayores detalles en su obra Critias. Allí cuenta que la metrópoli del imperio había sido construida en una pequeña isla circular de costas escarpadas, cuyo palacio real, edificado en una isla más grande, era una “maravilla para contemplar por su tamaño y belleza”. Resplandecía de oro y plata, estaba provista de baños fríos y calientes, y sus reyes se reunían cada cuatro o cinco años para aplicar las leyes, cazar y sacrificar toros.

La Atlántida era un estado altamente organizado, una tierra de consciente amenidad, holgazana, buena arquitectura y arte resplandeciente. Una sociedad de la Era de Bronce alfabetizada, guerrera, que planeaba la conquista de Egipto y Atenas. Solón y sus sacerdotes informantes confundieron la fecha ubicándola 9.000 años a.C. cuando más realista es pensar que su destrucción se produjo hacia el año 1.500 a.C., época en que Egipto se hallaba en la cúspide de su potencia. ¿Dónde se hallaba la Atlántida? Se cree que no muy lejos de Atenas. Sin embargo, ha sido ubicada en muchos lugares: México, Asia Central, el Sahara, España, Groenlandia, Terranova e incluso Gran Bretaña.

¿Puede reconocerse a la Creta de Minos como el aciento del imperio de la Atlántida y el volcán Thera como la causa de su declinación? El estudioso británico K.T. Frost sugirió esa posibilidad en 1907. Las excavaciones de sir Arthur Evans en 1920 en Knossos, y el desciframiento del escrito lineal B en 1960 por Michael Ventris y J. Chadwick, han demostrado que la civilización minoica de Creta se derrumbo repentinamente hacia 1.500 a.C. en el momento más alto de su potencia y sin ninguna razón aparente. Significativamente, el volcán Thera que está a 105 kilómetros al norte de Creta, tuvo una erupción catastrófica en esa época. Según la teoría del profesor Spyridion Marinatos y otros investigadores, Creta fue hundida por una enorme ola causada por la erupción del volcán Thera que arruinó la fertilidad del suelo con depósitos de ceniza y pumita. La historia del desastre fue llevada a Egipto 900 años más tarde y narrada a Solón de manera poca exacta, quien tradujo el nombre egipcio de Keftui como Atlántida, derivado de la descripción de esa isla montañosa como “tierra del pilar” sostenida en el cielo por el gigante Atlas.

Antes de la erupción catastrófica producida en el siglo XV a.C. que hundió la isla Thera (o Santorin, como se llama ahora) ésta tenía 16 Kilómetros de diámetro con un cono volcánico de 1.600 metros de altura. Su erupción pudo haber sido la mayor y más destructiva de la historia, ya que habría superado el famoso estallido del Krakatoa en 1883. Krakatoa perdió 22 kilómetros cuadrados, como lo demuestra el tamaño de su caldera. Thera debió perder una cantidad cuatro veces mayor. Los egipcios no proporcionaron ninguna información, sin embargo, el Papiro Ipuwer indica que el comercio con Creta se interrumpió repentinamente en la época de la erupción del Thera. La pregunta aún debe responderse ¿Era Creta la Atlántida? Los paralelos son notables. Ambas civilizaciones isleñas desaparecieron de repente por una calamidad natural.

Las excavaciones de sir Arthur Evans en Knossos permitieron descubrir una cultura sofisticada, elegante, espléndida en arquitectura y arte, gobernada centralmente por una monarquía, con leyes que daban igual condición a las mujeres y dividían las clases sociales. Un sistema irrigación extensiva aseguraba la fertilidad del suelo y el agua caliente y fría para los baños. La alfarería, las tinajas, las armas y los frescos minoicos se exhiben actualmente en el Museo Herakleion.

De los paralelos entre Creta y la Atlántida, K.T. Frost, en 1913 dijo: “Toda la descripción que de la Atlántida se da en el Timeo y Critias tienen características tan perfectamente minoicas que ni siquiera Platón pudo haber inventado tantos hechos insospechados”. Pero el joven Frost no vivió para ver reivindicada su teoría, pues murió en la Primera Guerra Mundial.

Introducción a la Atlantología Científica. La Única Ubicación Posible de la Atlántida.

Por: Georgeos Díaz-Montexano
Resumen de mi Libro “ATLANTIS entre Iberia y Mauritania. El Enigma de Gibraltar”.

Numerosas son las ubicaciones que se han intentado dar a la enigmática civilización atlante. Así mismo se la ha querido hallar hasta en los lugares más inverosímiles. Lo cierto es que la Atlántida ha sido siempre verdaderamente apetitosa para la mayoría de los pueblos de la Tierra. Sin embargo, y para disgusto de muchos, la Atlántida jamás estuvo en otro punto que no fuera entre la Península Ibérica y el Norte de África, frente a Gibraltar; ni tan siquiera en el centro del Atlántico como había pensado la mayoría (incluido yo mismo) de los estudiosos.

La teoría de la Atlántida en España y su identificación con Tartessós parece haberse hecho patente ya desde finales del S. XIX a través del injustamente olvidado historiador español Francisco Fernández y González, padre del célebre Juan Fernández Amador de los Ríos, quien hizo este reclamo de prioridad teórica de su padre al alemán Adolf Schulten, al que los propios historiadores españoles le adjudicaron la inmerecida fama de haber sido el primero en defender esta teoría. ¡Hay que ver como somos siempre con los nuestros! Esto me recuerda el caso de Marcelino Sanz Sautuola, el primer investigador de las célebres pinturas rupestres de Altamira, quien murió en la vergüenza de haber sido vituperado como falsificador. Posterior a Amador de los Ríos, a Schulten y a la arqueóloga Elena Whitshaw todos los que han defendido la teoría de Atlantis-Tartessós no han hecho más que reincidir, salvo en pequeños detalles, en los mismos puntos. Mención aparte merecen algunos investigadores como Mario Roso de Luna –probablemente el mayor científico, creador intelectual y filósofo de la generación del 98, también injustamente condenado al ostracismo– Juan G. Atienza, Fernández Sánchez Dragó y Jorge María Ribero-Meneses. Todos estos investigadores presentan un común denominador, la creencia en una Atlántida paleolítica y megalítica, autora de las mejores pinturas rupestres, como las de Altamira, y de los más impresionantes megalitos, como los de Antequera y los Millares.

Aunque Ribero-Meneses difiere de ellos en que ha realizado un estudio mucho más profundo desde el punto de vista filológico y ha propuesto como sede geográfica de lo que él llama la “primitiva Atlántida” a las serranías cántabro-castellanas. Hasta el año 1994 estuve convencido de que la Atlántida de Platón se encontraba en medio del Océano Atlántico, en un punto cercano a las Islas Azores como la gran mayoría de los “atlantólogos”, mientras que mi amigo y maestro en polémicas Ribero-Meneses intentaba hacerme ver lo equivocado que me hallaba. Él defendía que la Atlántida se encontraba en el Norte de Iberia, pero a mí no me acababan de convencer algunos de sus métodos de reconstrucción lingüística, y por ende algunas de sus conclusiones. Ahora me siento obligado a reconocer que, al menos, en cuanto a la identificación de la Atlántida con la Península Ibérica, Ribero-Meneses tenía la razón. La misma razón que los primeros, que mucho antes, defendieron esta teoría: Francisco Fernández y González y su hijo Juan Fernández Amador de los Ríos.

Como buscador de la verdad, sea cual sea, esté donde esté y caiga quién caiga, a mí solo me interesaba descubrir la verdad sobre los hechos narrados por Platón sobre la Atlántida; así como su verdadera ubicación. La sola lectura del texto de Platón me infundía una fuerte intuición de que aquello no podía tratarse de una mera invención como pretendían fundamentar algunos escépticos.

Hacía ya mucho tiempo que había comprendido que es imposible realizar un estudio serio y riguroso en materia de historia y arqueología sin recurrir a las fuentes primarias, es decir, al texto en su lengua original; lo que me llevó a realizar estudios de lenguas antiguas como el griego, el latín, el egipcio, el fenicio, el sumerio y el sanskrito, entre otras. La inmensa mayoría de los que se dedican al estudio del pasado trabajan sobre fuentes indirectas, sobre información de segunda y tercera mano. De esta manera, los errores cometidos por los intermediarios son asimilados y trasmitidos a través de una cadena de investigadores que se asientan unos encima de otros sin que se decida acudir, salvo escasas excepciones, a la fuente primera. La autoridad y competencia de los especialistas académicos antecesores se asume como algo prácticamente fuera de toda duda e inapelable en la mayoría de los casos, y es ahí donde está, precisamente, el mayor peligro para la reconstrucción histórica del pasado. Y para la búsqueda del saber verdadero.

Así pues, nada más empezar la lectura del texto en griego del Timaios en la obra de Platón, donde comienza el primer relato sobre la Atlántida me percaté de un gravísimo error de traducción. Un error, que repetido después hasta la saciedad –por todos los investigadores intermediarios que no tradujeron directamente del griego o el latín o que no se atrevían a realizar enmiendas a las traducciones comunes– terminó por convertirse en una verdad incuestionable, que ha traído como consecuencia que muchísimos miles de seres humanos (entre los que también me encontraba) durante muchísimo tiempo se hayan creído que la Atlántida o Isla de Atlas –que es lo que realmente significa el nombre de Atlántida o de Atlantis– estuviera en el medio del Océano Atlántico. Este primer error fue traducir la palabra griega “pélagos”, –antecedente de nuestra voz piélago– como océano. Originalmente esta voz griega “pélagos” significaba “marisma”, “estanque”, “laguna”, “playa”, “canal” y “estrecho” como lo demuestran un buen número de palabras relacionadas dentro de la propia lengua helénika, en parientes lejanas como el lituano y en otras que han mantenido algún contacto histórico como la fenicia, la egipcia, y el ladino o dialecto judío-español de la España tardo medieval, donde “pélago” seguía manteniendo la antigua significación griega de “balsa” y “estanque” (Pascual Pascual, 1977).

Así, cuando el texto en griego decía:

“…tote gar poreusimon ên to ekei ‘pelagos’ : nêson gar pro tou ‘stomatos’ eichen ho kaleite, hôs phate, humeis ‘Hêrakleous stêlas’ … (Timaios 24e)”…

Entonces sí se podía atravesar aquel piélago: una isla, en efecto, había delante de la boca a la que vosotros llamáis, y dais a conocer, las Estelas de Herakles …”.

Los primeros traductores de lenguas modernas escribieron:

“…En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, según decís, llamáis Columnas de Hércules …”

He “resaltado” las palabras claves de este pasaje. La palabra “pélagos” aparece mal traducida en muchos textos y diccionarios greco-latinos como “mar” o “alta mar”. Mas adelante expondré en este medio el estudio etimológico y lexicográfico que hube de realizar para convencerme de su verdadero y original significado de “marismas”, “playas” o de lo que hoy conocemos como “archipiélagos” Este estudio etimológico y lingüístico llega a ocupar todo un capítulo en el libro que he realizado sobre esta tesis de La Atlántida entre Iberia y África, frente a Gibraltar . De todas maneras, si Platón hubiese querido referirse al océano, en vez de a un Piélago, sencillamente hubiera usado la voz griega Ôkeanos.

Una prueba irrefutable de que esta última traducción usada por la mayoría de los autores modernos y contemporáneos es absolutamente errónea la tenemos en la primera traducción latina conocida del original griego de la obras completas de Platón: La traducción de Marsilio Ficino (1433-1499). En esta primera versión latina se lee perfectamente como la voz “fretum” sustituye a la griega “pelagos”. La clave “pelagos=fretum”.

Lo mismo se corrobora en la traducción latina del Timaios hecha por Chalcidio en el siglo IV d. C. En efecto, la clave de “pelagos=fretum” es una de las pruebas irrefutables que poseo para documentar mi tesis de la Atlántida cerca del Estrecho de Gibraltar, que no es mas que corroborar, simplemente, alguna de las afirmaciones que Platón decía sobre esta enigmática Civilización y que a continuación detallaremos.

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