En todo el planeta se escuchan historias sobre un mundo paralelo, habitado por seres semejantes a nosotros, pero que se dejan ver en contadas ocasiones. A veces se afirma que tal o cual humano ha estado allí: en la Tierra de la Eterna Juventud. Pero, ¿se trata sólo de un mito o realmente existen los universos paralelos y las puertas de acceso que únicamente descubren unos pocos privilegiados?

Las hadas se asocian a parajes boscosos y a las grutas donde estarían los accesos al "otro mundo".

Las hadas se asocian a parajes boscosos y a las grutas donde estarían los accesos al “otro mundo”.

Si alguna vez tiene la oportunidad de viajar al Landerdale escocés posiblemente tenga la oportunidad de escuchar la historia de Tomás de Erceldonne, a quien en vida llamaron “el Verídico” y “el Versificador”: un poeta de prestigio que vivió bajo el reinado de Alejandro III, rey de Escocia. Al menos en lo fundamental, su fama se debía mucho más a su condición de vidente que a su talento lírico. Sus acertadas predicciones le valieron la admiración de sus compatriotas.

Sin duda, el hecho de que se tratara de un hombre culto y de éxito social otorga especial interés a sus afirmaciones, puesto que en su caso debemos descartar que éstas respondieran a la voluntad de obtener el reconocimiento público de sus méritos. Semejante relato sólo podía dañar su reputación adhiriéndole la etiqueta de mitómano extravagante. Sin embargo, según su propio testimonio, en una ocasión se vio envuelto en una serie de acontecimientos misteriosos, que muchos autores no han dudado de calificar de acceso a una “discontinuidad en la trama espacio-temporal”: una rotura en el tejido dimensional que le habría llevado a un mundo paralelo. Y, en cualquier caso, incluso si es del todo escéptico respecto a esta posibilidad, hay que reconocer que Erceldonne debió estar muy convencido para arriesgar su impecable fama comunicando estas experiencias.

Cierto día, mientras paseaba por los bosques de Huntlybank, próximos al célebre monasterio escocés de Melrose, Tomás vio llegar a una hermosa mujer montada a caballo. Impresionado en un primer momento por la belleza de la dama, no tardó mucho en reponerse y comenzar a cortejarla. Ella contestó a los requerimientos advirtiéndole que, si accedía a sus pretensiones, debería convertirse en su esclavo. Lo que hasta el momento era una escena bucólica se convirtió repentinamente en un suceso extraño e incluso aterrorizante.

La mujer cambió de aspecto instantáneamente para transformarse en una anciana deforme. Tomás no se echó atrás. Estaba profundamente impresionado por el primer aspecto de la interlocutora y afirmó, como hipnotizado, que no le importaba. La mujer le instó a que le siguiera. Entonces, se introdujeron en una gruta y comenzó un viaje delirante entre tinieblas y sonidos anómalos.

Al cabo de lo que parecieron tres jornadas, salieron a un jardín de increíble belleza. Su guía había recuperado sus primeros rasgos, e incluso había ganado en hermosura y juventud. Quiso probar unas manzanas, pero ella no se lo permitió. Después llegaron hasta una mansión palaciega donde estaba preparada una gran mesa. Los comensales bailaban de tres en tres y el poeta gozó de innumerables placeres y diversiones.

Así transcurrieron los días, hasta que la mujer le indicó que debía abandonar el país. Cuando su anfitriona le preguntó cuánto tiempo creía haber permanecido allí, Tomás le contestó que unos siete días. Ella, sin embargo, afirmó que habían transcurrido siete años.

En un instante volvió a estar en el bosque. La mujer se despidió de él y le dijo que le otorgaría el don de “una lengua que no podía mentir”. No pocos problemas le causo aquel regalo, que a menudo le puso en evidencia, ya en nuestro espacio-tiempo, frente a la Iglesia y el propio Rey. Todo lo que afirmaba Tomás de Erceldonne, llamado “el Verídico”, resultaba ser cierto inexorablemente.

La Tierra de la Eterna Juventud o la Tir Tairngiré (la Tierra de la Promesa), también conocida como el Imperio de la Esperanza; el País de la Alegría o el País Nebuloso, recibe, en las lenguas celtas, otras denominaciones significativas, como las irlandesas Tir Nan Og (la Tierra de la Juventud), o Tire Nam Beo (la Tierra de los Vivos). Se trata de un mundo maravilloso en el cual el tiempo transcurre de forma diferente. Pero ¿es esto posible? ¿Puede un ser humano vivir en un tiempo ralentizado en alguna parte, de modo tal que a su regreso hayan pasado años mientras él siente que sólo han transcurrido unos pocos días?

Es elocuente observar que mientras en el pasado estos relatos comunicaban una experiencia inexplicable y considerada imposible a la luz del conocimiento contrastado, en nuestro siglo la moderna física teórica ha descubierto una legalidad cósmica que no sólo nos permite explicar el mecanismo que haría posible la existencia efectiva de estos universos paralelos, sino también la coherencia de los viejos relatos al señalar dónde podrían situarse las puertas de acceso a esos mundos; es decir, si para la ciencia del siglo XIX semejantes afirmaciones debían ser descartadas como fabulaciones o delirios, para la de nuestros días la respuesta tajante a la pregunta de sí esto es posible, es… ¡sí!

Ni siquiera tendríamos que abandonar nuestro Universo. Tiempo y movimiento están interrelacionados. Una de las conclusiones más sorprendentes de la teoría de la relatividad de Einstein es la conocida como “dilatación temporal”, según la cual para alguien que se moviera mucho más rápidamente que un observador (en reposo relativo respecto a ese ente en movimiento), el tiempo transcurriría más lentamente. Esto ya ha sido demostrado. Un avión sincroniza relojes muy precisos en su interior con los de tierra antes del despegue. Ya en el aire, alcanza una gran velocidad. A más velocidad mayor será el “retraso”. De hecho, si se pudieran alcanzar velocidades próximas a la de la luz, la diferencia podría ser de años. Conociendo la diferencia de tiempos, y suponiendo que el viajero recorre el espacio a una velocidad constante, gracias a una de las ecuaciones de las llamadas Transformaciones de Lorentz, podríamos conocer la velocidad del viajero.

Ahora bien, Tomás de Erceldonne creía haber pasado una semana en el extraño jardín de la bella “cazadora”. Sin embargo, afirma que en la Tierra habían transcurrido siete años. Si Tomás hubiera accedido a algún lugar en movimiento respecto de la Tierra, podríamos calcular la velocidad a la que el jardín, con todos sus habitantes, se estaba moviendo. Aplicando la transformación temporal de Lorentz obtenemos que esa velocidad habría sido aproximadamente de 299.788,9 km. por segundo. Es decir 0,99 veces la velocidad de la luz, que es aproximadamente de unos 299.790 km. por segundo. ¿Y qué hubiera ocurrido si llegan a alcanzar la velocidad de la luz? Para nosotros, los habitantes de ese lugar serían fotones, partículas de luz. Para ellos, el tiempo se habría detenido. Vivirían en un eterno presente. Respecto de nosotros serían inmortales. Hasta se podría decir que, especulando desde este punto de vista, comerse la manzana de ese mítico jardín sería equivalente a “alcanzar la luz”, el conocimiento, el secreto de la eterna juventud y el dominio del espacio-tiempo.

El Universo como entelequia

La relatividad einsteniana hace de la velocidad de la luz el límite máximo que puede alcanzarse en nuestro Universo; y, sin embargo, en los laboratorios NEC el equipo del Dr. Lijun Wang consiguió acelerar un haz láser hasta 300 veces dicha velocidad. Se podía decir que la luz había llegado a su destino en el experimento antes de haber sido emitida. Una contradicción, o quizá no. ¿Y si la velocidad de la luz constituyera la frontera entre el Universo material y otro de cuya existencia y dimensiones no tenemos percepción alguna? ¿Es ahí adonde fueron el bueno de Tomás y el haz del doctor Lijung?

Las leyendas de los indios americanos describen las puertas de acceso a otros mundos.

La visión del átomo de los físicos del siglo XIX, como la última partícula material y tangible, se viene abajo en nuestro siglo. La sensación de solidez del Universo es una falsa impresión de nuestros sentidos. El propio Lord Kelvin disentía de sus contemporáneos y la idea de que los átomos fueran algo sólido le parecía ridícula. Él adelantó el concepto de átomo como un mero vórtice de energía, cuyo movimiento provocaba la aparición de la materia dando la impresión de algo tangible. Otros grandes físicos como Maxwell, Thomson o Von Helmholtz, se adhirieron a la idea. En última instancia, la materia es una mera fachada que esconde energía en movimiento. ¿Y si ese movimiento en los vórtices que son los átomos alcanzara velocidades más altas que las de la luz? Entonces, quizá entraríamos en un Universo más amplio, con su propio límite de velocidades; un Universo cuya sustancia no sería la materia que conocemos, inaccesible para nuestros sentidos y con sus propias formas de existencia. Tal vez, la energía de ese otro mundo, ralentizando su movimiento, explique las extrañas aportaciones de energía que recibe el cosmos material.

En el límite de esas regiones, el espacio colapsa sobre sí mismo y los “viajeros” vivirían en un continuo presente. Es realmente un reino de la eterna juventud, donde es concebible hablar a la vez de metafísica, o “parafísica”, término acuñado por Sir Victor Goddard para definir la realidad paralela de la que supuestamente procederían los OVNIs: mundos invisibles para nosotros, pero que si pudieran ser percibidos veríamos que coinciden “espacialmente” e interpenetran el nuestro.

El átomo como vórtice de energía es una piedra fundamental en los postulados de la física hiperdimensional.

Físicos y matemáticos se han habituado al concepto de hiperespacio y a los modelos de Hilbert, que sirven de base a la teoría de las Supercuerdas, que explica nuestro Universo como el resultado de la resonancia energética de un espacio hiperdimensional. Cualquier matemático puede idear un espacio de Hilbert, con un número de dimensiones fijado de antemano y con su propia geometría. Si a cualquiera de esos espacios le dotamos de alguna forma de sustancia habremos creado un Universo. ¿Vivimos en un Cosmos hiperdimensional donde nuestro dominio está limitado, como un subconjunto, sólo a tres de dichas dimensiones? En este caso, para un ser que percibiera más dimensiones debería ser divertido observar nuestro asombro cuando los objetos de su región se proyectan en la nuestra.

A muchos se les habrá ocurrido que Tomás de Erceldonne, como tantos protagonistas de relatos semejantes, pudo ser abducido. Otros quizá se inclinen más por la hipótesis de la intrusión en algún espacio-tiempo distorsionado, como el que se produce en los alrededores de los llamados agujeros negros. No tenemos la respuesta. Pero sí resulta curioso que las entradas a ese mundo mítico, según los relatos, están situadas en puntos concretos del planeta y lleven siempre a dos lugares: a alguna tierra sumergida o más allá del mar.

Publicado el 30 de enero de 2010 Sin comentarios
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