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Una investigación reciente revela que el cuerpo celeste que dio origen a la Luna no provino de los confines del sistema solar, sino que se formó en nuestra propia vecindad cósmica.

Representación artística de la colisión entre la Tierra primitiva y Theia. Dado que Theia se originó en el sistema solar interior, en esta perspectiva se puede ver el Sol al fondo. Crédito: MPS/Mark A. Garlick.
Hace aproximadamente 4.500 millones de años, ocurrió el evento más trascendental en la historia de nuestro planeta: un cuerpo celeste masivo, bautizado por la ciencia como Theia, colisionó violentamente contra la joven Tierra. De ese cataclismo, que alteró para siempre el tamaño y la órbita de nuestro mundo, nacieron los escombros que eventualmente formaron a nuestra compañera inseparable: la Luna.
Aunque sabemos que este choque ocurrió, los detalles sobre el «atacante» siempre han sido un misterio. ¿Qué era exactamente Theia? ¿De qué estaba hecha? Y lo más importante: ¿de dónde vino? Un nuevo estudio, publicado recientemente en la revista Science, parece haber encontrado la respuesta en las huellas químicas que el impacto dejó atrás.
Responder estas preguntas es extremadamente difícil porque Theia fue destruida por completo en el choque. Sin embargo, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar y la Universidad de Chicago ha logrado realizar una especie de «ingeniería inversa» planetaria.
Al no tener trozos de Theia para analizar, los científicos buscaron sus restos químicos escondidos dentro de las rocas de la Tierra y la Luna actuales.
«Estos elementos nos dan acceso a diferentes fases de la formación planetaria», explica Nicolás Dauphas, de la Universidad de Chicago, refiriéndose a cómo ciertos metales se distribuyen en el interior de los planetas.
La clave del hallazgo reside en los isótopos (variantes de elementos químicos que tienen diferentes pesos atómicos). En el sistema solar primitivo, los isótopos funcionaban como un código postal: dependiendo de qué tan lejos o cerca del Sol se formaba un cuerpo, su composición isotópica era distinta.
El equipo analizó con una precisión sin precedentes rocas terrestres y muestras lunares traídas por las misiones Apolo. Se centraron en isótopos de hierro, cromo y circonio. El resultado confirmó algo que ya se sospechaba pero que seguía siendo desconcertante: químicamente, la Tierra y la Luna son casi idénticas.
Si Theia hubiera venido de los bordes exteriores del sistema solar —donde se formaron muchos meteoritos—, la Luna debería tener una composición química extraña, muy diferente a la de la Tierra. Al no ser así, las opciones se reducían.
Utilizando modelos matemáticos para simular millones de escenarios de colisión posibles, los investigadores descartaron que Theia fuera un objeto lejano. La composición de la Tierra temprana y de Theia sugiere que ambos cuerpos se formaron utilizando materiales muy similares.
La conclusión del estudio es fascinante: Theia se originó en el sistema solar interior, posiblemente incluso más cerca del Sol que la propia Tierra. Esto significa que el cuerpo que creó la Luna no fue un intruso lejano, sino un vecino cercano que compartió nuestra región del espacio antes del fatídico encuentro.
Este descubrimiento no solo aclara el nacimiento de nuestro satélite, sino que ayuda a completar el rompecabezas de cómo se formó nuestro propio planeta, agregando ingredientes vitales como el hierro y otros metales que llegaron a bordo de ese vecino perdido.
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