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Solemos pensar en la gravedad como una fuerza constante e inamovible, pero la realidad científica es mucho más dinámica. Un reciente estudio ha revelado que la Antártida alberga una anomalía gravitatoria —un punto donde la atracción es inusualmente débil— que ha cobrado fuerza durante los últimos millones de años, influyendo incluso en la forma de nuestros océanos.
Esta región, conocida técnicamente como un «bajo gravitatorio», es el resultado de movimientos de roca extremadamente lentos en las profundidades del manto terrestre. Según la investigación publicada en Scientific Reports, estos desplazamientos han moldeado el subsuelo antártico a lo largo de eones, dejando un rastro geológico que, hasta ahora, era imposible de observar directamente.
Fue precisamente para descifrar este enigma oculto bajo kilómetros de roca que los geofísicos Alessandro Forte y Petar Glišović recurrieron a una técnica ingeniosa: convertir los terremotos en una «tomografía computarizada» global. En lugar de usar rayos X, los investigadores analizaron cómo las ondas sísmicas atraviesan el planeta, utilizándolas como haces de luz para iluminar el interior de la Tierra y reconstruir su estructura en tres dimensiones.
«Las ondas de los terremotos nos proporcionan la “luz” que ilumina el interior del planeta», explicó el Dr. Forte, profesor de la Universidad de Florida.
Gracias a modelos físicos avanzados, el dúo científico logró rastrear el flujo de rocas hacia atrás en el tiempo, retrocediendo hasta hace 70 millones de años, cuando los dinosaurios aún caminaban sobre la Tierra.
Uno de los hallazgos más sorprendentes es la coincidencia temporal. Los datos revelan que este «agujero» comenzó a fortalecerse significativamente hace entre 50 y 30 millones de años. Este periodo no es casualidad: coincide exactamente con la época en que la Antártida comenzó a cubrirse de hielo de forma masiva.

Los mapas muestran las variaciones en la superficie gravitatoria de la Tierra (geoide) basadas en datos de la misión GRACE. La parte superior presenta una visión global, mientras que la inferior se enfoca en la Antártida, donde se observa una de las depresiones gravitatorias más profundas del planeta (marcada con una estrella amarilla). Las líneas negras y grises delimitan los bordes de las placas tectónicas y las líneas de costa actuales. Crédito: P. Glišović & A.M. Forte.
Esta conexión sugiere que los cambios en el interior de la Tierra podrían haber jugado un papel clave en la creación de las gigantescas capas de hielo que hoy definen el clima global. Al debilitarse la gravedad, la superficie del océano alrededor del continente tiende a hundirse ligeramente, alterando la distribución de las aguas y, potencialmente, la estabilidad de los glaciares.
Aunque parezca contradictorio, donde la gravedad es más débil, el agua tiende a alejarse hacia zonas con mayor atracción. Esto provoca que el nivel del mar alrededor de la Antártida sea físicamente más bajo de lo que sería en condiciones normales.
Comprender esta relación entre las densidades de las rocas profundas y el nivel del mar es vital para las predicciones climáticas actuales. Si los científicos logran confirmar que el interior de la Tierra dicta el ritmo de crecimiento de los hielos, habrán resuelto una pieza fundamental del rompecabezas sobre la estabilidad de nuestro ecosistema.
El objetivo final es responder a una pregunta ambiciosa: ¿Cómo se conecta el corazón ardiente de nuestro planeta con el clima helado de su superficie? Por ahora, la Antártida sigue revelando que, bajo su manto blanco, la Tierra sigue siendo un motor en constante transformación.
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