Tienes un auténtico tercer ojo enterrado en lo profundo de tu cráneo y, según una reciente investigación publicada en la revista Current Biology, su origen es mucho más sorprendente de lo que imaginas.

Tienes un tercer ojo oculto en el cráneo y la ciencia finalmente sabe por qué está ahí

Crédito: MysteryPlanet.com.ar.

Lejos de limitarse al terreno de la espiritualidad o la metafísica, el estudio revela que dicho vestigio oculto es la pieza clave para resolver uno de los enigmas más grandes sobre la evolución de la vista humana.

Hablamos de la glándula pineal. Aunque hoy en día se encuentra sepultada bajo la masa cerebral y ya no responde directamente a la luz solar, cumple el rol crucial de regular los ciclos de sueño. Sin embargo, en especies como el tuátara —un reptil de Nueva Zelanda— dicho órgano se mantiene en la parte superior de la cabeza como un ojo parietal completamente funcional, dotado de su propia retina.

Ubicación de la glándula pineal. Crédito: MysteryPlanet.com.ar.

El hallazgo principal del trabajo, liderado por el neurocientífico Thomas Baden de la Universidad de Sussex, explica que los vertebrados poseemos una configuración ocular única y aparentemente absurda. A diferencia de los insectos o los moluscos, nuestros globos oculares se desarrollaron «al revés», utilizando células fotorreceptoras que el resto del reino animal solo aprovecha de forma interna para tareas no visuales.

Descendemos de un «cíclope»

Para resolver el misterio, el equipo analizó el árbol genealógico hasta hace 575 millones de años, cuando nuestros ancestros eran apenas pequeñas criaturas marinas similares a gusanos. La hipótesis postula que, en un momento dado, aquellos seres comenzaron a vivir enterrados en el sedimento marino para alimentarse por filtración.

Al habitar bajo la arena, la navegación visual se volvió inútil. Con el fin de ahorrar energía, el linaje que daría origen a los vertebrados perdió por completo los dos ojos laterales primigenios. Solo sobrevivió un pequeño grupo de sensores en la parte superior de la cabeza: un ojo medio ideal para distinguir el día de la noche y orientarse respecto a la superficie.

Hace unos 560 millones de años, nuestros ancestros comenzaron a vivir enterrados, eliminando la necesidad de ojos laterales. Crédito: Thomas Baden.

El verdadero giro de la historia ocurrió cuando los antiguos organismos abandonaron el subsuelo y regresaron a las aguas abiertas. Al necesitar de nuevo la capacidad de navegar, la evolución tuvo que improvisar. Como ya no existían las estructuras ópticas de los costados, el cuerpo utilizó el único material fotorreceptor disponible: el ojo superior.

Con el paso de los milenios, el órgano central empezó a ramificarse y a enviar extensiones hacia los lados de la cabeza. Aquellas copas receptoras terminaron migrando por completo para convertirse en las ventanas visuales modernas, mientras que la sección del medio quedó rezagada en el interior del cráneo, transformándose en la glándula pineal.

La retina fue primero

La investigación demuestra que la retina humana no se originó en los ojos laterales, sino que fue heredada directamente de aquel antiguo sensor superior. El profesor Baden explica la relevancia del descubrimiento con una idea contundente: «la retina es anterior al ojo, si eso tiene sentido. Siempre pensé que era un eslogan atractivo».

Lejos de ser una innovación totalmente nueva, la compleja retina de los vertebrados parece ser el resultado de un ingenioso reciclaje evolutivo. El análisis de transcriptómica de célula única —una avanzada técnica genética que permite leer con precisión qué genes están activos en cada célula de forma individual— revela que la maquinaria celular y los circuitos necesarios ya existían y operaban en un ojo medio ancestral ligado a la glándula pineal.

El ojo parietal o «tercer ojo» de las iguanas no registra imágenes nítidas, sino que opera como un sofisticado sensor de supervivencia. Este órgano actúa como un termómetro biológico para regular su temperatura, una alarma de respuesta rápida ante la sombra de depredadores aéreos y una brújula solar que sincroniza sus ciclos biológicos y de descanso. Crédito: Daniel Goeleven.

En la práctica, esto quiere decir que la transición a los ojos laterales no requirió la invención de nuevas neuronas, sino una duplicación y desplazamiento hacia los lados de estas copas fotorreceptoras para captar mejor los cambios de luz verticales, transformando células de conexión preexistentes en las actuales células bipolares.

Aunque la comunidad científica aún debe realizar más pruebas genéticas y fósiles para validar la hipótesis por completo, el artículo ofrece por primera vez una respuesta lógica a nuestra extraña anatomía. Lo que hoy es una pequeña estructura que ayuda a regular el descanso, fue alguna vez la única ventana al cielo de nuestros antepasados.

Fuente: Sussex. Edición: MP.

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