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El astrofísico de Harvard, Avi Loeb, parece haber encontrado un punto de encuentro científico con la polémica hipótesis «Anunnaki», aquella teoría popular que sostiene que la humanidad es el producto de la ingeniería de una civilización extraterrestre avanzada.
El enigma de por qué aún no hemos encontrado rastros de vida inteligente en la Vía Láctea sigue desvelando a la comunidad científica. Si una civilización tecnológicamente superior hubiera desarrollado sondas autónomas y autorreplicantes, capaces de viajar a apenas el 1 % de la velocidad de la luz, podría haber colonizado la galaxia entera en unos pocos cientos de miles de años. A escala cósmica, esto es un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, el panorama actual presenta una contradicción absoluta: no vemos evidencia física de tales sistemas ni signos de ingeniería galáctica a gran escala.
Ante este dilema, planteado originalmente por un estudiante universitario francés, Loeb ha propuesto una perspectiva tan fascinante como disruptiva: ¿y si las sondas ya están aquí y nosotros somos una de ellas?
En su respuesta, el astrofísico confiesa interactuar a diario con sondas autónomas, inteligentes y capaces de autorrepararse. Su nombre: los seres humanos. Para el científico, todavía queda por explorar si nuestra propia existencia en la Tierra es, en realidad, el resultado de una antigua visita cósmica.
Actualmente, la joya de la corona de nuestra tecnología es la inteligencia artificial, un avance basado en chips de silicio extraídos directamente del cuarzo de la corteza terrestre. Sin embargo, Loeb señala una enorme limitación energética. Mientras que los sistemas de IA actuales requieren gigavatios de potencia para realizar tareas cognitivas complejas, el cerebro biológico humano cumple funciones similares consumiendo apenas 20 vatios.
Esta abismal diferencia abre la puerta a un futuro donde la ingeniería humana deje atrás el silicio para centrarse en la biología sintética. El astrofísico vislumbra la posibilidad de diseñar cerebros y cuerpos artificiales optimizados, capaces de nutrirse del entorno y de repararse a sí mismos de manera indefinida.
«En ese futuro, podríamos diseñar astronautas artificiales con cerebros a gran escala en comparación con los nuestros, que sean productos de la biología sintética», explica Loeb en un artículo de opinión. Estos seres serían los exploradores interestelares ideales, las verdaderas sondas de von Neumann capaces de viajar hacia exoplanetas habitables sin sufrir el desgaste del tiempo.
Dado que la mayoría de las estrellas del universo se formaron miles de millones de años antes que nuestro Sol, es muy probable que otras civilizaciones ya hayan alcanzado ese nivel tecnológico avanzado en el pasado remoto, convirtiéndose en los «dioses ingenieros» de los que hablan los antiguos mitos.
Bajo esta premisa, Loeb lanza una pregunta inquietante que encaja a la perfección con el relato Anunnaki: «¿Es posible que los humanos representemos sondas autónomas, autorreplicantes y autorreparadoras que fueron construidas gracias a las habilidades de biología sintética de una civilización alienígena?».
De ser así, la tan comentada singularidad de la IA parecerá un logro menor en comparación con el potencial de la biología sintética en el futuro lejano. El salto definitivo de nuestra civilización hacia el espacio interestelar podría no depender de naves metálicas, sino de nuestra capacidad para desarrollar estos organismos tecnológicos diseñados para resistir el cosmos.
El debate no es puramente teórico. Como flamante presidente del Consejo Asesor Científico de UAP (Fenómenos Anómalos No Identificados) para la Casa Blanca, el Pentágono y diversas agencias de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, Loeb mantiene la mirada fija en el cielo. Su objetivo final sigue siendo claro: «Espero que podamos averiguar si estamos siendo visitados y, de ser así, cuál es la naturaleza de la inteligencia de nuestros huéspedes».
Por MysteryPlanet.com.ar.
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