Un equipo internacional de 16 científicos ha encontrado una respuesta al enigma de cómo ha podido la torre inclinada de Pisa sobrevivir a los numerosos y potentes terremotos que estremecieron la región desde que fue erigida en los tiempos medievales.

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Con sus 58 metros de altura y un ángulo de inclinación de cinco grados —que producen un correspondiente desnivel de más de cinco metros en la parte superior— la estructura soportó, sin sufrir daños, al menos cuatro terremotos de gran magnitud desde 1280.

Un rompecabezas histórico

Durante muchos años este problema de ingeniería no tuvo explicación. Los expertos esperaban que la torre, que apenas puede sostenerse en posición vertical, resultara seriamente afectada o incluso colapsara por completo a causa de los sismos.

Para resolver esta interrogante, los investigadores analizaron datos sismológicos, geotécnicos y estructurales. De este modo, llegaron a la conclusión de que la supervivencia de la torre se debe al fenómeno de interacción dinámica suelo-estructura (IDSE).

Inmunidad a los sismos

Las propiedades vibratorias de la estructura, condicionadas tanto por su altura y rigidez como por la blandura del terreno en su base, impiden que la torre entre en resonancia con los movimientos sísmicos del suelo.

La estructura comenzó a inclinarse tan pronto como se inició su construcción en 1173, debido a unos cimientos débiles en un subsuelo inestable. El diseño de esta torre, cuyos arquitectos originales fueron Guglielmo y Bonanno Pisano, era imperfecto desde su comienzo y su construcción cesó durante un siglo, debido a las guerras entre los pisanos y los estados vecinos. Tras retomarse su construcción en 1272, las nuevas plantas fueron colocadas en cierto ángulo con objeto de contrarrestar la inclinación.

Así, la torre de Pisa ostenta el récord mundial del efecto IDSE. «Irónicamente, el mismo suelo que causa la inestabilidad e inclinación y llevó la torre al borde del colapso es el responsable de ayudar a que la misma sobreviva los eventos sísmicos», resumió el profesor George Mylonakis, del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Bristol.

Fuente: Universidad de Bristol. Edición: RT.

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