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¿Es posible acompañar a alguien en su tránsito final sin estar al borde de la muerte? Cientos de personas perfectamente sanas aseguran haber sentido el instante exacto en que un ser querido fallece, experimentando visiones, alteraciones del tiempo y sensaciones fuera del cuerpo. Este enigmático fenómeno, conocido como Experiencia de Muerte Compartida (EMC), está desafiando las explicaciones de la neurociencia tradicional y reabriendo el debate sobre qué ocurre realmente con la conciencia humana.
Unos momentos antes de que su padre falleciera, William Peters sintió que se trasladaba a una dimensión diferente. En ese espacio distinguió a familiares ya difuntos, entre ellos a su abuela, a su tía y a su abuelo, a quien jamás había conocido en vida. Al preguntarles por qué su padre aún no partía, dirigieron su atención hacia el cuerpo moribundo. Fue en ese instante cuando divisó una presencia imponente.
«Dios mío, es el conductor», relata Peters que pensó en ese instante. «El poder de este ser me hizo comprender que estaba a cargo de la transición y que aún no era el momento exacto, pero que nos acercábamos. En cuestión de unos instantes, mi padre murió y realizó la transición».
Esta profunda vivencia no es un hecho aislado. Se conoce como Experiencia de Muerte Compartida (EMC) y, aunque guarda marcadas similitudes con la clásica Experiencia Cercana a la Muerte (ECM), posee una diferencia fundamental, ya que quien la experimenta no se encuentra en situación de riesgo ni sufre alteración física alguna.
Las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) suelen registrarse en contextos de crisis médica extrema como paros cardíacos, traumatismos graves o estados de muerte clínica con posterior reanimación. En estos escenarios, el cerebro y el cuerpo atraviesan un estrés fisiológico crítico.
Por el contrario, la Experiencia de Muerte Compartida (EMC) le ocurre a una persona física y cognitivamente sana que mantiene un vínculo afectivo estrecho con alguien que está muriendo. Es, en esencia, acompañar al paciente en el tránsito del fallecimiento.
Según la Dra. Marieta Pehlivanova, investigadora de la Escuela de Medicina de la Universidad de Virginia, la EMC permite al acompañante sentirse involucrado en el proceso final. Esta participación suele facilitar la elaboración del duelo y ayuda a aceptar la pérdida con mayor serenidad.
Peters, con cuyo caso iniciamos este artículo, hoy se desempeña como psicoterapeuta licenciado, habiendo fundado la Iniciativa de Investigación de Transición Compartida (SCRI). A través de esta organización sin fines de lucro, ha liderado la mayoría de los estudios existentes sobre este fenómeno y ha acumulado cientos de entrevistas a testigos.
Los relatos recopilados coinciden en un elemento central. Todos apuntan a la convicción de que, al momento del deceso humano, la conciencia o el espíritu abandona el cuerpo para ingresar a otra forma de existencia.
Durante una EMC, la percepción del tiempo cambia radicalmente. Para algunas personas el evento parece extenderse durante eones, mientras que para otras ocurre en un destello instantáneo. Son frecuentes las visiones de luz, las revisiones sobre la vida del fallecido, una intensa sensación de paz y la percepción de una entidad superior facilitando el paso al otro lado.
Las cifras del estudio de SCRI revelan datos inesperados. El 64 % de los casos reportados ocurren a distancia, es decir, cuando la persona se encuentra físicamente lejos del moribundo, mientras que solo el 36 % sucede junto a la cama del paciente. Además, el 75 % de los episodios se registra exactamente en el instante determinado como la muerte médica.
La recurrencia de las EMC plantea interrogantes que la medicina tradicional aún no logra responder plenamente. Para la Dra. Pehlivanova, el hecho de que personas sanas experimenten estas vivencias sugiere que la conciencia podría no estar ligada de manera absoluta a la actividad cerebral ni a los procesos fisiológicos.
Por su parte, la Dra. Tais Oliveira da Silva, investigadora de la Universidad Federal de Juiz de Fora en Brasil, señala que las EMC transforman las creencias de las personas, reducen de forma drástica el temor a la muerte y otorgan la percepción de un lazo continuado con el fallecido.
«Las interpretaciones psicológicas, como el duelo anticipatorio o las necesidades espirituales de los cuidadores, pueden explicar algunos casos», señala Oliveira da Silva. «Sin embargo, no parecen suficientes para justificar toda la gama de vivencias reportadas».
Dentro de la comunidad científica, diversos investigadores intentan atribuir las experiencias del final de la vida a causas neurobiológicas como el delirio, los efectos secundarios de fármacos, estados febriles o disfunciones del sistema nervioso. No obstante, los protocolos de investigación rigurosos suelen excluir a pacientes con delirio para no confundir estados confusionales con verdaderas alteraciones de la conciencia.
Modelos neurocientíficos como NEPTUNE intentan explicar las ECM mediante cambios en los gases sanguíneos cerebrales, liberación masiva de endorfinas o alteración en la unión temporoparietal del cerebro. Sin embargo, estas explicaciones se quedan cortas frente a la nitidez y complejidad de las EMC.
En una revisión académica reciente publicada en la revista Psychology of Consciousness, Pehlivanova y el Dr. Bruce Greyson sostienen que la estimulación eléctrica del cerebro jamás ha logrado reproducir percepciones complejas o fuera del cuerpo como las descritas en estos episodios.
Para Peters, quien afirma que el 41 % de los entrevistados llega a experimentar más de una EMC en su vida, la hipótesis más consistente es clara. «Como investigador y como persona que lo ha vivido, la noción de que la conciencia sobrevive a la muerte humana es la explicación más plausible y racional, porque existe una comunicación evidente entre una conciencia que acaba de trascender y personas que continúan con vida».
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