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Durante décadas, los arqueólogos debatieron el verdadero significado de los arcos, flechas y dagas hallados en las tumbas de varias princesas del Imperio Medio de Egipto. Para muchos, eran simples objetos ceremoniales o simbólicos. Sin embargo, un nuevo y controvertido análisis de sus huesos sugiere que estas mujeres de la realeza no solo poseían armas, sino que sabían cómo usarlas.

La famosa escena de 'La Momia Regresa' (2001) podría no estar tan alejada de la realidad: la ciencia ahora debate si las princesas egipcias realmente sabían pelear.
Un equipo de científicos analizó los restos óseos de seis miembros de la realeza —cinco mujeres y un hombre— descubiertos originalmente en la necrópolis de Dahshur en la década de 1890. Tras pasar más de un siglo olvidados en los depósitos del Museo Egipcio de El Cairo, los huesos fueron redescubiertos en 2020 durante un proyecto de catalogación, lo que permitió aplicarles tecnologías modernas de rayos X y espectroscopia infrarroja.
Los resultados, publicados en la revista Frontiers in Environmental Archaeology, revelan marcas profundas en las entesis, los puntos donde los músculos y ligamentos se unen al hueso. Según los autores, este desarrollo muscular asimétrico y pronunciado en las extremidades superiores coincide con el esfuerzo físico continuo que exige la práctica del tiro con arco o el manejo de armas blancas.

Una fotografía antigua de la pirámide de Dahshur, donde fueron encontrados los miembros de la realeza. Crédito: Rijksmuseum vía Wikimedia Commons.
«Los miembros de la familia real, especialmente las mujeres, participaban activamente en actividades expertas y físicamente exigentes como el tiro con arco y la caza», afirma la doctora Zeinab Hashesh, arqueóloga de la Universidad de Beni-Suef y autora principal del artículo. «Esta conclusión se apoya en la forma en que se desarrollaron sus huesos para soportar un uso muscular pesado, lo que corresponde directamente con las armas descubiertas en sus tumbas».
Entre los restos analizados se encuentran los de cuatro hermanas, hijas del faraón Amenemhat II. El esqueleto de la princesa Ita, fallecida entre los 28 y 34 años, muestra marcas robustas en el hombro y brazo derecho que coinciden con el uso continuo de dagas o mazas, un dato revelador considerando que en su sarcófago se encontró una daga de exquisita factura. Por su parte, la princesa Itaweret presenta un patrón óseo compatible con el de una arquera experimentada, además de costillas y pies fracturados que lograron sanar en vida.

(A) Daga de la princesa Ita, cortesía del Museo Egipcio; (B) Flechas de la princesa Noub-Hotep, cortesía de Eman Shawky.
El estudio también detectó que estas mujeres sufrieron infecciones, deficiencias nutricionales y anomalías espinales compartidas, un indicador de la endogamia común en la realeza de la época. Para los investigadores, las fracturas curadas demuestran que, a pesar de las dificultades de su estilo de vida activo, tenían acceso a la medicina más avanzada de su tiempo.
A pesar del entusiasmo del equipo de investigación, la comunidad científica internacional ha recibido las conclusiones con cautela. Expertos independientes advierten que los cambios óseos no siempre pueden atribuirse a una actividad tan específica como la guerra o la caza, ya que factores como la genética, el tamaño corporal o el envejecimiento pueden dejar huellas similares en el esqueleto.

Lesiones patológicas y cambios entésicos de Itaweret: (A) impresiones hipervasculares en la cara anterior de la segunda vértebra torácica; (B) formación anormal de hueso trenzado en la cara lateral de la diáfisis del fémur derecho; (C) picaduras en la cara posterior del cóndilo lateral del fémur izquierdo, vista posterior; (D) fracturas por compresión bien sanadas en el tercer, cuarto y quinto metatarsiano, vista proximal; (E) robustez del ligamento costoclavicular en las clavículas de la princesa Itaweret, vista inferior; (F) robustez en las inserciones de los músculos pectoral mayor (flechas blancas) y deltoides (flechas rojas) en las clavículas de la princesa Itaweret, vista anterior.
Bioarqueólogos ajenos al estudio señalan además que la falta de un grupo de control —es decir, comparar estos restos con los de egipcios comunes de la misma época— impide determinar si este desarrollo muscular era exclusivo de la élite militarizada o algo habitual en la población. Asimismo, la pérdida de los cráneos a principios del siglo XX y el limitado porcentaje de conservación de los esqueletos añaden incertidumbre a la teoría.
El debate sobre si las princesas egipcias fueron cazadoras y guerreras habituales o si los arcos eran ofrendas destinadas a sus protectores en el más allá sigue abierto, pero el hallazgo ha devuelto el foco de la arqueología a las personas detrás de los tesoros.
Fuente: EurekAlert. Edición: MP.
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