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Uno de los pocos personajes supuestamente bien representados en la última película de Christopher Nolan pudo ser, en realidad, la metáfora de un gigante geológico.
La película recién estrenada ha cosechado críticas dispares. Desde quienes halagan el mundo inmersivo creado por el célebre director y la gran calidad fotográfica, hasta quienes reprochan la pésima representación de ciertos personajes humanos, como Helena de Troya, quien —a pesar de aparecer solo unos pocos minutos— es interpretada por una actriz de color (Lupita Nyong'o) que contradice la iconografía y las descripciones clásicas.
En este sentido, las licencias cinematográficas no deberían elevarse tanto —de acuerdo a algunos historiadores— por sobre la fidelidad al relato homérico. Y es que, a diferencia de la creencia popular, los mitos no eran cuentos infantiles para los antiguos griegos, sino una de las herramientas más poderosas para transmitir historias reales y descifrar los fenómenos más aterradores del planeta.
Es justamente aquí, en medio de esta polémica sobre la ambientación histórica, donde el cíclope Polifemo de Nolan se alza de forma casi inesperada como una de las grandes obras maestras de la cinta, ganándose los elogios de los seguidores por no «insultar» la tradición helénica. Sin embargo, esta aparente fidelidad al relato encierra una paradoja mucho más profunda que desmonta por completo el supuesto acierto del director.
Análisis como el del reconocido vulcanólogo británico Alwyn Scarth (1936-2017) revelan que las andanzas de la criatura mitológica describen, paso a paso y con precisión matemática, el comportamiento destructivo del monte Etna en Sicilia. El propio Homero, según Scarth, dejó las pistas de este código de la Tierra sembradas a lo largo de su epopeya.
Tal decodificación científica cobra sentido al revisar el corazón mismo del relato clásico. En la Odisea, el rey de Ítaca y sus hombres desembarcan en la isla de los cíclopes y quedan atrapados dentro de la enorme cueva de Polifemo, un ser gigantesco e implacable que vive de espaldas a las leyes de la civilización y la hospitalidad. Al describir su aspecto, el poeta aporta valiosos indicios geográficos al definirlo como «un monstruo espantoso… un pico selvático… que en la isla se aísla y destaca entre todas las cumbres».
«Esta imagen poética remite de forma directa a la silueta de un volcán solitario dominando el horizonte. Asimismo, los gigantescos peñascos que el cíclope arroja con furia contra los barcos al final del relato evocan con precisión los farallones volcánicos que salpican la costa siciliana, sugiriendo que la fábula es el reflejo de la memoria colectiva de temblores y lava», sostiene el vulcanólogo.
La anatomía y el linaje de la criatura vuelven esta analogía geológica aún más evidente. El monte Etna se caracteriza por una actividad constante que abre grietas y pequeños conos satélites en sus laderas. Cuando Homero bautiza a la criatura como cíclope, que significa literalmente «ojo redondo», nos entrega la descripción perfecta del cráter principal de un volcán en actividad.

Gangi, Sicilia, con el monte Etna de fondo. Crédito: Just Daisy.
Bajo esa misma tierra ardiente de Sicilia, la mitología situaba las fraguas del dios Hefesto, donde los cíclopes forjaban los rayos de Zeus; las erupciones y los ruidos subterráneos del Etna se interpretaban entonces como el martilleo divino o los lamentos de un titán atrapado en sus entrañas.
Además, el poema aclara que Polifemo es hijo de Poseidón, el dios de los terremotos y de las «oscuras cabelleras». Esta relación familiar es una genialidad científica: los sismos siempre avisan la llegada de una erupción, y esas cabelleras oscuras representan los ríos de lava solidificada que descienden como trenzas negras por la montaña.
Es precisamente en el clímax de lo narrado por Homero donde la metáfora vulcanológica alcanza su punto más explícito. Para escapar de la cueva donde el monstruo devora a sus hombres «como cachorros», Odiseo emborracha a Polifemo con vino y le asegura astutamente que su propio nombre es «Nadie».
Una vez que el gigante cae dormido, los griegos le clavan un tronco encendido en su único ojo. Polifemo despierta ciego y grita a sus vecinos cíclopes pidiendo auxilio, pero al clamar que «Nadie» lo está atacando, estos lo ignoran y lo dejan solo, permitiendo que los hombres huyan al amanecer camuflados bajo el lomo de sus ovejas.
Al zarpar, Odiseo no resiste el orgullo y grita su verdadero nombre; furioso, el cíclope ciego suplica a Poseidón que maldiga al héroe, desatando una prolongada condena de tempestades marinas. Leída bajo la lupa de la ciencia, la violenta ceguera del cíclope escenifica, en realidad, el nacimiento de un nuevo foco eruptivo.
El momento en que la estaca ardiente entra en el ojo representa una columna incandescente de piroclastos y gases atrapados que estallan bajo presión. Homero relata que el ojo emitía un humo abrasador y que las raíces del globo ocular «crujían con el calor», capturando el silbido y el estruendo de una erupción estromboliana.
El dolor del gigante hace retumbar las paredes de la cueva de la misma manera en que las explosiones subterráneas hacen temblar la tierra siciliana, mientras que sus brutales costumbres de aplastar marineros y vomitar escoria describen el avance de la lava devorando el paisaje y el borboteo de fragmentos de roca caliente. Incluso sus densos rebaños de ovejas negras imitan las columnas de humo oscuro que descienden pesadamente por la ladera.
Es en este punto donde el supuesto acierto cinematográfico de Christopher Nolan se desarma por completo. En su película, el director optó por construir un gigantesco títere animatrónico, inspirando su diseño en la oscura pintura Saturno devorando a su hijo de Goya para transmitir una crueldad salvaje.
Este enfoque puramente visual se trasladó también al guion, donde la dirección decidió omitir gran parte del diálogo original y atenuar el juego de palabras del nombre «Nadie». Al reducir la astuta trampa psicológica de Odiseo a un elemento secundario, la película terminó despojando al monstruo de su voz y humanidad. Sin quererlo, Nolan le otorgó al cíclope una presencia silenciosa, ciega y hostil, como la de un volcán.
Es precisamente este trasfondo geológico el que termina perjudicando a la producción en su propio terreno. Mientras la cinta es duramente acusada de una diversidad hipócrita por la falta de actores realmente griegos, el celebrado acierto de haber filmado la escena de Polifemo en la Cueva de Néstor, en Mesenia, resulta ser la ironía definitiva. En su ignorancia, Hollywood buscó la supuesta rigurosidad helénica en tierras continentales, olvidando que, en las pistas de Homero, el hogar de la gigantesca «criatura» nunca estuvo en Grecia, sino en las entrañas ardientes de la Sicilia volcánica.
Por MysteryPlanet.com.ar.
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