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Las misiones espaciales de larga duración exponen a los astronautas a niveles peligrosos de radiación cósmica, mientras que la ingravidez prolongada causa estragos en los músculos, los huesos y la visión. A esto se suman los profundos efectos psicológicos derivados del aislamiento extremo. Para resolver estas complicaciones, un creciente grupo de investigadores financiados por la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) avanza a paso firme en replicar una estrategia biológica con millones de años de evolución: la hibernación.
Al entrar en este estado, los animales apagan casi por completo sus funciones corporales sin sufrir daños por la falta de agua, alimento o movimiento. En el contexto astronáutico actual, lograr un letargo sintético no solo protegería la salud de la tripulación contra la degradación física y la radiación, sino que reduciría drásticamente la carga de recursos necesarios para el viaje, recortando el peso útil de la nave.
En una reciente entrevista con Fox News, el físico teórico Michio Kaku explicó que esta alternativa podría dejar de ser exclusiva de la ciencia ficción para convertirse en una necesidad logística inminente. Según Kaku, un viaje de ida y vuelta al planeta rojo —nuestro destino interplanetario más inmediato— podría tomar unos 16 meses en una cápsula de dimensiones reducidas.
I appeared on @FoxNews to discuss the need for human hibernation technology to make long-duration space travel feasible for future Mars missions. Here is a short snippet from the broadcast. https://t.co/rsgEcAApwI
— Dr. Michio Kaku (@michiokaku) July 18, 2026
«En esos 16 meses pueden ocurrir muchos problemas: la gente puede pelearse, las enfermedades podrían propagarse, todo tipo de tonterías pueden pasar; por eso necesitamos la animación suspendida o letargo sintético», explicó el científico.
El gran desafío radica en que los seres humanos no somos hibernadores naturales. A diferencia de ciertas ardillas, osos o murciélagos, nuestro metabolismo no disminuye drásticamente ante la escasez. En este sentido, los científicos estudian a especies como la ardilla de tierra de trece franjas para comprender cómo logran que su ritmo cardíaco caiga a apenas unas pulsaciones por minuto y su temperatura corporal roce los 4 °C sin morir.
Actualmente se experimenta con fármacos, ultrasonido y sedantes como la dexmedetomidina para inducir estados de torpor artificial. Mediante estímulos no invasivos en regiones cerebrales específicas que controlan el metabolismo, ya se ha logrado inducir este estado en animales que normalmente no hibernan. Las pruebas iniciales en humanos sanos sugieren que incluso una reducción moderada en el gasto calórico marcaría una diferencia enorme en la eficiencia de una misión espacial moderna.
Esta optimización de recursos se vuelve crucial al considerar las verdaderas escalas del viaje. Durante la entrevista, Kaku advirtió que el espacio es mucho más grande de lo que solemos dimensionar y que los astronautas, aun viajando a 20.000 millas por hora, tardarán meses en llegar a su destino. Ante este panorama de aislamiento y desgaste prolongado, el físico señaló que los tripulantes «pueden no tener otra opción» más que someterse a estos procedimientos para preservar su salud durante la travesía.
No obstante, las primeras aplicaciones prácticas de esta tecnología no se verán en el espacio profundo, sino en la medicina terrestre contemporánea. Los científicos coinciden en que la capacidad de ralentizar el metabolismo y reducir la inflamación a nivel celular abre un abanico terapéutico revolucionario. Al simular estos mecanismos protectores, los médicos del futuro cercano podrán prolongar de forma drástica la viabilidad de los órganos destinados a trasplantes.
Asimismo, esta ralentización vital promete optimizar la eficacia de los tratamientos contra el cáncer al frenar el avance tumoral, y ofrecerá una ventana de tiempo crítica y sin precedentes para salvar vidas en salas de emergencias ante cuadros críticos de infartos o accidentes cerebrovasculares.
Fuente: The Guardian. Edición: MP.
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