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En el corazón de la Antártida, una de las misiones más críticas para el futuro del planeta ha encontrado a sus aliados más valiosos en la fauna local: las focas. Mientras un equipo internacional de científicos se dirige al glaciar Thwaites, estos animales se preparan para actuar como exploradores biológicos en zonas donde la tecnología humana simplemente no puede llegar.

Un barco con cerca de 40 investigadores de cuatro continentes zarpó desde Nueva Zelanda el sábado pasado. Tras cruzar los mares del sur, los científicos pasarán un mes en el borde del hielo antártico. Crédito: Bohdan Drozdov.
Esta expedición, que cuenta con casi cuarenta investigadores a bordo del rompehielos Araon, tiene como objetivo estudiar el apodado «glaciar del Juicio Final». Se trata de una masa de hielo del tamaño de Florida cuyo deshielo ya es responsable de una parte importante del aumento del nivel del mar a nivel global.
Los científicos advierten que si este gigante colapsara por completo, el nivel de los océanos podría subir más de 60 centímetros. Por esta razón, entender qué ocurre bajo su superficie se ha convertido en una prioridad urgente para la comunidad internacional, que observa con asombro cómo el glaciar se fractura ante sus ojos.
Sin embargo, trabajar en la Antártida es un desafío extremo. El viaje por mar puede ser más largo que un vuelo a la Luna y el clima impone límites severos. El hielo se mueve constantemente a una velocidad de casi diez metros por día, y las grietas pueden tragarse equipos enteros en cuestión de horas.
Es aquí donde el papel de las focas de Weddell y los elefantes marinos se vuelve fundamental. Estos animales no son solo sujetos de estudio, sino compañeros de equipo que se sumergen en las profundidades para recolectar datos vitales que los instrumentos tradicionales difícilmente podrían capturar.
Lars Boehme, ecologista de la Universidad de St. Andrews, destaca que el instinto de estos mamíferos es su mejor herramienta de navegación.

Nuevo hielo marino formándose en una grieta creada cuando un iceberg se desprendió del glaciar Pine Island, cerca de Thwaites, en 2018. Crédito: NASA.
«Las focas van a donde está la comida», explica el experto en declaraciones al New York Times. «Y muy a menudo, ese es un lugar donde, en términos de medio ambiente y oceanografía, están sucediendo cosas importantes».
Esta red de datos biológicos permite a los investigadores mapear el abismo antártico con una precisión asombrosa. Según detallan los científicos del equipo, una vez que los animales han sido etiquetados, continúan con sus rutinas de buceo y descanso, capturando mediciones de temperatura y salinidad que se transmiten automáticamente.

A veces los animales pueden destacar ubicaciones que los científicos y sus robots submarinos no habían considerado. Crédito: Schmidt/Lawrence/NASA PSTAR RISE UP.
«Los datos se envían por satélite a los científicos», señala Boehme, subrayando que a veces los animales incluso resaltan ubicaciones cuya importancia los investigadores ni siquiera habían previsto. Este flujo constante de información permite vigilar rincones del planeta que, de otro modo, serían totalmente inaccesibles para barcos o robots.
Lo que estos aliados animales descubran en sus inmersiones diarias será la pieza final del rompecabezas para entender el futuro de nuestro clima global. En un entorno tan lleno de misterios como la Antártida, la ciencia ha aprendido que lo mejor es mantenerse abierta a lo inesperado y confiar en quienes mejor conocen el hielo.
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