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La agencia espacial china logró capturar las primeras imágenes cercanas de un extraño cuerpo celeste que orbita al Sol en sintonía con nuestro planeta. El hallazgo confirma que el objeto es mucho más pequeño de lo que se pensaba, lo que representa un desafío sin precedentes para la ciencia.
Este cuerpo espacial, bautizado formalmente como 2016 HO3 o Kamoʻoalewa, no es técnicamente un satélite natural como la Luna, sino un asteroide que se encuentra en una órbita elíptica compartida. Debido a su constante cercanía a la Tierra, que se repite cada 45 años, los astrónomos lo consideran un «quasi-satélite», siendo el más cercano de los siete que se conocen hasta la fecha.
Tal como habíamos anticipado hace unos días, la hazaña fotográfica corrió a cargo de la sonda Tianwen-2, perteneciente a la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA). Tras un viaje de casi 400 días y aproximadamente mil millones de kilómetros recorridos en su trayectoria orbital, la nave logró posicionarse a solo 20 kilómetros de la superficie del asteroide para iniciar su exploración científica.
Las imágenes revelaron una sorpresa mayúscula para los investigadores: el tamaño real del cuerpo celeste. Mientras que las mediciones previas basadas en telescopios terrestres estimaban un diámetro de entre 40 y 100 metros, los nuevos datos visuales sugieren que la roca apenas mide entre 20 y 30 metros de ancho.

La sonda china Tianwen-2, que despegó el 29 de mayo de 2025, se ha aproximado a menos de 20 kilómetros de su objetivo, según la CNSA. La misión tiene como meta recolectar muestras del 2016 HO3 y estudiar el cometa 311P del cinturón principal. Crédito: Xinhua.
Esta reducción en la escala lo convierte en el asteroide más pequeño jamás visitado por una nave humana, superando con creces el tamaño de Ryugu y Bennu, los objetivos de misiones previas de Japón y Estados Unidos que superaban los 500 metros de diámetro.
«A diferencia de los conocidos asteroides cercanos a la Tierra, el 2016 HO3 es un objeto coorbital excepcionalmente raro», explicó el físico Rongqiao Zhang, del Centro de Exploración Lunar y de Ingeniería Espacial en Beijing. El experto añadió que su condición de quasi-satélite ofrece «condiciones favorables para el seguimiento, control y la comunicación».
Los científicos albergan un interés muy particular en este astro. Diversas observaciones teóricas sugieren que esta roca fragmentada podría ser, en realidad, un antiguo pedazo desprendido de nuestra propia Luna, una hipótesis que esta misión intentará confirmar mediante el análisis de su composición material, estructura interna y la posible presencia de agua.
Sin embargo, la recolección de muestras será una maniobra de alto riesgo. Kamoʻoalewa es un objeto alargado e irregular, calificado como una «pila de escombros» que gira sobre su propio eje a una velocidad vertiginosa de una revolución cada 28 minutos. Esta combinación genera un campo gravitatorio sumamente inestable y un terreno complejo con muy pocas zonas planas.
La comunidad científica teme que la sonda pueda rebotar contra la superficie o perder las muestras durante las operaciones de contacto. Para mitigar estos peligros, la Tianwen-2 no se limitará al método rápido de TAG (Touch- And-Go) usado por misiones estadounidenses o japonesas, sino que implementará sistemas avanzados de vuelo estacionario y anclaje directo sobre la roca.
«La misión de la Tianwen-2 es mucho más compleja que las exploraciones de asteroides anteriores y representa un camino completamente nuevo para la exploración del universo por parte de la humanidad», señalaron desde la publicación oficial China National Astronomy.
Si todo marcha según lo previsto, la sonda recogerá los fragmentos del asteroide y los enviará de regreso a la Tierra en una cápsula de reentrada a finales del próximo año. Posteriormente, la nave principal aprovechará la gravedad terrestre para impulsarse en un viaje secundario de siete años hacia el cometa 311P, continuando con el ambicioso programa de exploración planetaria del país asiático.
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