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Sin comunicación, sin navegación, con la electrónica fallando y un riesgo de colisión inminente. Los equipos del centro de control de misiones de la Agencia Espacial Europea (ESA) en Darmstadt, Alemania, se enfrentaron recientemente a un escenario de pesadilla: una tormenta solar de magnitud extrema.

Esta deslumbrante llamarada solar fue capturada por la misión Solar Orbiter, liderada por la ESA, el 30 de septiembre de 2024. Crédito: ESA & NASA/Solar Orbiter/EUI Team.
Afortunadamente, este desastre no ocurrió en la realidad. Fue parte de una campaña de simulación intensiva para la misión Sentinel-1D, diseñada para llevar al límite la preparación de la agencia ante el clima espacial extremo.
Antes de cada lanzamiento (el de Sentinel-1D está programado para noviembre de 2025), los equipos de la ESA realizan simulacros rigurosos. Sin embargo, esta vez, los oficiales de simulación se inspiraron en el infame «evento Carrington» de 1859, la tormenta geomagnética más potente jamás registrada.
El objetivo: replicar los efectos de una tormenta solar catastrófica para probar la capacidad del equipo de responder sin navegación por satélite y bajo una severa interrupción electrónica.
«Si ocurriera un evento así, no hay soluciones buenas. El objetivo sería mantener el satélite a salvo y limitar el daño tanto como sea posible», afirmó Thomas Ormston, subdirector de operaciones de la nave Sentinel-1D.
La simulación comenzó a las 22:20. Tras un lanzamiento exitoso, el control de misión esperaba la señal del satélite, pero esta llegó con ruido. Algo iba mal.
La primera ola, una llamarada solar masiva (clase X45), había golpeado. Viajando a la velocidad de la luz, tardó solo ocho minutos en llegar a la Tierra, interrumpiendo radares, comunicaciones y dejando fuera de línea los sistemas de navegación Galileo y GPS.

Video de la explosión del Sol durante la tormenta solar de Halloween de 2003, captado por el instrumento EIT a bordo del satélite SOHO de la ESA/NASA. Las líneas similares a nieve en las imágenes corresponden a la saturación de los detectores de la cámara debido al impacto de partículas de alta energía originadas en la región solar activa.
Momentos después, llegó la segunda ola: partículas de alta energía. Estas comenzaron a perturbar la electrónica a bordo, causando errores en los datos y potenciales fallos permanentes.
«La llamarada tomó al equipo por sorpresa», relata Gustavo Baldo Carvalho, oficial jefe de simulación. «Pero una vez que recuperaron la compostura, sabían que había comenzado una cuenta atrás. En las próximas 10 a 18 horas, una eyección de masa coronal (CME) golpearía, y tenían que prepararse».
Quince horas después del inicio, la tercera y más destructiva fase comenzó. Una masiva CME (plasma caliente viajando a 2.000 km/s) impactó la Tierra, desencadenando una tormenta geomagnética catastrófica.
En la simulación, mientras en la Tierra se veían auroras hasta en Sicilia y colapsaban las redes eléctricas, los satélites en el espacio luchaban por sobrevivir. La tormenta hizo que la atmósfera terrestre se hinchara, aumentando la resistencia aerodinámica de los satélites en órbita baja hasta en un 400 %.
Esto los desvió de sus trayectorias, y los controladores de misión enfrentaron múltiples alertas de colisión con basura espacial y otras naves. «La calidad de los datos de conjunción se degradaría tanto que tomar decisiones sería un delicado equilibrio bajo una incertidumbre significativa», explicó Jan Siminski, de la Oficina de Desechos Espaciales de la ESA.
Los niveles de radiación se dispararon, los rastreadores de estrellas quedaron cegados y los sistemas de carga de baterías fallaron, sumándose al caos. «Una explosión de la magnitud del evento Carrington no dejaría a ninguna nave espacial a salvo», sentenció Jorge Amaya, coordinador de modelado de clima espacial de la ESA.
El ejercicio, que supuso una rara activación del Centro de Seguridad Espacial de la ESA, fue un éxito al llevar a los equipos al límite. «La conclusión clave es que no es una cuestión de si esto ocurrirá, sino de cuándo», advirtió Baldo Carvalho.

Desde mediados de septiembre, los equipos del Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC) han estado inmersos en simulaciones para el Sentinel-1D, cuyo lanzamiento está programado para el 4 de noviembre de 2025. Crédito: ESA.
Más allá de probar la resiliencia humana, el simulacro destaca la necesidad urgente de mejorar las previsiones. Para ello, la ESA está desarrollando la misión Vigil, que se lanzará en 2031. Vigil observará el «costado» del Sol desde un punto de vista único (Lagrange 5), permitiendo detectar eventos solares peligrosos antes de que sean visibles desde la Tierra y dando un tiempo vital para proteger nuestros satélites e infraestructura.
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