Un impactante hallazgo paleontológico en los territorios del noroeste de Canadá está reescribiendo los primeros capítulos de la vida en nuestro planeta. Un grupo de científicos descubrió un yacimiento con más de 100 fósiles del período Ediacárico que revela que los animales complejos evolucionaron hasta 10 millones de años antes de lo que la ciencia estimaba.

Giro en la evolución: descubren que los primeros animales complejos son millones de años más antiguos de lo que creíamos

Reconstrucción de un grupo hipotético de aguas profundas del nuevo yacimiento en los Territorios del Noroeste de Canadá, basada en los fósiles recuperados por los investigadores. Crédito: Alex Boersma.

El estudio, publicado en la prestigiosa revista Science Advances, desentierra un tesoro de organismos que habitaron la Tierra cientos de millones de años antes de la era de los dinosaurios. En aquel entonces, la vida era exclusivamente marina y los océanos estaban cubiertos por extrañas criaturas de cuerpo blando, cuyas formas variaban desde delicadas hojas similares a helechos hasta masas segmentadas.

«Durante 3000 millones de años, la vida en la Tierra estuvo dominada por microbios. De repente, aparecieron estos animales marinos de aspecto extraño, lo suficientemente grandes como para ser vistos y capaces de comportamientos que hoy nos resultarían familiares», explicó Scott Evans, autor principal del estudio y curador adjunto de paleontología de invertebrados del Museo Americano de Historia Natural (AMNH) en Nueva York.

«Si queremos entender esta transición, cuando la vida se volvió grande, compleja e inconfundiblemente animal, este nuevo sitio tiene un potencial tremendo», añadió.

Un salto inesperado al pasado

Hasta ahora, el registro de estas comunidades fósiles —conocidas como el ensamblaje del mar Blanco— se limitaba principalmente a yacimientos en Rusia y Australia, con una antigüedad de entre 550 y 559 millones de años. Sin embargo, los ejemplares hallados en las remotas montañas Mackenzie de Canadá tienen unos 567 millones de años, lo que adelanta la línea temporal de la evolución animal compleja entre 5 y 10 millones de años.

En este estudio, los expertos hallaron evidencia clara del ensamblaje del mar Blanco en rocas antiguas de las montañas Mackenzie de Canadá, en los Territorios del Noroeste, en las tierras tradicionales de los Sahtú Dene y los Métis, quienes brindaron guía y permiso al equipo de investigación para acceder al sitio. Crédito: Scott Evans/AMNH.

Entre los restos recuperados se identificaron especies clave que nunca antes se habían documentado en suelo norteamericano:

  • Dickinsonia: Un organismo plano similar a una alfombra circular que se desplazaba por el fondo marino. Carecía de boca y absorbía bacterias y algas directamente a través de su superficie inferior.
  • Funisia: Una criatura tubular e inmóvil que vivía en colonias. Representa la evidencia más antigua de reproducción sexual en el registro fósil, liberando óvulos y espermatozoides al agua de manera coordinada, tal como lo hacen los corales modernos.
  • Kimberella: Un ser con un pie musculoso que se alimentaba raspando el lecho marino. Se le considera un pariente primitivo de los moluscos y, potencialmente, el animal con simetría bilateral (con parte delantera, trasera, dorso y vientre) más antiguo del que se tenga constancia.
  • Eoandromeda: Un organismo con un diseño de ocho brazos espirales que los científicos vinculan con los actuales ctenóforos o falsas medusas.

El refugio de las profundidades marinas

Además de la antigüedad, el descubrimiento rompe con otro paradigma científico. Los investigadores determinaron que estas criaturas vivían en aguas mucho más profundas de lo que se creía para esta época. Esto refuerza la hipótesis de que los primeros animales complejos no se originaron en aguas costeras, sino en la estabilidad del océano profundo, realizando el camino inverso a la evolución posterior.

Un fósil de Dickinsonia, un organismo plano que se desplazaba por el fondo marino, carente de boca y que, en su lugar, absorbía bacterias y algas a través de toda su superficie inferior. Crédito: Scott Evans/AMNH.

«Pensamos en el océano profundo como un lugar oscuro e inhóspito, pero también es relativamente estable, con pocas fluctuaciones en elementos esenciales como la temperatura y el oxígeno», señaló Evans. «Esta estabilidad pudo haber brindado oportunidades clave para sostener la vida animal temprana».

El éxito de la expedición también tuvo un fuerte componente colaborativo. Los fósiles fueron localizados en las tierras tradicionales de los pueblos indígenas Sahtú Dene y Métis, quienes otorgaron el acceso y guiaron al equipo de investigación en la zona.

Un fósil de Eoandromeda, un posible ctenóforo con ocho brazos espirales. Crédito: Scott Evans/AMNH.

Para Justin Strauss, coautor del estudio y profesor en Dartmouth College que lleva 15 años explorando la región, el hallazgo cubre un vacío histórico: «Este nuevo sitio no solo es sumamente diverso, sino que proviene de una sección de la sucesión rocosa donde antes carecíamos por completo de restos fósiles».

Fuente: AMNH. Edición: MP.

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