«La locura de los bárbaros ha devastado las iglesias de Dios en Oriente, e incluso —me apena decirlo— han tomado la ciudad santa de Cristo, Jerusalén». Con estas palabras, el Papa Urbano II esperó convencer a los cristianos de toda Europa de que se uniesen a un tipo especial de peregrinaje: una guerra santa contra los musulmanes que habían tomado Jerusalén en su expansión del islam por Oriente Próximo.

Los caballeros que se unían a una Cruzada pagaban caro el privilegio. El precio del equipo y el caballo de combate podía superar dos veces sus ingresos anuales.

Los caballeros que se unían a una Cruzada pagaban caro el privilegio. El precio del equipo y el caballo de combate podía superar dos veces sus ingresos anuales.

La llamada obtuvo respuesta, porque en la Edad Media no existía mayor motivación que unirse a las Cruzadas. Miles de hombres y mujeres temerosos y devotos de Dios arriesgaron sus vidas para recuperar Tierra Santa de manos de los infieles. Liderados por fanáticos armados con poco más que su fe y por nobles y caballeros con lanzas y espadas, se convirtieron en una horda «que superaba en número a los granos de arena de la playa o a las estrellas del cielo, portando palmas y cruces sobre los hombros», como describió un testigo. Aquellos peregrinos no solo se alejaron de su hogar y de sus familias; además, casi todos invirtieron todo su dinero en el viaje con la creencia de que obtendrían la absolución de sus pecados y se asegurarían un lugar en el cielo.

Los cruzados vivieron en una época violenta. En el siglo XI, Europa estaba empezando a salir de unos tiempos de oscuridad y las facciones beligerantes se atacaban continuamente. La brutalidad era algo habitual. Los sacrificios que las Cruzadas exigían podrían parecer una extensión de las exigencias de la vida cotidiana, pero con una atractiva diferencia: la posibilidad de salvación.

El papa Urbano II pronuncia uno de sus sermones exhortando a los fieles a unirse a la Primera Cruzada para liberar a la ciudad santa de Jerusalén. Urbano prometió a los cruzados potenciales el perdón divino aunque no tuviesen mucho dinero.

El papa Urbano II pronuncia uno de sus sermones exhortando a los fieles a unirse a la Primera Cruzada para liberar a la ciudad santa de Jerusalén. Urbano prometió a los cruzados potenciales el perdón divino aunque no tuviesen mucho dinero.

La Primera Cruzada, concebida como una acción militar por el Papa Urbano II, con nobles y caballeros sirviendo como guerreros de Cristo, atrajo a más personas del pueblo llano de las que se esperaban. Sin formación ni disciplina, y sin un buen liderazgo, formaron la primera oleada de los más de 50.000 europeos que iniciaron la marcha de 3.200 kilómetros por tierra. Miles de ellos murieron en el camino o en el intento de asalto a dos fortalezas musulmanas. En la siguiente oleada, los caballeros y los soldados de infantería lograron tomar varias ciudades en su avance hacia Jerusalén. No obstante, también sufrieron situaciones terribles: en un solo día murieron de sed 500 personas, y el hambre que padecieron llegó a tales extremos que algunos se comieron a sus caballos e incluso a sus enemigos. Su abnegación y su valentía, sin embargo, se convirtieron en el ejemplo de futuras generaciones de cruzados —entre ellos, el rey inglés Ricardo Corazón de León y el emperador alemán Federico I Barbarroja— que tomaron la cruz y recorrieron las largas y difíciles rutas señaladas de manera simplificada en el siguiente mapa:

Mapa de las Cruzadas (siglos XI-XIII).

Mapa de las Cruzadas (siglos XI-XIII).

Participación en las Cruzadas

Las Cruzadas suponían una empresa muy cara. Muchos caballeros buscaban patrocinadores para poder participar; otros vendían o hipotecaban sus tierras, con el consiguiente riesgo para el futuro de sus familias. Roberto, duque de Normandía, llegó al extremo de empeñar todo su ducado para poder participar en la Primera Cruzada.

Para un rey, el precio podía ser desorbitado. Luis IX de Francia pasó seis años fuera de casa, y durante ese tiempo tuvo que soportar la carga económica de mantener no solo a su familia, sino también pagar los sueldos de sus caballeros, arqueros y sargentos, sin olvidar los suministros y la construcción y mantenimiento de las fortificaciones en Tierra Santa. Una cuenta de los gastos de Luis desveló que había invertido doce veces los ingresos anuales de la casa real.

Luis IX parte a las Cruzadas. Convirtió un pequeño pueblo en un gran puerto para desembarcar equipos y suministros.

Luis IX parte a las Cruzadas. Convirtió un pequeño pueblo en un gran puerto para desembarcar equipos y suministros.

Además, al inconveniente de tener que encontrar patrocinador había que sumar la pesadilla de la logística. El traslado de hombres y materiales mejoró en las últimas Cruzadas, cuando los avances en el transporte por el Mediterráneo permitieron viajar con mayor facilidad a Tierra Santa. Los enormes cargamentos de comida, caballos y armas podrían haber tranquilizado a los viajeros, pero es posible que la travesía en sí misma aterrorizase a muchos cruzados acérrimos.

Jerusalén, peón en una guerra santa

Cuando los cruzados contemplaron Jerusalén por primera vez, el 7 de junio de 1099, relucía al sol como una visión celestial. Profundamente conmovidos, se arrodillaron y dieron gracias a Dios por llevarles hasta allí. Sin embargo, muchos de ellos sabían en el fondo de sus corazones que tomar la ciudad amurallada —una de las más fortificadas de la época— no sería tarea fácil. Después de encomendarse a Dios, los 13.000 sitiadores se convirtieron muy pronto en sitiados. Incapaces de superar las murallas porque no disponían de escalas, se encontraron con escasez de alimentos, agua y otras provisiones. Los defensores de la ciudad, muy astutamente, tomaron la precaución de llenar o envenenar los pozos. Y entonces, milagrosamente, en la costa apreció una flota de barcos ingleses y genoveses con carpinteros y madera para construir escaleras y torres móviles.

Conquista de Jerusalén, año 1099.

Conquista de Jerusalén, año 1099.

El 10 de julio, terminada la construcción de esas estructuras, los cruzados atacaron avanzando lentamente entre una descarga de flechas incendiarias mientras acercaban las voluminosas torres a las murallas. Cinco días más tarde, solo quedaba una plataforma en pie y los hombres empezaron a entrar en Jerusalén.

Ya en el interior de la Ciudad Santa, los cruzados tomaron sus espadas y atacaron a los civiles que huían, «matándolos y desmembrándolos», sin mostrar ni un ápice de piedad ni siquiera con las mujeres y los niños. Los líderes del ataque escribieron así al Papa: «Si deseáis saber qué se hizo con los enemigos que encontramos en la ciudad, sabed esto: en el pórtico de Salomón y en su Templo, nuestros hombres cabalgaron entre la sangre de los sarracenos, sangre que llegaba hasta las rodillas de sus caballos». Tras la caída de Jerusalén, el día 15, el número de muertos era tan elevado que sus cuerpos formaron piras funerarias «tan grandes como casas». Donde antes vivían 20.000 musulmanes y judíos, según los cálculos, ya no quedaba nadie.

Autorizados por Dios, según ellos creían, los participantes en la Primera Cruzada mataron a todas las personas que encontraron a su paso en Jerusalén. Un historiador del siglo XII lo explicó así: «No se podía mirar aquella multitud de cadáveres sin horror; brazos por todas partes y piernas amontonadas en el suelo aquí y allá».

Autorizados por Dios, según ellos creían, los participantes en la Primera Cruzada mataron a todas las personas que encontraron a su paso en Jerusalén. Un historiador del siglo XII lo explicó así: «No se podía mirar aquella multitud de cadáveres sin horror; brazos por todas partes y piernas amontonadas en el suelo aquí y allá».

Sabiendo que un ejército musulmán iba de camino hacia Jerusalén, un contingente de cruzados (todavía eufóricos por la victoria) salió de la ciudad el 29 de julio para enfrentarse a las tropas de avance en Ascalón. Aunque el ejército cristiano solo contaba con 5.000 jinetes y 15.000 soldados de infantería frente a un enemigo mucho más numeroso, los cruzados acabaron con miles de musulmanes y después se retiraron.

Entre los comandantes cruzados triunfantes, la tarea de permanecer en Jerusalén y gobernarla (junto con los distritos periféricos) recayó en Godofredo de Bouillón. Godofredo se resistió a que le llamasen rey porque consideraba el título un poco presuntuoso teniendo en cuenta que se trataba de la ciudad de Cristo; prefería ser conocido como Defensor del Santo Sepulcro. La tarea que esperaba al nuevo líder era formidable. Con Jerusalén bajo control cristiano, la mayoría de los cruzados regresaron a sus hogares en Europa. Godofredo se quedó con solo 300 caballeros y 2.000 soldados de infantería para defender el territorio. Sin embargo, falleció antes de poder demostrar que estaba a la altura. Su hermano, Balduino, asumió el mando. Él no dudó en autoproclamarse rey.

Este mapa de Jerusalén del siglo XIII muestra algunos monumentos religiosos de la ciudad, entre ellos: la tumba de Cristo (abajo a la izquierda), la mezquita (arriba a la derecha) y, debajo de ésta, la Torre de David, ciudadela de Jerusalén.

Este mapa de Jerusalén del siglo XIII muestra algunos monumentos religiosos de la ciudad, entre ellos: la tumba de Cristo (abajo a la izquierda), la mezquita (arriba a la derecha) y, debajo de ésta, la Torre de David, ciudadela de Jerusalén.

Durante los dos siglos siguientes, los cristianos que poseían los estados cruzados (que se extendían a lo largo de una franja de casi 1000 kilómetros entre las montañas y el Mediterráneo) se enfrentaron a la amenaza constante de un ataque. Los musulmanes eran incapaces de olvidar la infamia de la toma de Jerusalén, para ellos «el tercer lugar más sagrado» (desde donde ascendió a los cielos su profeta, Mahoma) después de La Meca y Medina. En 1187, Jerusalén pasó a manos del brillante comandante musulmán Saladino. La pérdida de la ciudad ejerció tal impacto en el papa Urbano III que cayó muerto al conocer la noticia.

Para los cruzados fue el principio del fin. Aunque Jerusalén sería recuperada en el año 1229, la victoria resultó muy breve. La ciudad volvió a estar bajo dominio musulmán en 1244. Cuarenta y siete años más tarde, en 1291, un enorme ejército que había salido de Egipto sitió la ciudad portuaria cristiana de Acre. Protegidos por un doble anillo de murallas, los 800 caballeros y los 14.000 soldados de infantería que esperaban en su interior lucharon con todas sus fuerzas, pero era imposible superar a los cientos de piedras y bombas incendiarias que los atacantes lanzaron sobre la ciudad desde sus catapultas. Tras siete semanas de asedio, Acre capituló y los musulmanes entraron y atacaron a la población. «En Acre fue decapitado hasta el último de los hombres», escribió un cronista árabe. Después, «la ciudad fue destruida hasta los cimientos».

Asedio de Acre, 1291.

Asedio de Acre, 1291.

En unos meses, los últimos baluartes cristianos cayeron en manos de los musulmanes. Las Cruzadas como acto militante de peregrinaje a Tierra Santa habían terminado.

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 1 comentario
Comentarios
Mar 26, 2016
22:40
#1 María Inés Bruccolleri Rennella:

Me gustó mucho….muchísimo. Ahora voy por la Primera Parte que me faltaba. Muchas gracias. Buenísimo!!.

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