Un reciente estudio arqueológico ha reavivado el interés por el fascinante papel de la fauna en la antigua Tenochtitlán, aportando pruebas indirectas pero contundentes sobre la existencia del legendario «zoológico de Moctezuma».

El zoológico de Moctezuma no es un mito: hallan pruebas científicas de animales cautivos en el Templo Mayor

Vivario de Tenochtitlan representado en el Códice Florentino, libro VIII, folio 30v.

A través del análisis de restos óseos, investigadores han logrado reconstruir la vida de animales que, hace siglos, habitaron el recinto sagrado de la capital mexica bajo el cuidado humano.

La nueva publicación titulada El cautiverio de los animales en la antigua ciudad de Tenochtitlán (2026), de la autoría del arqueólogo Israel Elizalde Méndez, analiza 28 ejemplares exhumados de ocho ofrendas del Huei Teocalli. Este trabajo, editado por el INAH y el Ancient Cultures Institute de San Francisco, ofrece una mirada científica a un espacio que, hasta ahora, solo se conocía por crónicas históricas.

Huesos que cuentan historias de cautiverio

Aunque no se ha localizado la estructura física del vivario debido a la densidad urbana actual, el equipo del Proyecto Templo Mayor (PTM) encontró testimonios biológicos irrefutables. Los restos de águilas reales, jaguares, lobos y espátulas rosadas presentan enfermedades articulares, infecciones y traumatismos regenerados que habrían sido mortales en estado salvaje.

La Ofrenda 120 tenía entremezclados los restos águilas y espátulas rosadas, con claros indicios de haber permanecido en cautiverio. Crédito: Leonardo López Luján, cortesía PTM.

«Concluimos que era imposible que muchos de ellos hubieran sobrevivido en libertad con esas lesiones», puntualizó Elizalde Méndez.

El hecho de que las heridas sanaran indica que los animales recibieron cuidados, alimentación y refugio, confirmando su estancia prolongada en el reservorio descrito en las fuentes coloniales.

Columna vertebral de un lobo con una enfermedad articular en estado avanzado. Foto: Mirsa Islas, cortesía PTM.

Para subsanar la falta de restos arquitectónicos, la investigación también exploró la ubicación probable de este recinto a través de la cartografía antigua. Según el primer plano de Tenochtitlán de 1524, asociado a Hernán Cortés, el zoológico se ubicaba justo detrás del recinto sagrado, coincidiendo con la zona donde se hallaron las ofrendas.

El estudio de los residuos de la dieta de las aves rapaces y la posibilidad de que los lobos fueran reproducidos intencionalmente en cautiverio refuerzan la sofisticación de este espacio mexica, permitiendo reconstruir su existencia incluso sin haber excavado todavía sus muros.

Más que una exhibición, un cosmos sagrado

Para los tenochcas, estos animales no eran simples curiosidades. Según explican los expertos Leonardo López Luján e Israel Elizalde en la revista Arqueología Mexicana, la fauna tenía una función simbólica vital. Los animales servían como alimento para las divinidades y funcionaban como «cosmogramas» vivientes, representando los diferentes niveles del universo en las ceremonias religiosas.

Israel Elizalde Méndez analizando los huesos de un felino. Crédito: Erika Robles, cortesía PTM.

Este avance arqueológico no solo valida los relatos de los cronistas españoles, sino que otorga una nueva dimensión a la relación entre la cultura mexica y su entorno natural, revelando una compleja red de manejo faunístico que precedió por siglos a los zoológicos modernos.

Fuente: INAH. Edición: MP.

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