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Un estudio publicado en la revista Nature demuestra que la cultura Aquiry transformó más de 180.000 kilómetros cuadrados de selva, construyó más de 20.000 centros ceremoniales y modificó el ecosistema mucho antes de la llegada de los europeos.
Durante siglos, la narrativa predominantemente aceptada describía a la selva amazónica prehispánica como un entorno virgen, habitado únicamente por pequeñas tribus nómadas. Sin embargo, un hallazgo científico impulsado por tecnología de vanguardia acaba de desmontar este paradigma. Un equipo internacional de investigadores ha descubierto que el suroeste de la Amazonía albergó a una compleja y multitudinaria civilización multicultural que floreció entre el año 600 a.C. y el 850 d.C.
Denominada cultura Aquiry —término que deriva del nombre indígena asignado al río Acre—, esta red de comunidades abarcó unos 183.000 kilómetros cuadrados, una extensión equivalente a la superficie actual de Siria. A comienzos del primer milenio, este territorio albergaba a una población estimada de entre 1.25 y 3 millones de personas. El hallazgo sugiere que la población total de la cuenca amazónica pudo alcanzar decenas de millones de habitantes, superando ampliamente las estimaciones más conservadoras que planteaban apenas un puñado de millones para toda la región.
«Nuestros hallazgos cambian por completo nuestra comprensión del pasado de la región amazónica», señala Martti Pärssinen, profesor emérito de la Universidad de Helsinki y director del estudio científico publicado recientemente en la revista Nature.
El avance científico fue posible gracias al uso de escaneo láser aerotransportado, conocido como tecnología LiDAR. Este sistema permite cartografiar los relieves del suelo debajo de la tupida vegetación tropical. Los investigadores sobrevolaron una zona de aproximadamente 4.500 kilómetros cuadrados, descubriendo cientos de centros ceremoniales monumentales bien conservados y complejas redes de caminos rectilíneos.
«Volamos en trayectos rectos de unos 450 kilómetros, mapeando una franja de un kilómetro de ancho cada diez kilómetros. Esto nos permitió cubrir un área continua lo más grande posible», explica el profesor Juha Hyyppä, del Instituto de Investigación Geoespacial de Finlandia, responsable de la ejecución técnica de la prospección.
Al extrapolar los datos obtenidos en la muestra representativa a todo el territorio Aquiry, los arqueólogos calculan con cautela que existen más de 20.000 estructuras ceremoniales de tierra en la región. El asentamiento de mayor tamaño identificado abarca 50 hectáreas. Estas obras geométricas monumentales de tierra, conocidas como geoglifos amazónicos, destacan debido a la ausencia de ruinas de piedra en la zona por la carencia natural de este material.
Respecto a la diversidad estilística de estas construcciones, Risto Kalliola, profesor emérito de la Universidad de Turku, destaca que «sus variadas dimensiones, formas, métodos de construcción y ubicaciones reflejan las distintas características geográficas y culturales de la región».
Los habitantes de Aquiry no solo levantaron monumentalidad terrestre, sino que transformaron radicalmente el entorno vegetal. Despejaron bosques dominados por bambú mediante quemas controladas para cultivar maíz, calabaza y yuca, así como para erigir sus centros ceremoniales y amplias avenidas.
Asimismo, desarrollaron la horticultura y promovieron de forma intencionada la proliferación de árboles con elevado valor nutricional. Especies hoy fundamentales en la selva, como la castaña del Pará y la chonta o pifá —muy valorada por su palmito y frutos comestibles—, son el resultado directo de siglos de selección e interacción humana.
«La investigación demuestra que el impacto humano en el medio ambiente del Amazonas ha sido mucho mayor de lo que se creía anteriormente», puntualiza Pärssinen. El especialista añade que «esto tiene implicaciones directas para nuestra comprensión de la historia biocultural de la región. La civilización también afectó la producción y el balance de carbono de la antigua Amazonía, algo que debería tenerse mejor en cuenta en los futuros modelos climáticos».
A diferencia de un imperio centralizado, esta civilización estaba estructurada como un entramado descentralizado. «Esta no era una entidad política única, sino una red de muchas comunidades diferentes», afirma Pirjo Kristiina Virtanen, profesora de Estudios Indígenas en la Universidad de Helsinki. Hasta la fecha, se desconoce qué lenguas hablaban estos pobladores o cómo se denominaban a sí mismos.
Las tradiciones orales de los pueblos originarios sugieren que los grandes recintos de tierra servían como espacios para consolidar lazos intercomunitarios, tomar decisiones políticas y realizar exhibiciones de generosidad por parte de los caciques. En estos recintos se celebraban danzas rituales, banquetes, pruebas atléticas y juegos de pelota.

Sitio arqueológico Piloto en Fazenda Cipoal, Acre, Brasil. Crédito: M. Pärssinen et al., Nature, 2026.
El motivo de su repentina desaparición hacia el año 850 d.C. sigue siendo un enigma sin resolver. Curiosamente, este colapso coincidió de manera contemporánea con la enigmática caída de la civilización maya clásica en Centroamérica.
El ambicioso proyecto de investigación contó con la participación de la Universidad de Helsinki, el Catastro Nacional de Finlandia, la Universidad de Turku, la Universidad de Aarhus y socios locales. La coordinación estuvo a cargo del Instituto Iberoamericano de Finlandia junto con la Fundación Factum de Madrid, con financiación de un donante estadounidense.
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