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Mucho antes de que J.R.R. Tolkien imaginara la Comarca y a sus entrañables pobladores en El Señor de los Anillos, la Tierra albergó a sus propios «hobbits» de carne y hueso. Se trata de Homo floresiensis, una diminuta especie humana extinta de apenas un metro de estatura que habitó la remota isla de Flores, en Indonesia, entre hace 100.000 y 60.000 años. Hoy, un nuevo estudio científico sobre sus caderas acaba de dar un giro imprevisto a lo que sabíamos sobre su forma de caminar.
Durante décadas, la anatomía de esta criatura ha desconcertado a los antropólogos. Su esqueleto siempre presentó un verdadero mosaico evolutivo: hombros y brazos relativamente modernos, pero manos y pies con rasgos bastante más primitivos. Sin embargo, el análisis minucioso de la pelvis de LB 1 —el fósil de una hembra adulta— demostró que su cadera se asemejaba mucho más a la de los humanos modernos y a la de Homo erectus que a la de ancestros más lejanos como la célebre Lucy (Australopithecus afarensis).
La investigación, liderada por la antropóloga biológica Kristi Lewton de la Universidad del Sur de California y publicada en el American Journal of Biological Anthropology, analizó la curvatura del hueso ilíaco mediante una nueva técnica de medición cuantitativa. Al comparar estas métricas con las de chimpancés, gorilas, australopitecos y diversas especies del género Homo, los resultados revelaron una clara afinidad con las especies humanas.
«A juzgar por los huesos de la cadera, Homo floresiensis se parece en general a los humanos y a otras especies del género Homo, y probablemente podía moverse de forma muy similar a la nuestra», explicó Lewton.
No obstante, la investigación científica subraya que, pese a ello, las características de la pelvis indican que se trataba de un individuo «que no recorría largas distancias ni se desplazaba a gran velocidad, y que podría haber conservado ciertos comportamientos arbóreos».
Especialistas independientes han respaldado estos hallazgos. Caley Orr, paleoantropólogo de la Universidad de Colorado en Denver, afirmó al medio Live Science que «sus resultados son coincidentes con una comparación cuantitativa más limitada entre pelvis fósiles que mi equipo publicó el año pasado», donde la estructura ósea de LB 1 ya había destacado por su marcado perfil humano.
Lejos de cerrar la discusión, este hallazgo profundiza el misterio sobre el verdadero origen de estos homínidos. En la actualidad, la comunidad científica se debate entre dos grandes explicaciones sobre cómo aparecieron en el mapa.
«La mayor parte de las pruebas apunta a una de estas dos hipótesis», señala Lewton. «O bien H. floresiensis evolucionó a partir de una población de H. erectus que llegó a la isla de Flores y sufrió un proceso de empequeñecimiento insular, o bien deriva de una radiación anterior de menor tamaño corporal perteneciente a otra especie del género Homo del Pleistoceno».
En otras palabras, o se encogieron con el paso de los milenios para adaptarse a los limitados recursos de la isla, o descendían de una rama humana aún más antigua y pequeña que logró migrar hasta allí. Aunque futuros análisis genéticos y de proteínas antiguas podrían arrojar nueva luz, Lewton advierte que «es probable que esta cuestión no se resuelva pronto».
Por lo pronto, los diminutos caminantes de Flores siguen guardando celosamente el secreto de su linaje.
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