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Bajo un inofensivo espectáculo astronómico podría esconderse una amenaza cósmica mucho más seria.
Si has visto una «estrella fugaz» particularmente brillante en los últimos días, es muy probable que fuera parte de la lluvia de meteoros Táuridas. Este espectáculo anual, que alcanza su punto máximo entre finales de octubre y principios de noviembre, es famoso por producir bólidos excepcionalmente brillantes, a menudo apodados las «bolas de fuego de Halloween».
Aunque la noche de Halloween ya pasó, su actividad continúa. Estos meteoros provienen de los escombros dejados por el cometa Encke. La Tierra cruza este campo de escombros dos veces al año: una en esta época (las Táuridas nocturnas) y otra en junio (las Beta Táuridas diurnas).
Normalmente, estos son solo granos de polvo y pequeñas rocas que se queman inofensivamente en la atmósfera. Sin embargo, ¿qué pasaría si, oculto en esa misma corriente de polvo, viajara también un «enjambre» de rocas mucho más grandes?
La cuestión clave no es solo si existen estas rocas más grandes, sino por qué estarían agrupadas. La teoría apunta al gigante del sistema solar: Júpiter.
La idea, conocida como la hipótesis del «Enjambre Resonante de las Táuridas» (TRS), sugiere que la inmensa gravedad de Júpiter actúa como un «pastor» cósmico. De la misma manera que un buscador de oro agita su batea para que las pepitas más pesadas se junten en un solo lugar, la influencia de Júpiter ha ido «pastoreando» lentamente los escombros más grandes del cometa Encke durante milenios, agrupándolos en un cúmulo denso.
«El enjambre resonante es teórico», explica el profesor Mark Boslough, autor principal de un nuevo estudio publicado en Acta Astronautica. «Pero hay evidencia de que existe [...] se han observado bólidos brillantes y firmas sísmicas de impactos en la Luna en momentos que la teoría ha predicho».

Mark Boslough observando el Meteorito Tsarev, que cayó en Rusia el 6 de diciembre de 1922, en el suelo de un laboratorio de meteorítica en Ekaterimburgo donde se estaban analizando los meteoritos de Cheliábinsk recién caídos. Crédito: Mark Boslough.
Esto es crucial porque cambia por completo la naturaleza del peligro.
Normalmente, pensamos que el riesgo de impacto de un asteroide es «aleatorio»: es como una «llovizna» fina pero constante, y la probabilidad es la misma cualquier día del año.
Pero si la teoría del enjambre es correcta, el riesgo no es constante, sino «coherente»: se parece más a un «chaparrón» denso. La mayor parte del tiempo estamos a salvo (bajo techo), pero el peligro aumenta drásticamente cuando cruzamos esa «tormenta» de escombros.
Los modelos sugieren que el devastador evento de Tunguska de 1908, que aplastó 80 millones de árboles en Siberia con la fuerza de una bomba de hidrógeno, encaja perfectamente con esta idea. Pudo no ser un impacto aleatorio de la «llovizna», sino la prueba de que la Tierra acababa de atravesar el borde de este «chaparrón» denso.
Aquí es donde entra el estudio publicado por el equipo de Boslough, donde se concluye que —si bien no implica un evento catastrófico global— la posibilidad de que exista esta peligrosa población de objetos del tamaño de Tunguska o Cheliábinsk «no ha sido eliminada».
Y lo más importante: el estudio calcula que nuestros próximos encuentros cercanos con este hipotético enjambre serán en noviembre de 2032 y junio de 2036.
Estos encuentros son una doble noticia: por un lado, aumentan la probabilidad de impacto si el enjambre es tan denso como se teme; por otro, son nuestra mejor oportunidad para comprobar si la teoría es cierta.
«Nuestros hallazgos indican que tenemos la tecnología para probar la existencia del enjambre usando los telescopios existentes para sondeos del cielo dirigidos en 2032 y 2036», afirmó Boslough.
Aun así, el investigador pide calma: «La probabilidad promedio de impacto es extremadamente baja, por lo que incluso un riesgo elevado significa que la probabilidad seguiría siendo baja».
Fuente: A. Astronautica. Edición: MP.
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