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La agencia espacial de Estados Unidos ha publicado las primeras imágenes de la cicatriz dejada en la Luna por el choque de la etapa superior de un cohete Falcon 9 de SpaceX. El impacto, ocurrido el pasado 5 de agosto, dio lugar a un cráter de aproximadamente 18 metros de ancho y menos de 3 metros de profundidad en la superficie del satélite.
La estructura de cuatro toneladas de peso pertenecía al lanzador enviado el 15 de enero de 2025 dentro de la misión Firefly Blue Ghost 1. A diferencia de la primera fase del Falcon 9, diseñada para retornar a la Tierra y ser reutilizada, la etapa superior quedó a la deriva en el espacio. Tras orbitar nuestro planeta durante meses, la acción combinada de la radiación solar y la fuerza de gravedad lunar alteró su trayectoria, empujándola de manera inevitable hacia la superficie lunar.
La colisión se produjo cerca del cráter Einstein, ubicado en el extremo noroeste de la Luna, a una velocidad estimada de 8.700 kilómetros por hora. Aunque se trata de una cifra elevada, resulta mucho más lenta en comparación con la velocidad promedio de los meteoroides naturales, que suelen colisionar a velocidades de entre 72.000 y 257.000 kilómetros por hora. Por esa razón, la marca resultante fue pequeña y compleja de ubicar a la distancia.

Esta es una vista animada del antes y el después del cráter formado tras el impacto de la etapa superior de un Falcon 9 contra la superficie de la Luna el 5 de agosto de 2026. Estas imágenes fueron tomadas entre el 11 y el 12 de agosto por la Cámara de Ángulo Estrecho del Orbitador de Reconocimiento Lunar de la NASA. Las tomas están ampliadas tres veces respecto de las originales, con el norte orientado hacia arriba, y cubren un área de aproximadamente 400 metros de ancho. Crédito: NASA Goddard/Intuitive Machines.
Las fotografías capturadas entre el 11 y el 12 de agosto por el Orbitador de Reconocimiento Lunar (LRO) de la NASA revelan un patrón de marcas claras y oscuras que se extienden en forma de rayos alrededor del impacto. Las líneas oscuras corresponden al polvo de la superficie más externa —erosionado previamente por el viento solar y los rayos cósmicos—, el cual fue excavado hasta unos 45 centímetros de profundidad. En cambio, los trazos brillantes del borde están compuestos por material intacto procedente de capas subterráneas más profundas.
Hallar el punto exacto del impacto requirió un esfuerzo de colaboración internacional entre astrónomos aficionados y expertos. Astrónomos independientes trazaron la trayectoria inicial, tras lo cual el Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra (CNEOS) de la NASA, con base en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL), ajustó los cálculos hasta determinar la zona proyectada.

Una representación artística que muestra al LRO de la NASA orbitando alrededor de la Luna. Crédito: Laboratorio de Imágenes Conceptuales del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA.
Con dicha información, el equipo de la sonda surcoreana Danuri dirigió su cámara de alta resolución hacia el área señalada pocas horas después del evento, verificando la precisión del cálculo con un margen de solo un kilómetro. Posteriormente, las coordenadas exactas (19.4759° N, 266.7138° E) fueron transferidas al equipo del LRO para coordinar las tomas finales.
Capturar las imágenes supuso una maniobra de alta precisión técnica: la nave orbita a unos 100 kilómetros de altitud y se desplaza a un kilómetro por segundo. Un desvío de apenas diez segundos en el disparo de la cámara habría desplazado el objetivo fuera del encuadre por más de 16 kilómetros.

El recuadro en el centro de la imagen resalta dos pequeños cráteres; el cráter inferior se formó el 5 de agosto, cuando la etapa superior de un Falcon 9 de SpaceX se estrelló contra la Luna. Crédito: NASA/GSFC/Intuitive Machines.
Desde la propia agencia espacial explicaron la complejidad técnica requerida para fotografiar la zona: «El orbitador gira alrededor de la Luna de polo a polo cada dos horas, mientras la Luna rota lentamente debajo de él. Para fotografiar un lugar específico, la nave espacial debe esperar hasta que esa ubicación quede a la vista».
Este evento no solo deja una huella permanente en la geografía del satélite, sino que también ha permitido a los científicos poner a prueba técnicas de predicción y rastreo ante eventuales colisiones espaciales en el futuro.
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¿Y NO HUBO SONIDO NI REVERBERACION?
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