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En el corazón del océano Pacífico, en la remota isla de Runit, una gigantesca estructura de hormigón conocida como «La Tumba» está cediendo a un ritmo cada vez más acelerado. Lo que fue diseñado como una solución temporal para contener los desechos de 67 pruebas nucleares estadounidenses hoy presenta grietas visibles, despertando el temor a una catástrofe ambiental sin precedentes.

Prueba nuclear Cactus, parte de la Operación Hardtack (izquierda). El cráter dejado por esta misma explosión es el que se utilizó posteriormente para depositar los desechos radiactivos y construir el actual Domo de Runit (derecha).
El Domo de Runit protege más de 120.000 toneladas de suelo y escombros contaminados, incluyendo cantidades letales de plutonio-239. Este material, un subproducto de las armas nucleares, mantiene su peligrosidad durante más de 24.000 años, un tiempo que la estructura de cemento claramente no podrá resistir.
La historia de este «ataúd» comenzó entre 1946 y 1958, cuando Estados Unidos detonó 67 armas nucleares en los atolones de Enewetak y Bikini. En 1958, la prueba «Cactus» liberó una explosión de 18 kilotones que vaporizó parte de la isla de Runit, dejando un cráter de 10 metros de profundidad y enviando una columna de humo radiactivo a seis kilómetros de altura.
A finales de la década de 1970, el ejército estadounidense regresó para una limpieza superficial, utilizando aquel cráter como vertedero para el suelo contaminado de las islas vecinas. El proyecto terminó en 1980 con el sellado de la cúpula, pero los estándares de la época fueron cuestionados por dejar el fondo del cráter sin un revestimiento aislante que impidiera filtraciones.
Robert Celestial, un exmilitar que participó en las tareas de limpieza, relató a ABC News que trabajó en el cráter usando solo pantalones cortos y botas de goma. «Nos dijeron que eran escombros de guerra», recordó Celestial, quien años después sufrió graves problemas de salud, desde sangrados en la piel hasta enfermedades óseas y hepáticas.
De los 4.000 efectivos que participaron en la limpieza, solo unos pocos cientos sobreviven hoy. «Muchos murieron de cáncer, pero yo soy el afortunado porque todavía no lo tengo», comentó Celestial, subrayando la falta de información y protección que sufrieron los soldados durante la construcción de la estructura.

Solo unos pocos cientos de los soldados destinados a Enewetak durante la limpieza nuclear de las décadas de 1970 y 1980 siguen vivos hoy, según los registros de la Asociación Nacional de Veteranos Atómicos.
A diferencia de un búnker hermético, el domo se construyó sobre un lecho de sedimento de coral poroso. Esto permite que el agua subterránea se filtre en la estructura con las mareas, lavando lentamente el material radiactivo hacia la laguna circundante. Esta porosidad del suelo es la vía principal por la cual los radionucleidos escapan del domo, afectando directamente el ecosistema marino del que dependen los habitantes del atolón.
Expertos como Ivana Nikolic-Hughes, investigadora de la Universidad de Columbia, advierten que la situación es crítica. Durante sus recientes visitas a la isla, detectó niveles elevados de radiación en el suelo fuera del domo y grietas profundas en la cubierta.
«Dado que el nivel del mar está subiendo y hay indicios de que las tormentas se intensifican, nos preocupa que la integridad del domo pueda estar en peligro», señaló la experta en declaraciones recogidas por ABC News.

Esquema generalizado que muestra la disposición y las diversas características de diseño de la estructura de contención del cráter Cactus. Crédito: Terry Hamilton/Lawrence Livermore National Laboratory/US Department of Energy.
La mayor preocupación radica en la geografía: la mayor parte de la isla de Runit se eleva apenas dos metros sobre el nivel del mar. Los científicos climáticos predicen que, para el año 2100, el nivel del agua en las islas Marshall podría subir hasta un metro. Esto dejaría al domo prácticamente a merced del oleaje, aumentando exponencialmente la erosión de su capa de hormigón y la dispersión de los materiales enterrados.
Un aumento de esta magnitud, sumado a marejadas ciclónicas más agresivas, podría desmantelar la estructura por completo.
Aunque el Departamento de Energía de EE.UU. sostiene que las fugas actuales son pequeñas en comparación con la contaminación ya existente en la laguna, investigadores y la ONU temen un colapso mayor.
El gobierno de las islas Marshall asegura que carece de la capacidad técnica y financiera para gestionar este cementerio nuclear. Pese a que un acuerdo de 1986 otorgó la independencia al país de Oceanía y liquidó reclamaciones pasadas, los funcionarios locales argumentan que no conocían la magnitud real del daño cuando firmaron el documento.
Mientras tanto, «La Tumba» permanece como un monumento al impacto de la era nuclear, esperando que el mar no decida reclamar su contenido antes de que se encuentre una solución definitiva.
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