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Un equipo internacional de científicos ha marcado un hito sin precedentes en el estudio de la prehistoria al demostrar, por primera vez, que el ADN humano antiguo puede sobrevivir durante miles de años adherido a las paredes de las cuevas. Este revolucionario hallazgo abre una vía completamente nueva para estudiar la actividad de nuestros ancestros, incluso en lugares donde no se conservan huesos, herramientas ni sedimentos.

Muestreo de pigmento en una figura de arte rupestre claviforme en Tebellín, España. Crédito: Alberto Martínez Villa; de: Bossoms Mesa et al., Nature Communications (2026).
El descubrimiento se realizó en el marco del proyecto «First Art», liderado por investigadores de España y Portugal en colaboración con el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Alemania y otras instituciones internacionales. El equipo analizó 120 muestras procedentes de 24 paneles de arte rupestre en once cuevas distintas, incluyendo la famosa cueva de Altamira.
Para sorpresa de los propios investigadores, el material genético no solo apareció en zonas con pigmentos, sino también en superficies de roca desnuda que se habían tomado inicialmente como muestras de control negativo en la cueva de Escoural (Portugal) y la cueva del Covarón (España).

La ubicación de cada sitio y los tipos de material muestreados en ellos. Crédito: Bossoms Mesa et al., Nature Communications (2026).
De las muestras analizadas, cinco revelaron ADN mitocondrial humano auténtico. Lo más fascinante es que dos de ellas no presentaban rastros de ADN animal, lo que sugiere que los fluidos corporales humanos, como la saliva o el sudor, fueron depositados directamente sobre la piedra por las personas que ocuparon estos espacios.
«Sabemos que parte del arte se aplicaba a las paredes de las cuevas soplando o frotando el pigmento sobre la superficie. Dada la enorme sensibilidad de las técnicas actuales de análisis de ADN antiguo, estábamos ansiosos por ver si este tipo de contacto podía dejar rastros de ADN en el arte rupestre, lo que potencialmente nos permitiría obtener perfiles genéticos de los creadores del arte», explica Hipólito Collado Giraldo, arqueólogo del Gobierno de Extremadura y coordinador del equipo.
Los análisis de la cueva del Covarón determinaron que el ADN pertenecía a humanos modernos del grupo genético de cazadores-recolectores occidentales, lo que coincide con los datos de otras poblaciones ibéricas antiguas. En cuanto al sexo biológico, tres de las muestras analizadas correspondían a mujeres y una a un hombre.
«Aunque no podemos conectar directamente las huellas de ADN humano antiguo que hemos encontrado con la creación del arte rupestre, esta es la primera evidencia de la preservación de ADN humano en las paredes de las cuevas durante miles de años», señala Alba Bossoms Mesa, investigadora doctoral del Instituto Max Planck y autora principal del estudio publicado en Nature Communications. «Es emocionante pensar que podemos haber descubierto una nueva forma de estudiar la presencia humana prehistórica».
Por otra parte, el estudio también reveló los límites de esta técnica. Los científicos examinaron un aerógrafo prehistórico hecho de hueso de ave hallado en Altamira, utilizado para soplar el colorante rojo. Aunque esperaban encontrar restos de saliva, la alta contaminación por ADN humano actual derivada de décadas de manipulación impidió obtener resultados.

Fragmento de calcita con pigmento debajo procedente de Escoural, Portugal, guardado en una caja de membrana. Crédito: Alba Bossoms Mesa.
«Este estudio cambia fundamentalmente nuestra forma de pensar sobre dónde se puede encontrar ADN antiguo», afirma Matthias Meyer, paleogenetista del Instituto Max Planck y codirector del trabajo. «Nos sorprendió ver que el ADN antiguo se puede recuperar no solo de muestras pigmentadas, sino también de paredes de cuevas que no muestran evidencia visible de actividad humana pasada. Ahora podemos hacer nuevas preguntas: ¿Quién tocó esta pared? ¿Fue un hombre o una mujer? ¿A qué población pertenecían? ¿Hasta dónde se aventuraron los humanos antiguos en los sistemas de cuevas profundas?».
Este avance promete revolucionar la arqueología molecular, ya que permite identificar la ascendencia y el sexo biológico de los antiguos habitantes de las cuevas sin necesidad de excavar ni alterar los yacimientos arqueológicos. El próximo desafío del proyecto será refinar los métodos para descubrir bajo qué condiciones exactas se preserva mejor este archivo genético invisible.
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