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Bill Gates, Jeff Bezos, Michael Bloomberg, Sam Altman y Peter Thiel figuran entre los magnates con intereses en Groenlandia, tanto para la extracción de minerales críticos esenciales para la infraestructura de la IA, como para el desarrollo de ciudades «tokenizadas».
Lo que comenzó en 2019 como un comentario que muchos calificaron de «absurdo», se ha transformado en 2026 en una prioridad absoluta para la Casa Blanca. El presidente Donald Trump ha dejado de ver a Groenlandia simplemente como una «gran operación inmobiliaria» para declararla una necesidad de seguridad nacional. Sin embargo, detrás de la retórica oficial de defensa y soberanía, emerge una red de intereses privados liderada por los hombres más ricos del mundo.
Desde el sector tecnológico hasta el capital de riesgo, los grandes nombres de Silicon Valley y Wall Street han estado posicionando sus fichas en la isla ártica mucho antes de que el tema volviera a las portadas. No se trata solo de territorio; se trata de una carrera por los recursos que definirán el próximo siglo: minerales críticos y nuevos modelos de gobernanza experimental.
La fiebre por Groenlandia tiene un motor principal: la minería de tierras raras. Estos materiales son el corazón de la tecnología moderna, desde baterías para vehículos eléctricos hasta componentes de defensa avanzada. En este frente, figuras como Bill Gates, Jeff Bezos y Michael Bloomberg no han perdido el tiempo.
A través de KoBold Metals, una empresa que utiliza inteligencia artificial para detectar yacimientos, estos tres multimillonarios han financiado exploraciones a gran escala en territorio groenlandés. Según registros recientes, la compañía ha atraído incluso al CEO de OpenAI, Sam Altman, y a firmas de peso como Andreessen Horowitz, consolidando un frente unido de la élite tecnológica con la mirada puesta en el deshielo del Ártico.
Esta alianza no es casual. El apoyo financiero de estos magnates a la campaña de Trump en 2024 parece encontrar ahora un punto de retorno estratégico. Con el respaldo del Estado estadounidense, los riesgos de operar en un entorno tan hostil y políticamente sensible se ven mitigados por la promesa de un control directo de Washington sobre el territorio.
Groenlandia no solo atrae a la industria extractiva; también es el lienzo en blanco para los visionarios de la descentralización. Peter Thiel, el influyente cofundador de PayPal y aliado cercano de Trump, ha respaldado a la startup Praxis. Esta empresa tiene un objetivo ambicioso: fundar un «estado red» o una ciudad con regulaciones mínimas y una economía basada en activos tokenizados.

El inversor Peter Thiel, impulsor de la startup Praxis, ve en Groenlandia el lienzo perfecto para fundar el primer «estado red» del siglo XXI. Crédito: Gage Skidmore, CC BY-SA 3.0.
Para estos inversores, la isla representa la última frontera para probar modelos de gobernanza fuera de las restricciones burocráticas tradicionales. Praxis ya ha recaudado más de 525 millones de dólares para desarrollar asentamientos tecnológicos que posicionarían a Groenlandia como un centro global de innovación cripto-financiera, una visión que encaja con la retórica de desregulación que promueve la actual administración.
La conexión entre los intereses comerciales y la política pública es más directa que nunca. Howard Lutnick, actual secretario de Comercio de Trump, dirigió anteriormente Cantor Fitzgerald, una firma con vínculos históricos en empresas mineras con proyectos en Groenlandia. Aunque Lutnick ha delegado sus participaciones, los vínculos estructurales entre su círculo y los activos en la isla siguen siendo evidentes.
A esto se suma el nombramiento de Ken Howery como embajador de Estados Unidos en Dinamarca. Howery, antiguo ejecutivo de PayPal y socio de Peter Thiel y Elon Musk, es el puente diplomático perfecto para una administración que ve a Groenlandia a través del lente del capital de riesgo. Su posición es clave para negociar con Copenhague en un momento donde la presión por la soberanía estadounidense sobre la isla está en su punto más alto.
Por otro lado, la idea original parece haber nacido de Ronald Lauder, heredero de Estée Lauder y viejo amigo de Trump. Lauder no solo ha sido un asesor en la sombra sobre este tema, sino que ha invertido en proyectos locales que van desde plantas hidroeléctricas hasta embotelladoras de agua dulce, lo que ha generado críticas sobre una posible interferencia política para favorecer a figuras locales cercanas a sus intereses.
Mientras Elon Musk proclama en redes sociales que los groenlandeses serían «bienvenidos» como parte de Estados Unidos, los líderes europeos han cerrado filas en apoyo a la autonomía de la isla. Las declaraciones del asesor de la Casa Blanca, Stephen Miller, no descartando una intervención militar, han elevado la tensión diplomática a niveles sin precedentes en la era moderna del Ártico.
PRESIDENT TRUMP NOW:
"We need Greenland for national security." pic.twitter.com/k9TmnAFuuT
— The Kobeissi Letter (@KobeissiLetter) January 4, 2026
Para los expertos en seguridad regional, la narrativa de la «seguridad nacional» —con Rusia y China como chivos expiatorios— es apenas una fachada que oculta una ambición corporativa sin precedentes. Groenlandia se ha convertido en el campo de batalla donde el poder del Estado y el capital de los billonarios se fusionan para rediseñar el mapa del mundo, dejando a los habitantes de la isla en el centro de una disputa geopolítica que apenas comienza.
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Los países son unidades de control de esclavos, sólo hay un gobierno en la Tierra, las guerras son para sembrar miedo, dolor, regular la población y excusas para aplicar medidas draconianas. Estos son sólo títeres de nivel medio del poder real