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En los últimos meses de combate contra la Alemania nazi, los aviadores aliados se vieron acosados por extrañas luces llamadas Foo Fighters que parecían perseguirlos y jugar con ellos. El reciente alijo de archivos OVNI desclasificados del Pentágono arroja luz sobre la urgente investigación del ejército estadounidense sobre este inquietante misterio en 1945.

A menudo, los Foo Fighters eran descritos como esferas voladoras, tal como la que se observa en esta foto de la Segunda Guerra Mundial.
Toda esta fascinante trama histórica ha revivido gracias a la reciente apertura de los archivos oficiales del Gobierno de EE.UU., plasmada en un expediente digitalizado y de acceso público (descargable AQUÍ) en el portal del Departamento de Guerra.
Este documento desclasificado revela que la preocupación por los avistamientos escaló con rapidez hasta los niveles más altos del mando militar en Europa. Todo comenzó formalmente el 16 de enero de 1945, cuando el teniente coronel Leavitt Corning Jr., jefe adjunto de inteligencia del XII Comando Táctico Aéreo, envió un memorando secreto bautizado como «Fenómeno Nocturno» para exigir respuestas inmediatas ante lo que parecía una burla tecnológica en sus narices.
La respuesta de sus superiores, firmada por el mayor S. V. Boykin, desnudó por completo el desconcierto de las autoridades. Lejos de ofrecer soluciones, Boykin exigió un cuestionario exhaustivo antes de poder iniciar cualquier indagación: requería saber los colores de las luces, su intensidad, la altitud precisa de los encuentros y, de manera muy específica, si se acoplaban a zonas concretas de los aviones aliados como las alas, las hélices o la cola.
Para responder a estas incógnitas, el capitán F. B. Ringwald recopiló los informes de salida del Escuadrón 415 de Caza Nocturna. Fue él quien oficializó el término al explicar que «Foo Fighters es el nombre dado a este fenómeno por las tripulaciones de combate de este escuadrón», un apelativo prestado de una palabra absurda de la popular tira cómica Smokey Stover, muy leída por los soldados de la época.
Los informes adjuntos por Ringwald, contenidos en este revelador legajo histórico, muestran una realidad abrumadora y constante en el frente de batalla. Las tripulaciones reportaban incidentes casi idénticos donde la física convencional parecía no aplicar, lo que quedó plasmado en una alarmante solicitud de auxilio técnico enviada por el propio escuadrón:
«Hemos encontrado un fenómeno que no podemos explicar; las tripulaciones han sido seguidas por luces que se encienden y apagan, cambiando de color, etc. Las luces se acercan mucho y vuelan en formación con nuestros aviones. Son inquietantes y mantienen a las tripulaciones en vilo cuando las encuentran, principalmente porque no pueden explicarlas. Se solicita que se proporcione más información sobre este tema, como experiencias similares de otras unidades nocturnas».
La crónica de esos vuelos leída hoy a través del archivo desclasificado estremece. A mediados de diciembre de 1944, los pilotos avistaron formaciones de luces rojas y verdes en forma de «T» que, tras realizar virajes a babor y estribor, se colocaban persistentemente a su retaguardia. Pocas noches después, dos enormes resplandores naranjas ascendieron desde el suelo para emparejarse con un caza estadounidense, demostrando estar «bajo un control perfecto en todo momento» antes de realizar una maniobra de ruptura y desvanecerse.
A finales de enero de 1945, según consta en las bitácoras oficiales, la audacia del fenómeno llegó al límite cuando dos luces de color ámbar persiguieron a un avión a apenas mil pies de distancia; cuando el piloto intentó maniobrar para encararlas de frente, los objetos se evaporaron en el aire. Lo más perturbador de toda esta oleada de avistamientos es que cada vez que los aviadores consultaban desesperados a los radares de control en tierra, la respuesta de los operadores era siempre la misma: el cielo estaba completamente limpio.
Este desgaste psicológico en las tripulaciones encendió las alarmas en el Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada (SHAEF). El 11 de febrero de 1945, el comodoro del aire C. M. Grierson intervino con firmeza, asegurando en un comunicado confidencial que «debe haber algo más que mera imaginación detrás del asunto» y que era imperativo llegar a la raíz del problema antes de que afectara la moral de combate.
Fue entonces cuando la maquinaria científica aliada empezó a buscar paralelismos con el arsenal nazi conocido. El comandante de ala británico S. D. Felkin sugirió en los documentos que las luces podían ser la escurridiza «Flak Bombe», un dispositivo experimental relacionado con los letales cohetes de largo alcance V2 que Wernher von Braun desarrollaba en el centro secreto de Peenemünde.
Esta paranoia tecnológica se acentuó en marzo de 1945, cuando los mandos aliados ordenaron confiscar con urgencia absoluta todas las «bombas torpedo» de la fábrica Trippelwerke Molsheim en la Francia liberada. Los analistas del Departamento de Guerra sospechaban que el despliegue de estos artefactos secretos o la munición especial de los temidos cañones antiaéreos alemanes de 8.8 centímetros eran los verdaderos responsables de las luces que habían sembrado el caos durante la sangrienta Batalla de Alsacia.
A pesar de los esfuerzos de la inteligencia militar por encasillar el fenómeno dentro de la balística convencional, la falta de pruebas concluyentes en los informes dejó el misterio completamente abierto, permitiendo que el folclore de la posguerra tejiera sus propias respuestas fuera de los márgenes de la documentación oficial.
La hipótesis popular más extendida apuntó a la existencia del Feuerball (bola de fuego), un presunto artefacto electromagnético nazi diseñado para sabotear los sistemas de radar y los motores de los bombarderos aliados a través de la inducción eléctrica, del cual se rumoreaba en secreto pero que jamás llegó a confirmarse en los papeles de rendición.
Por otro lado, las asombrosas maniobras de los objetos y su capacidad para interactuar de forma inteligente con los cazas dieron origen a la hipótesis ufológica. Esta corriente, sostenida por investigadores civiles en las décadas posteriores, sugiere que los Foo Fighters no eran armas, sino sofisticadas sondas alienígenas de vigilancia autónoma. Según esta perspectiva, una inteligencia exterior habría estado monitoreando de cerca el violento desenlace de la Segunda Guerra Mundial, justo en el preciso instante en que la humanidad se preparaba para detonar sus primeras armas nucleares.
Por MysteryPlanet.com.ar.
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