Desde la más remota antigüedad diversos textos y narraciones nos ofrecen la posibilidad de encontrar infinidad de referencias sobre el modus operandi de ciertos personajes (más mitológicos que reales) que podrían encuadrarse, sin ningún género de dudas, dentro de los cánones de comportamiento del vampiro clásico.

Hace más de mil años, en la antigua China, aparece la crónica de Chi Wu Lhi en la que nos narra las fechorías de un chupador de sangre que sembró el pánico en una aldea cercana a Pekín. En este mismo país también existía cierta reticencia a enterrar aquellos difuntos que no presentasen síntomas evidentes de putrefacción, y ante cualquier tipo de duda decidían incinerarlos. Continuando en este contexto supersticioso convendría significar el hecho que en numerosas excavaciones arqueológicas han aparecido muchos restos humanos en los que los brazos y piernas habían sido atados concienzudamente con rudimentarias ligaduras de cuero.

En la antigua Roma se temía la aparición de un vampiro volador, el Strix, que sembraba el terror entre campesinos y pescadores. Los clásicos Virgilio, Plinio, Agripa, Herodoto, Homero, Aristófanes, Pomponio, Solinio, Estrabon, Petronio y un largo etc. creían tanto en la existencia de licántropos como en unos seres emparentados con los lémures romanos (espíritus de difuntos) denominados empusas, seres espectrales que disfrazaban su aspecto de muy diferentes formas y que asesinaban niños con el único fin de alimentarse de su sangre. También eran conocidas las arpías o harpías, una especie de híbridos espectrales, mitad pájaro mitad fémina que de forma similar a las empusas se dedicaban al rapto de niños con sus agudas garras.

En culturas diferentes a las mencionadas, como el caso de la antigua África ecuatorial, se creía en la existencia de unos seres denominados wengwuas, cadáveres que abandonaban sus tumbas para alimentarse de la sangre de los vivos.

Ejemplos de referencias vampirescas en textos clásicos los encontramos en Las ranas, donde Aristófanes nos da a conocer a un espectro (empusa) describiéndole con aspectos tan diferentes como un perro, una mula o una voluptuosa dama. El propio Homero nos narra cómo Ulises, en el Hades, ofrece, como bebida, el fluido vital a los espíritus para que pudiesen recuperar su alma y vida.

La creencia de que la sangre es vida la podemos encontrar desde el principio de los tiempos y en las más diversas culturas. Evidentemente, también hay que mencionar los sacrificios sangrientos que los aztecas tributaban a sus dioses y de los que la historia nos ofrece multitud de testimonios. Su dios Huitzilopochtli era el que exigía mayor tributo de sangre. No debemos olvidar que los aztecas se sentían obligados a ofrendar su corazón y sangre a los dioses como justa compensación por haber creado el mundo.

Las diferentes formas con las que se ha denominado al vampiro a lo largo de la historia se corresponden con las múltiples culturas en las que este siniestro y mítico personaje se ha hecho acreedor de las más terroríficas historias y leyendas. Los griegos, además de nombrarlo como Vrykolakes, también lo hacían como Brikilakas, Barabarlakos, Borborlakos, Katalkanas o Bourdoulakos. Los germanos, como Nachzehrer y los normandos como Luttins. En sánscrito era conocido como Katakhanoso o Baital. En ruso como Upiry, término del cual probablemente haya derivado el polaco Upiroy. En la antigua China se denominaba a un diablo chupador de sangre como Giang Shi, pero quizá se temía aún más al ataque del vampiro llamado Kiang, capaz de chupar la sangre de sus víctimas en tan sólo unos segundos.

En lengua macedónica fue conocido como Opyr, que significaba ser volador, y de la que quizá derivó en lengua eslava la palabra Vanpir, Vapir o Upiry, puesto que en un principio los pueblos eslavos los denominaban Voukodlaks u Ogoljen (traducido como despojo). En la antigua Serbia se utilizó el término Vanpiri como plural del eslavo Vanpir, del que posteriormente tomarían las lenguas germánicas y románicas como definitiva la denominación de Vampir, tras ciertas derivaciones tales como Vampyri o Vapiers. Por lo antes mencionado, el origen de la palabra “vampiro” constituye en sí un misterio. Si antiguamente se le atribuía un origen servio o eslavo ciertos investigadores se están inclinando actualmente por su origen macedonio.

En sus principios la terminología vampírica venía a designar a los fallecidos que abandonaban sus tumbas, con alevosía y nocturnidad, para alimentarse (supuestamente) de la sangre de los vivos. Posteriormente François Marie Arouet, insigne deísta francés del s. XVIII, utilizó el calificativo de vampiro para referirse a las actividades de los usureros de la época. Actualmente este término viene a designar coloquialmente cualquier forma de existencia parasitaria o carroñera.

En lo que respecta a la aparición de los primeros testimonios de vampiros en la Europa Occidental, lamentablemente no existe ninguna referencia exacta que nos permita establecer en qué momento se empezó a difundir la creencia en los mismos, aunque en diversas obras de autores alemanes como Völker Sturm (Von denen Vampiren,1968) y Wilhelm Fischer (Dämonische Mittelwesen, Vampire und Mittelwesen,1910) podemos encontrar abundantes evidencias de ciertos informes escritos y datados a mediados del s. XIV en los que narran las apariciones espectrales de los no-muertos para sembrar el pánico y alimentarse de la sangre de los vivos.

Fue durante la Ilustración, en pleno s. XVIII, cuando el vampirismo comenzó a causar furor en toda Europa. Justamente en 1728 aparece lo que podría denominarse el “padre” de los tratados vampíricos: La Alimentación de los Muertos, de Michael Ranffitius y posteriormente, en 1749, encontramos el magnífico ensayo del benedictino francés Augustin Calmet titulado Disertación sobre los Vampiros o Revividos. También resulta sumamente interesante la obra de Daniel Farson Vampiros y otros Monstruos, en la que relata el caso de un médico de mediados del s. XVIII, que elaboró un informe en el que reflejaba su profunda preocupación y malestar por la multitud de casos vampíricos que estaban extendiéndose por toda Valaquia y Eslovaquia como una verdadera epidemia. No debemos dejar de mencionar la obra de Gábor Klaniczay Santos, Brujas y Vampiros, 1991, en la que el autor realiza un interesante análisis sobre la desaparición de creencias brujeriles en centroeuropa en los s. XVI y XVII para dar lugar a la del vampiro.

Precisamente es a mediados del s. XVII cuando encontramos en la antigua Yugoslavia los primeros y más documentados informes judiciales en los que se condena y sentencia a dos vampiros por ejercer como tales. Me refiero al caso de Peter Plogojewitz, acontecido en 1725 en Kisolava, y al de Arnont Paole, datado en 1732 en Medraiga. Como consecuencia de sus fechorías, estos supuestos vampiros fueron condenados a ser atravesados por una estaca en el corazón y posteriormente a ser incinerados.

Resumiré el caso de Paole. Según los informes de la época, se extendió una profunda preocupación en Medraiga por una serie de muertes repentinas e inexplicables, cuyos síntomas asociaban los habitantes de la zona con el ataque de vampiros. Debido al cariz que estaba tomando la situación, el Alto Mando de Belgrado encargó la investigación de estos hechos al comandante Schnezzer, el cual solicitó la ayuda del epidemiólogo Glaser. Según el informe de este último, se constató que un elevado porcentaje de los habitantes de la zona sufrían de fiebre alarmante, náuseas, dolores abdominales, dificultad respiratoria, punzadas y una sed insaciable. Glaser no fue capaz de encontrar un origen endémico para tal enfermedad. El médico, condicionado sin lugar a dudas por el temor y el clamor popular, ordenó el desenterramiento de 16 cadáveres y pudo constatar que en un elevado porcentaje de los mismos (10 de ellos) no existía síntoma de putrefacción alguno, así como una curiosa tez sonrosada de la que Glaser no pudo encontrar explicación.

No tardaron los habitantes de Medraiga en achacar estas muertes y cúmulos de desgracias al fantasma de Arnont Paole, fallecido cinco años antes. El mismo Paole había comentado a su mujer que estando destinado con el ejército yugoslavo en Grecia, había sido atacado por un vampiro.

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