Ramsés, grande en victorias

La mayor parte de la información recogida por los arqueólogos proviene de informes oficiales o inscripciones, y tales textos aportaban la imagen del monarca que él mismo cuidó de propagar. Las inscripciones en los muros de los templos nos hablan de su piedad con los dioses y enumeran sus victorias sobre los enemigos de Egipto, pero dicen poco del Ramsés hombre.

Aun así, en el archivo monumental se pueden llegar a vislumbrar algunos trazos de la vida privada de Ramsés. Gracias a las inscripciones sabemos, por ejemplo, que en el curso de su larga vida Ramsés tuvo seis esposas, engendró más de 90 niños y que, al morir, había sobrevivido a cuatro de sus supuestos herederos.

Quizá lo más sensacional fuera el descubrimiento de su cuerpo momificado en 1881. Hallado en un sepulcro común, donde se le había escondido de los profanadores de tumbas, la momia reveló rasgos de la auténtica apariencia física del monarca que contradecían las estilizadas representaciones que llegaban de la antigüedad. Al desvelar el cuerpo, éste resultaba ser de cerca de 1,70 m, de cara larga y delgada, mandíbula prominente y nariz considerable.

Ramsés II procedía de una importante familia, aunque no emparentada con la realeza. La fecha de su nacimiento se desconoce, pero se sabe que por entonces, su abuelo, cuyo nombre heredaría, tenía el título de visir – primer ministro – del anciano faraón Horemheb, que murió sin descendencia. Para evitar los peligros de una sucesión disputada, Horemheb designó al visir “príncipe hereditario de la tierra”, nombrando de este modo a su fiel consejero como heredero al trono. Tras la muerte de Horemheb en el 1306 a. C., el abuelo de Ramsés accedería al poder con el nombre de Ramsés I. No pudo gozar de su poder más que por un año y, al morir, cedió el trono a su hijo Sethi I, a quien había formado como soldado. Con ello, Ramsés II se convertía en heredero al trono de Egipto.

Al morir Sethi en el 1290 a. C., Ramsés ya estaba preparado para el trono y su mandato asignado. Tercer faraón de la XIX dinastía, reinó entre los años 1289 y 1224 a. C.. Durante su reinado Egipto aumentó espectacularmente su poderío. Tras rechazar una invasión de los sharden, se enfrentó en Palestina y Siria con el rey hitita Muwatalli, contra el que disputó una cruenta batalla en Qadés, un baluarte estratégico de suma importancia junto al río Orontes. Sus victorias frente a sus enemigos del norte – los hititas – y del sur – los nubios – le permitieron fijar las fronteras de Egipto en uno de los momentos de mayor expansión del Imperio.

Más que cualquier otro líder en la historia de las naciones, Ramsés II lo era todo para su gente. Héroe, conquistador y pacificador en su función mundana de faraón, a la vez, cumplía con las necesidades espirituales del país en su función de intermediario entre dioses y hombres. De hecho, al cabo de sus casi 70 años de poder absoluto cada vez se veía más a sí mismo como un igual entre los dioses.

Ramsés incorporó todo este polifacetismo en el más duradero de sus legados: un prodigioso programa de construcción de templos, palacios y monumentos que proclamaban su nombre, su imagen y sus gestas por las cuatro esquinas de Egipto. A veces, el mensaje de Ramsés es descaradamente propagandístico, como en la mayoría de inscripciones y jeroglíficos conmemorativos de la “victoria” en Qadés. En otras ocasiones, el faraón se muestra humilde y piadoso. La dedicatoria de la Gran Corte de Ramsés II en el templo de Luxor dice así: “Monumento para su padre, Amón-Ra, rey de los dioses, de fina arenisca blanca, que el Hijo de Ra, Ramsés, hizo para él”.

Otros enclaves, como Abu Simbel, obedecían a un doble propósito, político y espiritual a la vez: las cuatro figuras imponentes de Ramsés constituían un recordatorio del poder del faraón sobre la conflictiva región nubia. Y en su interior, en el santuario del templo, se veneraba una pequeña estatua del faraón junto a los dioses Ptah, Amón y Re.

Como todo lo que los arqueólogos han aprendido sobre aquel monarca, sus proyectos monumentales proclamaban un vigor y poderío hercúleo. Incluso en condiciones ruinosas, los templos de piedra, las estatuas y los obeliscos – a falta de las residencias de ladrillo ya desaparecidas –, han provocado estupor desde que los primeros viajeros griegos y romanos cruzaran el Nilo. Para el mundo actual, Ramsés II es prácticamente sinónimo de pasadas glorias de Egipto.

La obsesión monumental por uno mismo

Ramsés había ya mostrado gran interés en proyectos constructivos desde que era príncipe regente. Había visto y admirado la espléndida tumba de su padre en el Valle de los Reyes, y la construcción del hermoso templo de Sethi, dedicado a Osiris, en Abydos. También como su padre, admiraba los diseños monumentales y a un tiempo refinados de Amenhotep III. Su sueño por seguir un día los pasos de aquel faraón, e incluso por superar sus logros, resulta bien comprensible.

Aunque su padre le había permitido empezar con un templo menor propio dedicado a Osiris en Abydos, Ramsés tuvo que esperar hasta la coronación antes de promover sus planes más ambiciosos. Al contrario que Sethi, quien escogía decoraciones finamente diseñadas para los bajorrelieves de sus templos, Ramsés prefería las tallas, por ser más fáciles de hacer y más difíciles de anular en caso de que algún rey futuro tuviera la tentación de usurpar su trabajo – una práctica que el propio Ramsés había perpetrado a menudo, reciclando trabajos de anteriores faraones para su provecho.

Cuando Sethi I murió, el pueblo podía ya percibir que Ramsés sería uno de los grandes constructores de Egipto. Desde el principio, el nuevo mandatario promovió proyectos constructivos a gran escala. El primero de ellos fue Pi-Ramsés – la conversión del palacio de verano de Sethi en el delta del Nilo en una capital enteramente nueva. Al mismo tiempo, mandó llevar a cabo algunos planes monumentales al sur del país. Aprovechando el viaje a Tebas para el funeral de su padre, ordenó finalizar el templo funerario de Sethi, así como la construcción de su propio sepulcro, y trazó también las líneas maestras de su grandioso templo funerario, el Rameseum.

Tampoco quedó al margen de su afán constructor el gran complejo arquitectónico de Karnak, al otro lado del Valle de los Reyes, en la orilla oriental del Nilo. De hecho, los arqueólogos consideran que Karnak fue ampliado y remozado a lo largo de los 2.000 años que se mantuvo activo. Cubría una superficie de unos 240 km2, e integraba 20 templos y santuarios dedicados a distintas deidades. Sólo durante el Imperio Nuevo se construyeron al menos 15 obeliscos.

El padre de Ramsés había proyectado una inmensa sala hipóstila, la mayor del mundo, con unas medidas de casi 4.800 km2, un bosque de 134 columnas con el techo a unos 24 metros del suelo. Ramsés, que había visto el proyecto inacabado, cambió su nombre por el de “Eficiente es Ramsés II”. Los muros internos registraban escenas de su coronación divina y otras imágenes sagradas para las que usurpó algunos relieves de su padre. Hizo decorar los muros exteriores con escenas de sus campañas militares en Canaan y Siria, incluyendo la batalla de Qadés, así como una copia del famoso tratado de paz con los hititas.

En el templo mayor de Karnak, construyó un pórtico en la cara este, flanqueado por dos estatuas colosales de sí mismo, donde la gente común, a la que no se permitía la entrada en el templo, podía hacer peticiones a los dioses gracias a su intermediario, el rey. También se construyó un embarcadero en el Nilo, que estaba conectado al templo de Karnak por una avenida a cuyos márgenes se alineaban 120 esfinges con cabeza de carnero, entre las patas de las cuales figuraba un pequeño Ramsés.

Cada una de las esfinges con cabeza de carnero, símbolo del gran dios Amón, sostienen una pequeña imagen de Ramsés.

A tres kilómetros de distancia, en el templo de Amón – hoy de Luxor –, Ramsés hizo construir un atrio y un pórtico a partir de planos preexistentes. Añadió más tarde nuevos relieves e inscripciones ensalzando la gesta de Qadés sobre los muros y las torres del pórtico, a los que se sumaron dos enormes obeliscos y seis estatuas colosales de sí mismo en el umbral del templo. Sólo uno de los dos obeliscos permanece en su enclave original, pues el segundo fue usurpado por los franceses en 1830, como conmemoración de las tropas napoleónicas que habían tomado parte en la expedición egipcia de 1798-1799. Éste fue erigido de nuevo en la plaza de la Concorde de París, ante 200.000 espectadores que pudieron contemplar, aunque difícilmente leer, la arrogante inscripción del faraón: “Un monarca de ira pronta y fuerza pujante ante quien tiemblan todas las tierras”.

Como parte de su aprendizaje para llegar a ocupar el trono, el joven Ramsés había sido encargado de la cantera de Asuán, a más de 240 kilómetros río arriba desde Tebas, de donde se extraía casi todo el granito egipcio. Debía supervisar, asimismo, el transporte de los “espléndidos obeliscos y maravillosas estatuas”, tal como los describía una inscripción.

La demanda de construcción en el antiguo Egipto era tanta que difícilmente se podía encontrar un roquedal sin explotar como cantera. Desde la XVIII dinastía, la mayor parte de la piedra arenisca utilizada en los proyectos de Karnak procedía de las enormes canteras de Gebel Silsila, a unos 160 kilómetros al sur de Tebas. También Ramsés II y Ramsés III usaron piedra calcárea de allí para sus templos mortuorios al otro lado del río.

El transporte río abajo desde Gebel Silsila no resultaba extremadamente difícil, pues los barcos podían anclar en bahías, a manera de dársenas, que se encontraban a ambas orillas del Nilo. Los bloques de piedra calcárea eran cargados en almádenas y arrastrados hasta el río sobre rampas especialmente construidas. Algunos documentos encontrados en el Rameseum indican que podían llegar diariamente a Gebel Silsila 10 barcos con 64 bloques. Una inscripción en la misma cantera informa que, para producir y transportar las piedras necesarias para el templo de Ramsés III, se necesitaron 3.000 hombres y 40 barcos.

Actualmente permanecen todavía esparcidas en las canteras de Gebel Silsila esfinges de piedra calcárea inacabadas, como las que se alineaban en la avenida desde el amarre del río hasta Karnak. Las columnas de la sala hipóstila del propio templo procedían igualmente de aquella cantera.

Todas las canteras de Egipto pertenecían al faraón y Ramsés II las gestionó de manera más personalizada que otros faraones. La experiencia de juventud en Asuán pareció haberle convencido de su buen ojo para distinguir un buen bloque de roca. La verdad es que en su persecución sin tregua de la monumentalidad, el rey no dejó prácticamente una sola piedra en su estado original. Cuenta la inscripción de una estela que en Asuán llegó a examinar personalmente una montaña para certificar la utilidad de su explotación.

Parece que en el desierto junto a Heliópolis, Ramsés descubrió un yacimiento de rara cuarcita “desconocida desde el principio de los tiempos”, según rezaba una estela procedente de su octavo año de reinado. Material altamente apreciado por su extraordinaria durabilidad y tremendamente difícil de trabajar, Ramsés ordenó a sus escultores ocuparse de un primer bloque “más alto que un obelisco de granito”. Parece que llegaron a convertirlo en una estatua gigantesca del rey, erigida después en Pi-Ramsés, pero no existe ninguna traza de la misma.

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