Desde tiempos inmemoriales el hombre en su afán de ganarle al destino se intereso en saber su futuro y el futuro de la humanidad, así surgieron los profetas, que han dejado escrito no solo los hechos que ocurrirían en su época si no también aquellos que sucederían hasta el fin de los tiempos. También existen y existieron personas con el don de la precognición, pudiendo advertir sobre accidentes y desastres no esperados sobre ellos o sobre sus seres queridos. Lamentablemente no hay forma de saber si sus visiones futuristas se cumplirán o no hasta que ocurran. Hoy mas que nunca existe una gran atención sobre estos temas al estar a meses del fin de siglo, del siglo que Profetas, Videntes, Egipcios, Mayas e incluso la Biblia pronostican como el Fin de todos lo Tiempos. Hasta ahora gran parte de los vaticinios se han cumplido y parecería que nos acercamos a un gran cambio terrestre de proporciones impresionantes. Muchos ya dan la fecha del comienzo del fin: Julio-Octubre de 1999, a esta fecha se suma la alineación planetaria, la cual la Nasa y los astrónomos del mundo esperan ver, ya que será una oportunidad única en miles de años. ¿Estará por aparecer el Planeta X? ¿Esta el Anticristo infiltrado en nuestro mundo? ¿Hay peligro de una guerra nuclear?

Estos y otros temas serán los que nos dirán como pueden ser los últimos días de nuestra civilización, cuando el destino nos alcance…

Nostradamus (1503 – 1566)

Enigmática como pocas, la figura de Michel de Notre Dame – conocido como Nostradamus – pasó a la historia envuelta en un halo de misterio y leyenda. Médico de profesión, descendiente de judíos conversos, su trayectoria no puede menos que ser calificada de extraordinaria ya que, en las postrimerías del oscurantismo medieval, combatió exitosamente la enfermedad y la muerte con métodos dignos de un profesional moderno.

Michel de Notre Dame.

Michel de Notre Dame.

Sus métodos poco convencionales y sus consecuentes éxitos le valieron fama pero también el repudio de colegas e ignorantes. La Inquisición rondó en torno a él durante toda su vida pero, ni esta persecución ni las tragedias familiares que lo golpearon lograron doblegar su espíritu inquieto e indomable.

En la segunda mitad de su vida, la Alquimia y la Astrología ganaron terreno en sus intereses desplazando a la medicina y poco después experimentó la revelación profética que lo llevaría a escribir “Las Centurias”, obra monumental que compila sus estremecedoras predicciones.

Crónicas de anticipación

Originalmente, “Las Centurias” debieron ser 12 series de 100 profecías cada una, escritas cada una de ellas en forma de cuartetas o versos de 4 líneas. Sin embargo, el total de las profecías no suma las 1.200 deducibles por simple cálculo. La Centuria VII sólo tiene 46 versos, la XI apenas 2 y la XII llega a los 11. Existen además 8 cuartetas adicionales en la VII Centuria, una anotada posteriormente en latín al final de la VI y se reconocen como auténticas una serie de sextillas (versos de 6 líneas) escritas en forma independiente. También existen una serie de predicciones previas a la redacción de “Las Centurias” que han sido debidamente auténticadas por los estudiosos de la vida y obra de este hombre extraordinario.

Escritas en un lenguaje oscuro para garantizar que no podrían ser interpretadas o usadas por personas que carecieran de los conocimientos o entendimiento necesario o que quisieran bastardearlas usando en su propio provecho, “Las Centurias” son una auténtica crónica de anticipación en la que el profeta francés se proyecta a los siglos futuros. Guerras, traiciones, cambios históricos y políticos, matrimonios, nacimientos, muertes y alianzas son desgranados con impresionante precisión por este sabio, cuyo valor como intelectual y profeta sólo fue plenamente rescatado, comprendido y reconocido en el siglo XX.

Napoleón

Corre el 2 de diciembre de 1805. En la localidad checa de Slavkov está a punto de tener lugar un acontecimiento que va a cambiar irreversiblemente la faz y la historia de Europa. Un contingente de 68.000 combatientes sigue a un hombre bajito en el que nadie hubiera reparado unos años antes. Llevados por una autoconfianza casi irracional, esperan el ataque de 90.000 soldados, austríacos y rusos, bien pertrechados y asentados priviligiadamente sobre la meseta de Pratzen. Al frente del ejército se encuentra el emperador austríaco Francisco I y el zar ruso Alejandro I. Ningún buen estratega hubiera dado nada por la tropa que, mal situada sobre el terreno, está esperando con un fervor casi religioso las órdenes del diminuto hombrecillo.

Pero si nuestros hipotéticos estrategas hubieran apostado habrían perdido, porque, como guiado por una fuerza invisible, el ejército del hombrecito carga contra sus enemigos y asesta un golpe mortal en el núcleo de la bien disciplinada coalición austro-rusa. Acabamos de presenciar la batalla de Austerlitz, la lucha de los tres emperadores. Aquel pequeño general corso, ahora emperador de los franceses, ha aplastado el tremendo poderío militar de las dos grandes superpotencias de la Europa continental. Sobre el campo quedan 25.000 cuerpos de austríacos y rusos, testigos mudos del acontecimiento que deja Europa a merced de aquel pequeño burgués que hizo tambalearse a las monarquías europeas, creando reinos y repúblicas a su antojo: Napoleón.

Nostradamus predijo la Revolución Francesa, el ascenso de Napoleón al poder y su derrota en Waterloo. El profeta lo evoca una y otra vez a lo largo de 24 profecías. Acaso en la 60 (Centuria I) es donde con mayor precisión lo pinta. Anticipa en cuatro líneas el nacimiento y fin del gran corso: “Un emperador nacerá cerca de Italia./ Que será vendido muy caro al imperio./ Dirán con qué gente se alía./ Que les parecerá menos príncipe que carnicero.” Efectivamente nació en Córcega, cerca de Italia; y sus conquistas, su imperio, les costarían caro a los franceses: por el tratado de 1815 Francia perdería todos sus dominios e iba a quedar más pobre de lo que estaba antes de la Revolución.

El verso 54 de la cuarta centuria dice: “Con nombre que nunca llevó un rey galo, jamás hubo un rayo tan temible, temblando Italia, España y los ingleses, muy atento con mujeres extranjeras”. Napoleón se sintió intrigado por estos textos, en algunos de los cuales creía ver rasgos de su vida, e incluso consultó a expertos en el tema. Según algunos intérpretes de Nostradamus, las centurias que hablan del corso forman parte de un grupo dedicado a tres personajes relacionados con el Anticristo y su función de monarca tirano. La primera figura correspondería a Napoleón; la segunda a Hitler, protagonista del último intento de unificar Europa por la fuerza; y la tercera estaría por venir y sería el Anticristo definitivo, que aprovecharía una confederación, identificada por muchos con la Unión Europea, para convertirse en un tirano mundial.

Noches de vigilia

Nostradamus llamó al nazi Adolfo Hitler el Segundo Anticristo.

¿Cómo profetizaba Nostradamus? En la noche del Viernes Santo del año 1554, Michel de Notre Dame conocidos por todos como el doctor Nostradamus, anunció que de allí en más dedicaría todo su tiempo y esfuerzos a escribir una obra en la cual reuniría y sintetizaría “las posibilidades del futuro de la raza humana”. A su segunda esposa, Anne Ponsard, le explicó que en sus noches de contemplación, los siglos por venir se abrían ante sus ojos y cómo las visiones se hacían luz en su mente y en su alma.

El primer volumen de “Las Centurias” vio la luz en 1555 y provocó un revuelo. Uno de los versos aludía al monarca Enrique II y anticipaba las circunstancias de su muerte y posterior (y sangrienta) sucesión. Cuatro años más tarde, los hechos se cumplieron con precisión. Años antes, tras la muerte de su primera esposa e hijos, Nostradamus había viajado por Francia, Italia y Alemania. Estaba a las puertas de la ciudad italiana de Ancona cuando sus pasos se cruzaron con los de tres monjes mendicantes, franciscanos harapientos pero fieramente orgullosos de su fe y su adhesión a la pobreza de Cristo. Apenas habían cambiado una mirada con el viajero solitario cuando Nostradamus los sorprendió descabalgando y arrodillándose ante uno de ellos para luego inclinar humildemente la cabeza. Los sorprendidos monjes lo instaron a levantarse pero Nostradamus se negó diciendo: “Debo inclinarme y doblar la rodilla frente a Su Santidad”. El objeto de su atención era el hermano Felice Peretti, quien antes de abrazar la vida monástica había sido un mísero porquero. Los franciscanos se marcharon pero, 40 años más tarde, en 1585, Felice Peretti ascendió al trono de San Pedro con el nombre de Pío V. El día en que lo coronaron como apóstol de la cristiandad, Nostradamus llevaba muerto muchos años. Pero el porquero devenido en Papa, recordó al ignoto viajero que 4 décadas antes le predijera su brillante futuro. Su papado duró sólo 5 años pero, fiel a la rectitud franciscana, realizó una tarea monumental.

Para entonces, los estudiosos de Nostradamus ya habían comprendido que el profeta y visionario era la única persona en su tiempo capaz de identificar a un ser de excepción como Felice Peretti, aún cuando éste no había tenido aún oportunidad de demostrar sus inmensos valores morales.

Publicado el 28 de enero de 2010 Sin comentarios
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