La Navidad es una fiesta de vocación universal, una noche de paz y de amor en la que los cristianos conmemoramos lo que para otros es un mito: la encarnación del hijo de Dios en la tierra por amor y compasión hacia la humanidad. Pero, los mitos – como la fe – lejos de reducirse a imágenes inexistentes, son expresiones de fuerzas motoras que trascienden la mente humana y dan sentido a nuestra existencia. De ahí que el significado fraterno y universal de la Navidad la sitúe más allá de cualquier consideración lógica. Ello no nos impide indagar en el fundamento histórico y mitológico de nuestras creencias sobre el nacimiento de Jesucristo y las circunstancias que lo rodearon.

navidad

Las concepciones católicas sobre la vida de Jesús, al igual que muchas de nuestras costumbres navideñas, se basan no sólo en los libros del Nuevo Testamento, sino que deben mucho a la tradición de los cristianos primitivos y a los evangelios apócrifos (escondidos u ocultos). Algunos de éstos gozaban de similar validez y popularidad a la de los cuatro evangelios canónicos en los primeros siglos del Cristianismo, siendo rechazados luego, como textos de origen o autenticidad dudosos, debido a sus abundantes fantasías orientales, o bien como sospechosos de herejía o poco recomendables. Pese a esto, en ellos y no en otras fuentes encontramos – por ejemplo – los nombres con los que hoy designamos a los tres Reyes Magos, a los padres de la Virgen María, o al centurión Longinus; en ellos aparecen el asno y el buey que hoy colocamos junto al pesebre, y lo que es más importante, en algunos de ellos se fundamentan los dogmas marianos y el culto a la Virgen, dando multitud de curiosos detalles sobre el nacimiento e infancia de Jesús.

Aunque hoy ningún especialista bien informado pone en duda la existencia real de Jesús, es universalmente reconocido que – como personaje histórico – sabemos muy poco de él, ya que en los documentos del siglo I que se conservan apenas se dice nada, aunque hay sobradas referencias respecto a sus seguidores.

Cuantos textos que hablan de su vida fueron escritos o reelaborados por la comunidad cristiana y vienen mediatizados por la fe y la creencia en su naturaleza suprahumana. Así habría que entender las referencias a su nacimiento e infancia.

“Ello se debe – explica el Padre Antonio Salas, doctor en ciencias bíblicas y director de la Escuela Bíblica de Madrid – a que la comunidad cristiana comenzó su experiencia de fe a partir de su muerte y resurrección. Es a partir de ésta cuando deseando los primitivos cristianos saber más sobre la vida de su líder, para calmar su inquietud surgen los llamados Relatos de la Infancia, limitados a los dos primeros capítulos de los evangelios de Lucas y de Mateo, que primero circularon sin tales fragmentos; éstos –condicionados por la mentalidad y el entorno del siglo I, totalmente distintos a los nuestros – fueron elaborados desde la fe, la cual no deforma los hechos, sino que les da un sentido que la simple historia no consigue descubrir, un sentido que sólo puede valorar quien comparte idéntica vivencia de fe”.

Como la función de los evangelios no era la de servir de crónica histórica, nada nos dicen sobre cuando tuvo lugar la Natividad. Esta fecha se mantuvo sin precisar durante mucho tiempo y no existe tradición autorizada por la Iglesia que la confirme. Así lo recordó Juan Pablo II, explicando que “los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta, aunque se admite comúnmente que el monje Dionisio el Exiguo cometió un error cuando en el año 533 propuso calcular los años que habían transcurrido desde el nacimiento de Jesucristo”.

Mateo asegura que nació en tiempos de Herodes el Grande y permaneció en Egipto hasta la muerte de éste, mientras que Lucas nos dice que el nacimiento en Belén se debió a un censo ordenado por César Augusto, siendo Quirino gobernador de Siria (bajo cuya jurisdicción se encontraba Palestina). Estas afirmaciones, cronológicamente, parecen irreconciliables.

Nos explicaremos: durante los primeros siglos de nuestra era se contabilizaban los años a partir del presunto momento de la fundación de Roma, el año 1 AUC (ab urbe condita), hasta que el teólogo y astrónomo Dionisio el Exiguo calculó – valiéndose de una sencilla comparación de fechas – que Jesús nació en el 753 AUC y fechando los acontecimientos a partir de ese año, conocido como 1 Anno Domini, posteriormente aceptado como el año 1 dC (después de Cristo), el comienzo de la Era Cristiana, siendo citados los años anteriores a la misma como aC. Sin embargo, el estudio posterior de los documentos de la época determinan que Herodes fue coronado en el 716 AUC (37 aC), muriendo en el 749 AUC (4 aC).

Detalle de la Adoración, obra maestra de Gentile Da Fabriano (Galería degli Uffizi).

Hasta aquí, tan sólo detectamos el error debido al cual Jesucristo habría nacido, al menos, 4 años “antes de Cristo”. El problema reside en que – mientras ningún evangelio fecha la Natividad según cualquiera de las convenciones cronológicas usadas en la época o en el Antiguo Testamento – sabemos por la detallada crónica de Josefo que el censo de Quirino tuvo lugar en el año 6 ó 7 dC, tras la deposición y exilio del hijo de Herodes, pasando Judea a ser gobernada directamente por los romanos y teniendo a Coponio como primer procurador. Esto ocurrió en el noveno año de su reinado, el año 5 dC, momento en el que el Jesús de Mateo debía tener, al menos, 9 años. Mientras algunos comentaristas cristianos admiten que Lucas se equivocó en diez años al datar el censo, otros han mantenido que el nacimiento coincidió con un censo anterior (del que no ha quedado constancia documental), durante un supuesto primer mandato de Quirino sobre aquella zona, del 6 al 4 aC. Pero muchos críticos sostienen que – aun en tal caso – en el 4 aC los romanos no pudieron ordenar censo alguno en Belén, porque carecían de jurisdicción al estar gobernada por Herodes.

Lo único que sabemos con certeza es que, como corresponde al “Príncipe de la Paz”, Jesús nació durante la pax romana inaugurada por Augusto, y que – pese a ciertos estallidos rebeldes en Palestina – ha sido el periodo pacífico más prolongado que ha conocido el mundo mediterráneo a través de su historia.

Con respecto al día exacto en que el nacimiento tuvo lugar, la situación es igualmente incierta. En torno al año 130 el papa Telesforo instituye la fiesta de la Navidad, que – al parecer – se venía conmemorando desde el 98 dC y cuya fecha sufrirá muchas variaciones (celebrándose tan pronto el 28 de marzo como el 2 de enero, el 2 o el 19 de abril, el 20 de mayo o el 29 de septiembre, según el gusto y cálculos de los diversos intérpretes), hasta quedar fijada en el 6 de enero, día en el que ya la festejaban las comunidades cristianas orientales.

Sin embargo, la Iglesia no tarda en advertir que muchos fieles no le dan mayor importancia y se empeñan en seguir participando en la gran festividad solar del solsticio de invierno que tenía lugar en torno al 25 de diciembre. En ella se conmemoraba el nacimiento del dios de la luz, Mitra, “el Sol Invicto”, cuyo culto – desplazando al del solar Apolo – había florecido a lo largo del Imperio Romano del siglo I al III, anticipándose al triunfo del Cristianismo. Además, el 24 de diciembre era el último día de las Saturnales, fiestas solsticiales de la fecundidad instauradas en el 274 aC, durante las cuales se interrumpía toda actividad pública y se daban diversas muestras de buena voluntad, desde la igualdad de trato otorgada a los esclavos hasta la entrega de regalos y el establecimiento de una tregua pacífica en las contiendas. La alegría desbordante que las caracterizaba, acabó convirtiéndolas en unos días de jolgorio y desenfreno, peculiaridades que se han mantenido prácticamente intactas hasta hoy.

De hecho, las festividades de la antigüedad occidental tenían un carácter solar y se centraban en los equinoccios y los solsticios, aunque la diferencia de los antiguos calendarios con el actual y la dislocación provocada por la precesión de los equinoccios han causado una confusión de fechas, lo que no impide que sigamos celebrando nuestras fiestas los mismos días en que lo hacían nuestros ancestros. Y casi todos los pueblos de la antigüedad contaban con una solemne celebración nocturna, en honor a sus dioses o héroes solares, en torno al solsticio (que en latín significa “el sol se detiene” y corresponde al 21 de diciembre en nuestro calendario), el más corto del año, aquél en el cual el Sol permanecía menos tiempo en el horizonte y a partir del cual cesaba su declinación, señalando – por tanto – el comienzo de la victoria de la Luz sobre las tinieblas que amenazaban con cubrir la Tierra, privándola de su fuente de vida, al impedir que el Sol volviese a ascender. El fenómeno se da en forma opuesta en el hemisferio sur, en donde el 21 de diciembre es el día más largo del año.

Publicado el 25 de diciembre de 2005 Sin comentarios
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