El 24 de junio de 1947, Kenneth Arnold, un hombre de negocios de 32 años, de Boice, Idaho, volaba en un avión monomotor a 2,800 metros de altura sobre las montañas Cascades, en el estado de Washington. Era una hermosa tarde soleada, y Arnold estaba admirando la espléndida vista cuando súbitamente un resplandor blanco azulado interrumpió su ensoñación. “¡Una explosión!”, pensó de inmediato. Parecía cercana. El reloj del panel de instrumentos marcaba las 3 menos cinco minutos. Su corazón latía mientras esperaba el ruido y sacudón del estallido. Los segundos pasaron y nada ocurrió.

Arnold examinó el cielo en todas direcciones. “El único avión real que vi —recordó más tarde— fue un DC-4 algo más atrás a mi izquierda, aparentemente en su ruta San Francisco-Seattle”. Empezó a respirar con más facilidad y, entonces, otra brillante llamarada blanca y azul iluminó la cabina. Esta vez vio que la luz venía del norte, delante de su avión. En la distancia distinguió una formación de deslumbrantes objetos que pasaban rasando los picos a increíble velocidad. Arnold supuso que se trataba de un escuadrón de los nuevos cazas jets de la Fuerza Aérea que estaban empezando a ponerse en servicio. La distancia era difícil de establecer, pero pensó que podrían estar a unos 30 kilómetros. Nueve de ellos volaban en estrecho escalonamiento. Cada pocos segundos, alguno se hundía o inclinaba ligeramente reflejando en forma enceguecedora la luz solar sobre su superficie brillante como un espejo. Arnold calculó que su envergadura era de unos 13 a 15 metros, y trató de medir su velocidad. Cuando el primer objeto pasó vertiginosamente sobre el Monte Rainier, su reloj marcaba exactamente las 3 menos un minuto. Cuando el último pasó rasando la cima del Monte Adams el tiempo transcurrido fue de un minuto 42 segundos.

Arnold examinó su mapa: los picos estaban separados entre sí por 75,6 kilómetros. Hizo un cálculo: la velocidad era de 2.664.5 kilómetros por hora, cerca de tres veces mayor que la de cualquier jet que hubiera oído hablar hasta entonces.

Arnold aterrizó en Yakima a eso de las 4 de la tarde y corrió a contarle lo ocurrido a su amigo Al Baxter, gerente de Central Aircraft. Baxter llamó a varios de sus pilotos para que escucharan el sorprendente relato. Uno de ellos pensó que los objetos podrían ser una salva de misiles teleguiados provenientes de una pista de lanzamiento cercana. ¿Pero por qué las inclinaciones y giros? Tales capacidades no se ajustaban a ningún cohete conocido.

Un rato más tarde, Arnold despegó para dirigirse a Pendleton, Oregon. La noticia de su experiencia lo había precedido, y un enjambre de periodistas rodeó su avión en el aeropuerto. Cuando relató su historia, fue abrumado por preguntas, algunas de ellas suspicaces, como poniendo en duda lo referido. Pero él insistió en sus datos y al final hasta los escépticos se sintieron impresionados. Arnold parecía el más honesto de los ciudadanos. Era un exitoso vendedor de equipos contra incendios y un experimentado piloto de búsqueda y rescate. Había acumulado más de 4.000 horas en el aire y había volado sobre las montañas Cascades muchas veces.

Cuando se le pidió que describiera a los misteriosos objetos, luchó por encontrar las palabras adecuadas. Pensaba que parecían lanchas de carrera en aguas revueltas o tal vez la cola de un barrilete llevada por el viento. Después dijo: “Volaban como lo haría un platillo si uno lo lanzara por la superficie del agua”.

Algunos periodistas insistieron en cuestionar los cálculos de Arnold, preguntándose sobre la exactitud de los datos. No había usado ningún instrumento especial, sólo la vista. Aun así, el cálculo más bajo de velocidad era de 2.172 kilómetros por hora. Los objetos no podían ser jets, y no volaban como misiles. La mayoría de los que escucharon a Ken Arnold ese día se convencieron de que había visto algo en extremo inusual, algo que tal vez no era de este mundo. Era una idea fantasma, y algo alarmante.

Kenneth Arnold, quien inauguró el neologismo “plato volador”.

El incidente de las Cascades provocó considerables debates y comentarios, algunos de ellos burlones, entre los científicos. Como Arnold era un hombre creíble, los críticos se centraron en la posibilidad de un error o ilusión honestos. Un científico señaló que el ojo humano no tiene poder de resolución para distinguir objetos de 13 a 15 metros de diámetro a una distancia de 30 kilómetros. Arnold debió equivocar la distancia: los objetos que vio debieron haber estado mucho más cerca. Probablemente se trataba de una formación de aviones a reacción militares que volaban a velocidad subsónica, lo que parecería fantásticamente rápido a corta distancia. Otro argumentó que como Arnold había establecido las distancias usando las montañas como puntos de referencia fijos, su estimación del tamaño debía de estar equivocada; los objetos eran mucho más grandes de lo que había creído, bombarderos probablemente. La Fuerza Aérea no negó ni admitió tener aviones en el aire cerca de las Cascades en aquel momento.

Los militares meramente descartaron el relato como una ilusión óptica, un espejismo en el cual los picos de las montañas parecían flotar por encima de la Tierra como consecuencia de una capa de aire caliente.

Sea lo que fuere lo que Arnold vio o no vio, su relato marcó el comienzo de lo que llegó a conocerse como la moderna era del platillo volador. En los días siguientes al 24 de junio, por lo menos otras veinte personas en puntos ampliamente separados del país dijeron haber visto objetos similares en el cielo.

Según se informó, algunos de los avistamientos ocurrieron el mismo día del encuentro de Arnold. Otros lo habían precedido. Unos pocos se dieron uno o dos días después. En todo caso, un historiador de la época escribió: “Las compuertas estaban ahora abiertas, y un aluvión de noticias semejantes se produjo a continuación. Pero no necesitó un hombre del carácter y profunda convicción de Arnold para abrirla”.

Lo que siguió fue un fenómeno único. En aproximadamente los cinco años siguientes se informó sobre miles y miles de avistamientos de objetos voladores no identificados. Llegaban en oleadas, después de períodos de relativa tranquilidad, y en un sólo mes podían producirse cientos de informes. Los ovnis se convirtieron en un tema común en la prensa, y entre actores cómicos y autores de historietas.

Mapa del lugar donde Arnold tuvo el encuentro con los ovnis.

Y a medida que los ovnis empezaron a ocupar la conciencia del público, millones de palabras se escribían sobre ellos, y los científicos entablaban largos y a veces acalorados debates sobre el tema. ¿Podrían ser reales los ovnis? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué inteligencia hay detrás de ellos? ¿Y qué busca esa inteligencia? ¿Es amistosa? ¿Simplemente curiosa? ¿De dónde vienen esas cosas? ¿Se originaron en la Tierra? ¿O son máquinas y criaturas de algún lugar que está más allá, en alguna de esas misteriosas estrellas titilantes en la negra vastedad del espacio?

Los que creían verdaderamente en esos extraños objetos le encontraron sentido a casi todos los relatos, mientras que los escépticos totales se negaron a dar crédito aún a sus propios ojos. La Fuerza Aérea de Estados Unidos, guardiana de los cielos de su país, luchó durante años con el fenómeno, quitándole importancia a los ovnis públicamente, pero analizando al mismo tiempo los relatos sobre ellos, en particular los de sus propias tripulaciones aéreas, altamente capacitadas. Las investigaciones se iniciaron, interrumpieron e iniciaron nuevamente bajo varias clasificaciones de seguridad. Algunas veces los militares cooperaron con los investigadores privados. Otras, se negaron a divulgar cualquier información sobre los ovnis. Subyacía el constante temor de que tal vez algunos de estos objetos inexplicables eran armas secretas soviéticas.

A medida que pasaba el tiempo, Washington pareció llegar a la conclusión de que el tenaz furor de los ovnis era en sí mismo un mayor peligro para la tranquilidad y seguridad públicas que los propios ovnis. De manera creciente, la Fuerza Aérea y otras agencias gubernamentales se esforzaron por negar, ridiculizar, explicar naturalmente o descartar en alguna otra forma el fenómeno ovni. La campaña estuvo marcada por confusiones, contradicciones y, a veces, descarada falsedad. Y fracasó en su propósito. Los incansables ovnis continuaron intrigando al público norteamericano con una sucesión de visitas cada vez más fascinantes y perturbadoras.

Publicado el 9 de febrero de 2010 1 comentario
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 1 comentario
Comentarios
jun 26, 2017
9:00
#1 Vicente Reylova:

Kenneth Arnold, se hizo famoso por ser el primer piloto que vio en las cascadas de Washington, una luz azulada y una explosion…
Penso que no era algo normal, era algo muy extraño…
Lo comento con amigos y gente enrolado en su Profesion…
La noticia se conocio en todas partes, fue comentada en todos los medios…
Como ocurre siempre, hubo creyentes y detractores…
El gobierno se hizo eco de lo sucedido, con campañas, de confusion y falsedad.lleno de contradicciones.
El fenomeno siguio observandose, varias personas dijeron haber observado lo mismo en varios lugares y al mismo tiempo que K. Arnold..
Fue el comienzo de la era moderna de los O.V.N.I.s. saludos.

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