En tiempos del Imperio, Roma contaba, al menos, con dos santuarios dedicados al culto de las divinidades frigias Attis y Cibeles. El primero estaba ubicado desde dos siglos antes de Cristo en el monte Palatino y constituía el centro de las celebraciones públicas dedicadas a estas figuras sagradas, importadas de Anatolia en la época republicana. El segundo, levantado ya con los primeros emperadores, se alzaba en la colina Vaticana, en los mismos lugares donde habrían de instalarse la basílica de San Pedro y los palacios pontificios de la Cristiandad.

Cibeles, con el Palacio de Linares al fondo (Madrid, España).

Cibeles, con el Palacio de Linares al fondo (Madrid, España).

La piedra negra que representaba a Cibeles en tierras de Pérgamo, en un santuario levantado a los pies del monte Agdos, fue traída a Roma, incrustada sobre una imagen plateada de la diosa e instalada y adorada primero en templo ajeno y pronto en santuario propio, que se puso al cuidado de un sacerdote y una sacerdotisa frigios. El pueblo comenzó a atribuirle milagros y a asumir el mito que la hacía responsable de haber proporcionado a Eneas la madera necesaria para construir los barcos que le permitieron huir de Troya.

También se encontraba en Pérgamo la tumba de Attis, donde había reposado desde tiempo inmemorial. Attis era un dios de orígenes agrarios, de cuyo cuerpo incorrupto se decía que seguía moviendo el dedo meñique y que le crecían los cabellos. El féretro fue llevado también a Roma, acompañando a la piedra de Cibeles, y muy pronto el culto a ambas divinidades se hizo uno solo y surgió el mito mistérico que las asoció de entonces en adelante, simbolizando ocultamente unos conocimientos religiosos que unían la devoción popular a revelaciones de carácter espiritual y trascendente que sólo podían reconocer aquéllos que hubieran sido iniciados en las verdades del conocimiento superior, aquél que sólo puede llegar a alcanzarse tras un prolongado y secreto proceso de iniciación impartido por quienes los mismos dioses habían designado como sus representantes.

El mito revelador

Roma importó el culto a Cibeles desde Anatolia, mientras Anibal y sus tropas avanzaban hacia el centro de la península itálica.

La historia sagrada que se fabricó sobre la figura de Attis y lo asoció a la Gran Madre Cibeles introdujo un elemento diabólico en la persona de Agditis —la deidad primigenia del monte Agdos—, de la que se decía que era un ser nacido del semen de Zeus cuando éste se derramó sobre la roca de la montaña mientras intentaba poseer a Cibeles. Agditis era una entidad libidinosa, personificación sagrada del furor sexual. Nacido hermafrodita, sus apetitos se dirigían por igual a hombres y mujeres, por lo que los dioses olímpicos decidieron castrarle para, cuando menos, limitar su furia. Mientras dormía, lo ataron a un árbol de tal manera que, al despertar, las mismas cuerdas que le sujetaban le arrancasen sus órganos masculinos. La sangre que vertió se filtró en la tierra e hizo nacer un almendro, de cuyo fruto comió Cibeles y quedó preñada de Attis, que se convirtió en un mozo hermosísimo que atrajo inmediatamente los deseos de Agditis.

Attis rechazó las propuestas de aquel ser demoníaco y manifestó sus intenciones de contraer matrimonio con Io, la hija de Midas, rey de Pesinonte. Despechado, Agditis logró también castrar a Attis valiéndose de un cuchillo de obsidiana y el dios murió desangrado, siendo recogido amorosamente por su madre Cibeles, para que su cuerpo jamás se descompusiera. Mientras la esposa frustrada se cortaba los senos, muriendo también y haciendo nacer las violetas de su sangre derramada, el pueblo se entregaría al dolor por la muerte de su dios sacrificado y a la esperanza de su resurrección primaveral gracias a la intervención milagrosa de la Gran Madre.

Si recordamos que Isis fue otra personificación de la Gran Madre y que fue llamada Io por muchos de sus fieles; y si tenemos en cuenta que una diviniad agraria primitiva —Attis en nuestro caso— fue exaltada en diversos cultos mistéricos a la función de portadora del conocimiento del secreto mejor guardado, el de la inmortalidad, tendremos estructurado el esquema de una religión salvadora capaz de dar respuesta a la primera inquietud de la humanidad en su angustia ante el inextricable misterio que ha constituido una inquietud común a todos los mortales, la que constantemente y en todos los rincones del planeta ha conducido a la invención de todas las formas religiosas.

Publicado el 6 de marzo de 2004 Sin comentarios
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