Esto es lo que cuenta Gerald Jerry Anderson sobre aquella tórrida mañana del ’47 en que jugaba a descubrir toda una mina de ágatas musgosas para volverse rico e irse a vivir a un pueblo más fresco que ese odioso Albuquerque:

“Estábamos como a unos cien metros de un extraño objeto circular y plateado que parecía haberse clavado en la tierra en ángulo, y a su alrededor ardían varios arbustos y dos o tres árboles se veían como cortados en dos, con los troncos quemados en la parte de arriba. ‘No sé si será un dirigible o qué, pero acá se estrelló alguna cosa’, dijo papá, olvidándose del posible aerolito. Y ya estábamos a menos de veinte metros cuando mi hermano Glenn gritó: ‘¡Es una nave espacial! ¡Son los marcianos!’. En ese mismo instante, todos empezamos a correr y a dar vueltas alrededor del disco plateado, hablando entre nosotros como si estuviéramos medio locos. Y de pronto yo sentí mucho miedo, porque vi a tres criaturas tiradas en el suelo, justo al pie del plato volador. Otra estaba al lado, como sentada, y al vernos se asustó. Dos de las que estaban tiradas, directamente no se movían. Había vendas, y una criatura tenía el brazo vendado. Me arrimé a otra de ellas y vi que tenía una venda en la cintura y otra más en el hombro. La que estaba sentada se puso de pie y me pareció que estaba ayudando a las demás con esas vendas. Una de las que estaba tirada justo al lado suyo respiraba con gran dificultad, y era evidente que sentía mucho dolor. Las otras dos, como dije, estaban inmóviles. En realidad, la única que se movía bien era la que al principio estaba sentada y que ahora retrocedía como si ante nosotros sintiera pánico. Claro, mi familia y yo emitíamos exclamaciones de sorpresa, y mi primo Victor era el más ruidoso: excitado, temeroso y confundido, saltaba de un lado a otro y se metía en todas partes. Mi hermano Glenn intentó sacarlo a los tirones de una rajadura que el disco tenía al medio, donde Victor ya había introducido la cabeza y luego, dispuesto a entrar, metió una pierna adentro mientras la otra colgaba afuera, quedando finalmente a caballito de la abertura. Entonces Glenn le pidió que no entrara porque la nave podía explotar, pero al final imitó a Victor, trepando a la rajadura y sentándose junto a él, con una pierna adentro y otra afuera del increíble objeto. Y yo me quedé ahí, mirándolo todo sin saber qué hacer.

"Y de pronto yo sentí mucho miedo, porque vi a tres criaturas tiradas en el suelo, justo al pie del plato volador. Otra estaba al lado, como sentada, y al vernos se asustó."“Y de pronto yo sentí mucho miedo, porque vi a tres criaturas tiradas en el suelo, justo al pie del plato volador. Otra estaba al lado, como sentada, y al vernos se asustó”. "Yo también pude ver las cosas que había adentro: parecían componentes electrónicos, como de propulsión, qué sé yo. Estaban todos conectados entre sí por unos cables que colgaban hacia afuera de la rajadura." “Yo también pude ver las cosas que había adentro: parecían componentes electrónicos, como de propulsión, qué sé yo. Estaban todos conectados entre sí por unos cables que colgaban hacia afuera de la rajadura”.

”Entretanto, papá y mi tío Ted se habían arrodillado junto a la única criatura que se veía físicamente sana (Nota del Editor: el relato no aclara por qué estaba ahí el tal Ted, aunque seguramente se tratara del padre de Victor, anfitrión de los Anderson, ni dónde estaba la madre de Gerald, presumiblemente en casa de Ted con la esposa de éste, preparando el almuerzo mientras los varones salían a pasear por el campo). Mi tío le hablaba en castellano, pero la criatura no respondía y, cuando alguno de nosotros se movía, parecía espantarse, porque retrocedía y levantaba sus manos al unísono, como protegiéndose de cualquier daño que pudieran hacerle. Aunque su uniforme tenía un par de roturas, se veía bien. Sus compañeras, en cambio, estaban muy malheridas y sus uniformes completamente destrozados, como si fueran soldados que volvieran de una terrible guerra. Y sin embargo no noté nada que se asemejara a la sangre. Lo que sí vi fue una caja como de metal cerca de la criatura viva. Pienso que sería un botiquín de emergencia, porque contenía las mismas vendas que cubrían los dos cuerpos inertes, que no mostraban deformidades ni nada parecido.

”No sé cómo me dejaron, pero toqué uno de esos cuerpos: no se movió, estaba muy frío. Y por la manera en que tenía los ojos, como mirando el vacío, me dio la impresión de que estaba muerto. A su lado, la única criatura caída que aún respiraba, aunque muy entrecortadamente, parecía tener mal una pierna, porque se le veía una fractura o algo así. Me pregunté por qué la criatura que estaba sana no tapaba los cuerpos de sus compañeras muertas, como en las películas. Hoy yo creo que nosotros tapamos a nuestros muertos porque nos da miedo mirarlos, pero en aquel entonces pensé que esa costumbre tenía sentido acá en la Tierra, pero quizá no en otro planeta. Y por un momento pensé que eran muñecos, no extraterrestres. Había algo irreal en esas criaturas, y no sólo en las muertas, sino también en la que caminaba asustada, reaccionando mal ante nuestra presencia.

”También recuerdo haber apoyado una mano contra el disco volador: estaba muy frío, como si fuera un refrigerador. Como estábamos en medio de un desierto y bajo un sol ardiente, todo hacía suponer que el objeto debería estar caliente, pero no: estaba helado, como si fuera invierno y uno tocara una superficie de metal. Otro raro detalle que retengo es que las áreas del terreno circundante donde puse la mano también estaban frías, mientras que más allá y a todo nuestro alrededor hacía muchísimo calor. Lo que digo, en realidad, es que cerca del disco la temperatura era sensiblemente inferior.

”Pero yo no estaba lejos de la criatura viva, tal vez a un metro apenas, y nunca me acerqué tanto como papá y mi tío, que seguían agachados frente a ella. De pronto, Ted estiró un brazo y le palpó el hombro, como si tratara de consolarla, y esa ves la criatura no retrocedió con temor, con las manos en alto, como antes. Miraba para todos lados y también a cada uno de nosotros, simultáneamente, como tratando de observar y entender a fondo la situación. Y quizá porque la comprendía es que estaba tan asustada. Se comportaba y movía como si fuera un gato rodeado de chicos traviesos, y aun cuando permanecía en calma era notorio que se sentía muy incómoda. A mí esa criatura me miró varias veces.

”Después volví al otro lado del disco porque Glenn y mi primo seguían allí. En realidad, quería saber qué hacía mi hermano, que ahora tenía las dos piernas adentro y estiraba la cabeza para ver qué contenía ese vehículo. Metió tanto la cabeza adentro que se lastimó la cara. Yo también pude ver las cosas que había adentro: parecían componentes electrónicos, como de propulsión, qué sé yo. Estaban todos conectados entre sí por unos cables que colgaban hacia afuera de la rajadura. Algunos de esos cables eran tan finos que volaban al viento como si fueran crines de la cola de un caballo. Tenían luces por todas partes, que titilaban y oscilaban, y cuando la brisa las movía parecían volverse de fuego. Algunas eran rojas y muy luminosas, y otras blancuzcas pero de intensidad fluctuante: por momentos difusas y por momentos brillantes. Adentro, en el centro de la nave y como impresos contra un fondo marrón, había algo así como jeroglíficos de color rosado. También había luces, unas de color verde y otras ámbar, que se apagaban y encendían.

”Claro que yo nunca llegué a meter la cabeza a través de la abertura tanto como mi hermano Glenn, porque él me dijo que adentro hacía mucho frío y que me bajara de ahí. Pero recuerdo que la rajadura sería como de unos tres metros de largo, que iba desde la parte más baja del disco hasta una especie de bóveda en la cima, y que tendría más o menos de un metro de ancho. Su forma era elípticamente vertical, como un doble paréntesis gigante, con la zona más amplía hacia el centro. Se veía como si algo hubiera reventado en el interior, abriendo y doblando el metal exterior, y dejándole bordes muy filosos. También sentí un olor muy fuerte, quizá similar al alcohol puro o algo así, lo que motivó que mi padre le insistiera a mi hermano que dejara de fumar porque corría el riesgo de provocar una explosión.

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